El cabello humano, considerado comúnmente un desecho, se ha transformado en un recurso ambiental con aplicaciones concretas en la limpieza de cuerpos de agua. Su estructura fibrosa le permite absorber contaminantes y retener hasta cinco veces su peso en residuos, lo que lo convierte en un material eficaz para enfrentar distintos tipos de polución. En los canales de Xochimilco, al sur de la Ciudad de México, se han colocado filtros de cabello sujetos a trajineras. Cada dispositivo contiene cerca de un kilo de pelo y permanece en el agua durante dos meses, periodo en el que captura aceites, grasas y metales pesados. Posteriormente, se somete a un tratamiento con bacterias que descomponen los residuos, lo que permite reutilizar los filtros o integrarlos al suelo sin generar desechos adicionales. Esta estrategia busca recuperar la calidad del agua y propiciar el regreso del ajolote, especie endémica que ha desaparecido de la zona debido a la contaminación.
También, en estados como Veracruz y Tabasco, se ha utilizado este recurso para la contención de los recientes derrames de hidrocarburos. Un kilo de cabello puede absorber hasta ocho litros de petróleo, lo que lo convierte en un insumo indispensable para fabricar barreras absorbentes que ayudan a retirar el crudo de la superficie marina. Estas acciones, aunque no sustituyen las estrategias industriales de gran escala, complementan los esfuerzos de mitigación y permiten una respuesta inmediata en zonas afectadas. Te puede interesar: Colectivas en Puebla piden donaciones de cabello e insumos por derrame en el Golfo La iniciativa se sostiene gracias a una red de más de 30 estéticas y barberías en México, que recolectan en promedio dos kilos de cabello al mes. Con este material se fabrican filtros que contribuyen a la limpieza de canales y mares y promueven la participación ciudadana en soluciones ambientales accesibles y de bajo costo. El uso del cabello para combatir la contaminación es una tendencia internacional que, desde hace dos décadas, ha demostrado su eficacia en distintos países. En México, esta práctica se adapta a escenarios y problemáticas locales, desde la protección de especies como el ajolote hasta la atención de emergencias ambientales en costas y ríos.
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