San Baltazar Tetela, Puebla.- Durante más de medio siglo, cruzar la presa de Valsequillo, en Puebla capital, fue una ruleta rusa. Pasar de San Baltazar Tetela a Los Ángeles Tetela —dos comunidades separadas por un espejo de agua, pero atadas al mismo abandono— era jugarse la vida. También puedes leer: Puente de la Transformación impulsa desarrollo en Puebla, asegura Armenta en CDMX Primero fueron cables suspendidos de lado a lado, una suerte de tirolesa artesanal donde la población se enganchaba a pulso cargando sus vidas, sus mercancías y hasta a sus animales. Luego vinieron las lanchas y las pangas de madera impulsadas a remo. Finalmente llegó la “modernidad”: una plataforma metálica flotante, pesada y ruidosa, guiada por cables de tensión, capaz de arrastrar hasta 12 vehículos y decenas de transeúntes.
Hasta hace dos meses, cruzar en la panga una distancia de 400 metros tomaba hasta 45 minutos, entre filas y desesperación. Oír el crujido de los cables de acero sobre el agua era la antesala de un viaje que podía terminar en la otra orilla o en el fondo de la laguna. La memoria colectiva de la zona no olvida: habitantes y autoridades locales calculan que la presa devoró alrededor de 250 almas. Doscientas cincuenta vidas truncadas por un simple accidente, por una fiesta donde bebieron alcohol de más, por el cansancio de regresar a casa de madrugada o por lanchas volcadas de turistas. El llamado “Puente de la Transformación” hoy se erige imponente con sus 480 metros de longitud, 8 cabezales y 28 pilas de concreto armado clavadas hasta a 65 metros de profundidad en el lecho acuático. Sin embargo, para las familias de los pueblos del sur de Puebla capital, la obra no es solo concreto y trabes de acero; es una lápida de dignidad sobre un cementerio sumergido.
La noche en que el agua se tragó a 11 personasDe todas las tragedias que cobró la panga, la del año 1992 quedó marcada con fuego en el alma de los habitantes. Ocurrió en la última corrida de la noche, cerca de las diez y media. Una combi de transporte colectivo, de las “chaparritas” que comenzaban a dar servicio en la zona, intentaba subir a la rampa de la panga. El transporte flotante ya no tenía espacio y estaba por arrancar, pero los pasajeros, urgidos por llegar a sus casas tras una larga jornada de trabajo en la ciudad, se acomodaron como pudieron. La combi quedó estacionada en la inclinación de la rampa, por falta de espacio no alcanzó espacio en la plancha de la panga. En un descuido -frenos vencidos, calzas que fallaron o la inclinación traicionera del metal- el vehículo se deslizó hacia atrás y se sumergió de golpe en la penumbra helada de la presa. Adentro viajaban 14 personas. Gabriel Vázquez Ramírez tenía entonces 17 años. Minutos antes, vio pasar la combi. Desde la ventana, su madre, su padre y su hermano le dijeron adiós con la mano. “Como ya no cabía, no me subí. Pensé: ‘les voy a ganar’, y me vine en lancha”, recuerda Gabriel, quien ahora tiene 57 años de edad, pero la memoria de aquel fatídico accidente es como si el tiempo no hubiera pasado.
Al llegar a su casa en Los Ángeles Tetela, los altavoces del pueblo comenzaron a perifonear: “¡Auxilio, se fue una combi al agua!” “Aventé la bolsa y me bajé corriendo al embarcadero, pensando que los iba a encontrar flotando, que los iba a salvar”, relata Gabriel con la voz entrecortada. Pero cuando llegó a la presa de Valsequillo, el agua estaba en calma y el silencio era aterrador. Su padre y su hermano lograron salir con vida de puro milagro. Cuando la combi tocó el fondo, a más de 30 metros de profundidad, la presión abrió las puertas. Su padre emergió desorientado en la oscuridad; vio una luz reflejada en el fango e intuyó que debía nadar en sentido contrario para salir a flote. Su hermano nadó hacia la superficie arrastrando de la pierna a un niño que se le aferró con el pánico de la muerte. “Sentía que se me reventaban los pulmones, pero aguanté”, le contó después a su hermano Gabriel. Su madre, María de la Luz Ramírez, de 42 años de edad, no tuvo la misma suerte. Quedó atrapada junto con otras personas en el interior del vehículo. Su cuerpo fue rescatado por buzos y pobladores cuatro o cinco días después, cuando lograron sacar la combi con grúas. “Mi mamá quería conocer a mis nietos y a su nuera. Decía que los iba a querer mucho. No conoció a nadie. Mi papá se puso muy mal cuando ella murió. Se fue casi pura gente de edad media. O sea, no fueron muy grandes, porque son los que iban a trabajar. Entonces, es esa gente la que murió, puros de 40, 45 años, 35 años”, se lamenta Gabriel mientras cuenta su historia. El arquitecto Andrés Serrano, originario de Los Ángeles Tetela, no olvida las consecuencias de esa noche: “Fue devastador. Sobrevivieron amigos cercanos, pero me acuerdo del dolor en el pueblo, de los funerales masivos y las hileras de ataúdes en el atrio de la iglesia”.
