En Puebla existen trabajos que pasan casi desapercibidos o que muchos ignoran, por lo que pueden parecer inusuales, pero sin ellos la ciudad simplemente no podría funcionar. Quienes se dedican a estas labores están lejos de las oficinas, de las jornadas rígidas y del reconocimiento social. Algunos requieren descender a drenajes insalubres; otros, permanecer en las alturas o preservar tradiciones que parecen desvanecerse. Todos comparten algo en común: son poco visibles, a menudo peligrosos y no reciben la remuneración que merecen. Te puede interesar: Puebla busca policías y paga hasta 30 mil pesos en capacitación Algunos trabajan bajo tierra, otros cerca del cieloMientras la ciudad duerme o sigue su rutina diaria, hay quienes trabajan literalmente bajo sus pies. Los buzos de aguas negras se introducen en drenajes y alcantarillas para retirar bloqueos, reparar daños o evitar inundaciones. Sin visibilidad y expuestos a gases tóxicos, bacterias y objetos punzocortantes, realizan uno de los trabajos más peligrosos en el entorno urbano, pero indispensables en época de lluvias.
A la par, cuadrillas de limpieza se internan en barrancas y vasos reguladores. Con cuerdas, palas y equipo básico, retiran desde basura doméstica hasta muebles abandonados o animales muertos. En el otro extremo están los limpiadores de altura. Suspendidos a decenas de metros, descienden por fachadas de edificios para limpiar cristales y estructuras, algo muy necesario para mantener la vista atractiva de los rascacielos de Puebla. Desde abajo, su labor pasa desapercibida; desde arriba, cualquier error puede ser fatal, pues, aunque cuentan con equipo de seguridad, el riesgo nunca desaparece.
Oficios que resisten el paso del tiempoEl sonido de un silbato puede anunciar la llegada de un afilador ambulante, un oficio que se resiste a desaparecer en las calles poblanas. Con una bicicleta adaptada y herramientas básicas, estos trabajadores recorren colonias ofreciendo afilar cuchillos, tijeras y utensilios punzocortantes. Muchos aprendieron el oficio desde jóvenes y lo han mantenido durante décadas. Algo similar ocurre con los organilleros y globeros del Centro Histórico. Los primeros, con sus instrumentos de origen europeo, interpretan melodías que evocan otra época. Los segundos llenan de color las calles con figuras inflables que atraen a niños y turistas. En barrios y comunidades, los artesanos de trajes y máscaras de huehues mantienen viva una tradición ligada al carnaval. Cada pieza puede tardar días o semanas en elaborarse, entre el tallado de madera, el lijado y la pintura.
En el mismo terreno de la economía popular, los vendedores de raspados o quienes viven del comercio informal representan otra cara de los trabajos poco visibles. Muchos llegaron a estos oficios por falta de oportunidades en el empleo formal, pero han encontrado en ellos una forma de subsistencia. Cabe recordar que, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), hasta el cuarto trimestre del 2025, alrededor de 2.2 millones de poblanos trabajan en la informalidad, es decir, más del 70 por ciento de la población ocupada. Este Día del Trabajo es una oportunidad de reconocer que la ciudad no solo se sostiene gracias a quienes ocupan oficinas o negocios visibles, sino también a quienes laboran en silencio, en condiciones adversas o en oficios que el tiempo parece haber dejado atrás. Al final, lo “raro” no es que existan estos trabajos, sino que pasen desapercibidos. |