Acompaño a la inspectora Ángélica Vázquez Maravilla en su caminar por el Puente de la Transformación. Lo cruzamos junto a una vecina de Los Ángeles Tetela; nos toma apenas cuatro minutos y medio hacerlo. Hablamos poco. Le pidieron informarnos sobre el puente, sobre sus beneficios para esta comunidad y para las que se encuentran del otro lado del lago. Creo que quiere que sea el propio puente el que se presente solo. No te pierdas: Más de 250 muertos después, el Puente de la Transformación cierra décadas de dolor en Valsequillo Para un lugar en el que al menos 250 personas han perdido la vida, y frente a un obstáculo natural que hizo de la espera parte de la cultura de una región, el puente es transgresor. Es el punto de inflexión de nuevas historias que se contarán en Los Ángeles Tetela, El Aguacate, San Miguel Atlapulco, entre otras poblaciones.
Cuando el reloj le pertenecía a la pangaCamino y pienso en al menos cuatro generaciones que la panga fue parte de su vida laboral, de su educación y de su vida social. Salir a trabajar significaba calcular la primera "combi", alcanzar el primer viaje de la panga y, desde antes de abandonar la casa, pensar en el regreso. Una jornada podía terminar cuando quisiera el patrón, pero el último cruce imponía otro límite.
Había que salir a tiempo, correr si era necesario y hacer coincidir los horarios del trabajo con los del transporte. Perder la panga podría significar quedarse del otro lado del lago. La misma regla alcanzaba la vida social. Una fiesta, una visita a los amigos o una noche con la novia o el novio también tenían hora de salida, aunque la conversación siguiera o la música apenas comenzara a animarse.
Quien dependía de la panga aprendía a mirar constantemente el reloj y a despedirse antes que los demás. Para muchas y muchos habitantes de Los Ángeles Tetela, crecer también significó acostumbrarse a esa negociación permanente: quedarse un rato más o garantizar el regreso a casa. Y no fueron pocas personas que a veces querían romper la regla. Retar al lago, olvidarse de la panga. Y en un arrebato de fiesta la cruzaron, ebrios a veces, valientes otras tantas. Tomar una embarcación prestada después de perder la panga era la solución improvisada de quien necesitaba volver a casa. También puedes leer: Galería: Así se ve el Puente de la Transformación que sustituirá a La Panga
El lago y una embarcación a la que nunca importó una emergenciaLa pendiente del Puente de la Transformación no hace difícil transitar los 480 metros de longitud a pie; a esta hora quizá lo hace difícil el sol que cae a plomo. Pero son menos de 5 minutos, me avergüenzo de sólo pensarlo junto a las dos mujeres que atraviesan ese gran camino que tardó décadas en llegar, ese que fue prometido desde que se construía la presa en los 40s. La propia Inspectora de Los Ángeles, Tetela, por la dinámica de su encargo tenía que ir y venir varias veces al día entre Los Ángeles y San Baltazar. Una y otra vez en la panga, una y otra vez depender de la espera, el abordaje, el descenso. Me cuenta de las ambulancias. Me dice que alguna vez un vecino murió esperando la panga dentro de una ambulancia. En Los Ángeles Tetela, la enfermedad o un accidente podían convertir el cruce en una urgencia dentro de otra urgencia. Una ambulancia podía quedar de un lado y el paciente del otro, esperando que la embarcación completara el cruce antes de continuar hacia un hospital. Ante una emergencia, muchas familias recurrían a lo que tuvieran disponible. Un automóvil particular podía convertirse de pronto en ambulancia, y algún vecino o familiar en el conductor encargado de buscar la ruta más rápida hacia las clínicas, centros de salud u hospitales ubicados del otro lado. Cuando no había vehículo propio, la alternativa podía ser conseguir quién los llevara, cruzar primero la presa y continuar después el trayecto o pagar un transporte que rodeara Valsequillo. Enfermarse también obligaba a hacer cálculos: cuánto tardaría la panga, de qué lado estaba la atención médica y cuál era la forma más rápida de llegar. En una comunidad acostumbrada a organizar su vida alrededor del cruce, hasta una emergencia médica podía depender de que la panga estuviera en la orilla correcta.