Enfermos que murieron esperando la pangaEl cobro de vidas de la panga no siempre vino acompañado de grandes despliegues de rescate ni notas de prensa; muchas veces fue silencioso. Era el goteo constante de emergencias médicas, de transeúntes alcoholizados o de pasajeros apresurados que chocaban con el horario cerrado de la embarcación. A las 10:30 de la noche, la panga apagaba motores y tensaba los cables. A partir de ese minuto, San Baltazar y Los Ángeles Tetela, junto con comunidades más alejadas como El Aguacate, La Cantera o Huehuetlán Grande, quedaban incomunicadas del resto del mundo. Si un vecino sufría una apendicitis, si a un parto se le complicaba la hora o si un trabajador sufría un accidente en la madrugada, las opciones eran dos: esperar a las 5:30 de la mañana a que el panguero iniciara operaciones o rodear la presa. Rodear el embalse por caminos de terracería, hoyancos y curvas sinuosas por la zona de Azumiatla o El Sequillo significaba perder hasta dos horas en el traslado. No había enfermo que resistiera. “Hubo gente que se murió ahí mismo, en la orilla, nomás por la espera. Ambulancias que llegaban a la caseta de la panga y la encontraban parada o descompuesta. Para cuando la camioneta rodeaba por El Sequillo para llegar al hospital, la persona ya había fallecido” Recuerda José Paz Meza, vecino de la zona.
Esa barrera de agua también ahorcó las oportunidades de la juventud de la zona. En los años 80 y 90, las y los estudiantes que acudían a la preparatoria o a la universidad en la capital de Puebla debían tomar el último autobús a las seis de la tarde. Si una clase terminaba a las ocho, era imposible regresar. Muchos abandonaron los estudios; otros, como el propio Andrés Serrano, tuvieron que emigrar para no volver hasta muchos años después.
“Mi hija quiso trabajar. Se iba a las ocho y me decía: ‘Papá, ya no alcancé la combi’. Le dije: ‘Mija, mejor no trabajes, gasto más en llevarte que lo que te pagan’”, contó Gabriel Vázquez. Tres décadas de promesas, burocracia y escepticismoEl milagro de unir ambas orillas no fue por falta de proyectos, sino por una larga cadena de promesas políticas incumplidas y un desafío técnico que paralizó sin mucha preocupación a administraciones pasadas. Desde la tragedia de 1992, las comunidades comenzaron a organizarse en comités para exigir el puente. Pasaron los sexenios de Mariano Piña Olaya, Manuel Bartlett Díaz, Melquiades Morales Flores -quien incluso llegó a colocar la “primera piedra” en medio de una fiesta patronal que terminó en nada- y Mario Marín Torres. “En el 92 nos prometieron el puente. Luego vino Melquiades, lo escoltaron los pueblos, hicimos comida, festejamos... y a los dos meses nomás quedó la primera piedra pegada. Ya nadie supo nada. Llegó un momento en que pensamos que era imposible, que nunca lo iban a hacer porque era muchísimo dinero”, platica José Paz. Algunos pobladores incluso sospechaban de intereses económicos: la panga metálica cobraba 10 pesos a los locales y 20 a los foráneos por cada vehículo. Multiplicado por cientos de viajes diarios durante décadas, la panga era un negocio redondo que generaba ingresos constantes.
A la par de la burocracia, estaba la complejidad técnica. El ingeniero Eulalio Maldonado Hernández, supervisor de obra en la Secretaría de Infraestructura del estado y con 37 años de servicio gubernamental, explica que la obra representaba un reto inédito en el estado:
Lo que a las pasadas administraciones les pareció misión imposible, se resolvió finalmente a año y medio de gobierno de Alejandro Armenta Mier, tras 11 meses de maniobras de alta ingeniería. Para garantizar que la estructura soporte el paso del tiempo y las corrientes de la presa, la Comisión Nacional del Agua (Conagua) solicitó profundizar las cimentaciones hasta los 65 metros de profundidad bajo el lecho acuático, soportadas por 28 trabes de concreto pretensado.
Un minuto contra una historia de lutoHoy, la panga metálica yace atada a la orilla, convertida en un monumento oxidado y obsoleto. El ir y venir de los cables de tensión ha sido sustituido por una carretera asfaltada de 9.5 metros de ancho, con dos carriles de circulación y banquetas peatonales protegidas. Los números son fríos, pero cambian vidas: el trayecto que antes demandaba entre 30 y 50 minutos de espera y navegación ahora se recorre en exactamente 40 segundos. “Si vas grabando o paseando te haces un minuto, pero a velocidad normal no pasas de los 40 segundos”, comenta con satisfacción María Fernanda Jiménez, presidenta auxiliar de San Baltazar Tetela.
A lo largo de la carretera, pequeños comercios de memelas, restaurantes de mariscos y productos de mezcal empiezan a tener movimientos. Doña Goyita, vendedora de memelas en El Aguacate, confiesa que ahora puede ir y venir con facilidad a surtir su mercancía sin el miedo de quedarse varada al anochecer. María José y Omar, meseros en los restaurantes que miran al embalse, confían en que el turismo por fin voltee a ver la riqueza gastronómica y natural de Valsequillo. Sin embargo, para los más viejos de Los Ángeles y San Baltazar Tetela, la costumbre del miedo tarda en irse. “Yo todavía bajo en la camioneta y siento la sensación de que voy a encontrar la panga atracada. Veo los carros venir del otro lado y me da el ansia de apurarme para que no me deje la embarcación. Todavía no me la creo”, confiesa José Paz.
Y cuando se le pregunta si extraña la panga, su respuesta es contundente y seca: "No, ¿qué pasó? Para nada. Solo quedan las historias...” Hoy, mientras los vehículos cruzan en apenas 40 segundos sobre la plancha de concreto, la vieja panga yace atada a la orilla como un monstruo de metal retirado a la fuerza. Abajo, cuando la sequía haga emerger de nuevo esa pequeña isla en el centro de la laguna, las cruces de metal y madera seguirán ahí. Ya no marcarán el abismo de un pueblo aislado, sino los cimientos de una dignidad que tardó décadas en salir a flote. El sur de Puebla capital por fin dejó de mirar a la presa con miedo para empezar a cruzarla con futuro. |