El estado de Puebla se posiciona entre las entidades con mayor proporción de población católica en el país, al ubicarse en el noveno lugar nacional con un 84%, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía y recopilaciones estadísticas. Por encima de Puebla se encuentran estados como Zacatecas, que encabeza la lista con 92%, seguido de Guanajuato con 91%, así como Aguascalientes, Jalisco y Michoacán, todos con 89%. En contraste, entidades como Chiapas (54%) y Quintana Roo (55%) registran los niveles más bajos. Te puede interesar: Iglesia Católica en Puebla se pronuncia en contra de ola de violencia A pesar de su posición, los datos reflejan una tendencia nacional a la baja en la población católica. De acuerdo con el INEGI y estudios de la Universidad Nacional Autónoma de México (2025), el catolicismo ha pasado de representar cerca del 98% en la década de 1950 a 76.4% en la actualidad, su nivel más bajo desde que se tiene registro. El principal cambio no radica en el crecimiento de otras religiones, sino en el aumento de personas sin afiliación religiosa. Los llamados “nones” —ateos, agnósticos y personas sin religión— ya representan casi el 11% de la población. Según el Pew Research Center, esta transformación responde a una tendencia global, donde la espiritualidad individual comienza a sustituir a la práctica institucional. En el municipio de Puebla, el porcentaje de católicos se mantiene en 81.49%, mientras que cerca del 10% de la población no se identifica con ninguna religión, de acuerdo con el Instituto Municipal de Planeación. Este sector ha crecido principalmente entre jóvenes de 18 a 35 años. En la entidad conviven además 18 denominaciones religiosas registradas, donde los grupos protestantes y evangélicos representan la segunda fuerza con 8.4%, seguidos por comunidades como Testigos de Jehová, mormones y una minoritaria presencia islámica. Especialistas de la Red de Investigadores del Fenómeno Religioso en México señalan que en Puebla prevalece una “religiosidad cultural”, en la que las creencias mantienen un peso identitario y tradicional, más que una práctica estrictamente institucional. |