El dichoso costo-beneficio que demoró una obra vitalTerminamos el recorrido, dejo a mis acompañantes al pie del puente del lado de Los Ángeles Tetela, emprendo en solitario el regreso, otros 5 minutos. Regreso al punto más alto del puente, apenas me tomó 2 minutos llegar, es tan simple, tan corto, tan inmediato que en otro punto de la ciudad, del estado o del país se confundiría con uno más, pero no lo es. Recargado en el barandal, me atrapa el potente reflejo del lago apenas interrumpido por las toneladas verdes de lirio. Veo mototaxis, autos de todos los tamaños, motos, bicis y hasta un corredor para el que hoy el puente es parte de su desafío cardiovascular.
Son 5 mil metros cúbicos de concreto, 750 toneladas de varilla y 28 trabes que se levantan a lo largo de 480 metros, con un costo de más de 350 millones de pesos y es el parteaguas de una comunidad para la que el puente era incosteable porque era medido en el beneficio electoral, en el infame número de personas beneficiadas que nunca fueron suficientes para algún quien asignaba el presupuesto El número oficial, asegura que son 1.7 millones de personas beneficiadas. Pero es un número frío que no cuenta las vidas que se salvaran, las fiestas que no terminarán temprano, y las ambulancias que hoy sí llegarán. La panga y las oportunidades perdidasEscucho con especial atención el testimonio de Andrés Serrano, hombre alegre, generoso, de gran sonrisa, originario de una Tetela que lo vio partir muy joven a buscar oportunidades y regresar a ella con esposa e hijos, a vivirla, a trabajarla. Resume el cambio con una medida sencilla: el tiempo. Recuerda que en los años ochenta y noventa la última combi podía salir antes de que terminaran las clases y que muchas personas simplemente no tenían cómo volver al pueblo.
Por eso piensa que el puente hizo falta desde hace 30 años y que, de haber existido antes, las oportunidades educativas y laborales habrían sido distintas. Así, durante años, estudiar, trabajar, enfermarse, enamorarse, visitar a alguien o simplemente salir de fiesta estuvieron condicionados por una misma pregunta: “¿Todavía alcanzamos la panga?” El recuerdo de una laguna limpia y vivaAntes de convertirse en una frontera que había que cruzar, la laguna fue para Andrés Serrano una extensión de su infancia. Recuerda un agua distinta a la de ahora, suficientemente clara para distinguir peces de colores cerca de la orilla y, en ciertas zonas, incluso el fondo. Su familia obtenía parte de su sustento de la pesca y en diciembre el paisaje cambiaba con la llegada de patos, pelícanos y garzas que encontraban ahí un sitio para invernar. Para un niño de Los Ángeles Tetela, aquella laguna era también una ventana hacia animales que difícilmente podía observar en otro lugar.
Después de la escuela, el mismo cuerpo de agua se convertía en territorio de juegos. Andrés y otros niños se reunían para nadar de una orilla a otra, competir para ver quién llegaba primero o quién podía permanecer más tiempo bajo el agua. Ahí aprendieron a nadar y a bucear. Los fines de semana, recuerda, las orillas se llenaban de familias que llegaban a comer y pasar el día, mientras sobre el agua se multiplicaban las pequeñas embarcaciones y los veleros. Era, en sus palabras, un lugar familiar y lleno de vida.
La panga formaba parte de ese mismo paisaje cotidiano. Mucho antes del puente, por ella cruzaban personas, animales, camiones, transporte público y automóviles; alrededor de sus rampas se concentraban trabajadores provenientes de comunidades como El Aguacate, La Cantera, Xacxamayo y El Rincón.
Por las mañanas y las tardes el camino se llenaba de gente que llegaba caminando para continuar hacia sus trabajos, mientras pequeñas lanchas de remos ofrecían otra forma de alcanzar la orilla contraria. Llegaron los años, y el lago sucumbió a eso que extrañamente llamamos progreso, sucumbió a la urbe y sus males, a la falta de regulación y control que permiten a muchas industrias contaminar el Río Atoyac. Andrés recuerda los primeros peces que vio flotar, muertos y pestilentes y el cambio de color del agua. -Ahora habría peces de tres ojos- bromea.
¿Alguien extrañará la panga?La panga, ese artilugio que acompañó, a regañadientes, la vida de miles en Tetela, hoy yace ahí: arrumbada e inútil, atestiguando el paso constante de los vehículos por encima de ella. Condenada al olvido en un lago que tantas veces han prometido limpiar. Le auguran un destino incierto: un restaurante, un museo o cualquier otra ocurrencia flotante que busque rescatarla, como si la comunidad fuera a echarla de menos. Para quien no es de la zona, la panga es una anécdota, un recuerdo pintoresco. Pero para Tetela y sus comunidades, no es más que el símbolo de un atraso que nadie extraña. |