Antes de que sus autos antiguos se volvieran parte del paisaje cotidiano de San Pedro Cholula, Manuel Maya Lucas fue un niño de 11 años que huyó de su casa en Oaxaca tras una golpiza que le propino el esposo de su madre. Durmió en una vecindad abandonada en la Ciudad de México, pasó hambre y aprendió a sobrevivir solo. No hubo plan ni red de apoyo, sólo la necesidad de no volver a un lugar donde la violencia marcó el final de su infancia. También puedes leer: La última leyenda viva que enfrentó a El Santo vive en Puebla: Dorrel Dixon En la Ciudad de México nadie lo esperaba. Manuel pasó noches enteras en una vecindad abandonada y días completos sin comer. Era 1971; no tenía dinero ni un lugar fijo donde quedarse. Pronto entendió que si quería sobrevivir debía resolver lo inmediato antes que pensar en su futuro. Para mitigar el hambre encontró una salida práctica: trabajar en restaurantes como mesero porque eso le garantizaba, al menos, un plato de comida destinado al personal. Hubo etapas en las que sostuvo hasta tres turnos simultáneos en distintos lugares y en horarios encadenados. Dormir poco y comer rápido se volvió parte de la rutina; no era ambición, era necesidad. —Una de las personas que sabían que yo me brincaba cada noche a la vecindad me sugirió buscar trabajo en un restaurante. Así mataba dos pájaros de un tiro: dinero y comida gratis. —Así lo cuenta Manuel, o Maya, como es mejor conocido en Puebla y San Pedro Cholula, mientras toma un batido de mango en el restaurante Café y Tocino. La paga era una miseria, pero si juntaba su salario de sus tres empleos ya podía pagarse un cuarto para dormir, ir a una escuela pública por las noches y, también, ahorrar 100 pesos diarios, lo equivalente a 10 centavos al día de hoy.
Las Yardas fue un negocio que estuvo en San Pedro Cholula. El gancho para salir adelante fue sencillo, cuenta Manuel, puse una promoción donde pedía a los comensales que si podían tomarse 8 litros de cerveza la cuenta iba de mi parte. Sólo una chica, recuerda, pudo ganar el concurso.
Corazón de León, éxito nocturno visitado por empresarios, políticos y estudiantesDespués de años de trabajo continuo, Puebla se convirtió en el lugar donde Manuel Maya Lucas logró estabilidad. Él nació en Chiapas, pero ha vivido más de la mitad de su vida aquí. Corazón de León marcó su punto más alto. El lugar se volvió conocido en la avenida Juárez: mesas llenas, noches largas y un flujo constante de clientes que lo colocaron entre los bares más visibles de su época. También su nombre se volvió conocido en el círculo de restauranteros porque en algún momento él fue el presidente de la Cámara Nacional de la Industria de Restaurantes y Alimentos Condimentados (CANIRAC-Puebla).
El negocio fue rentable, pero también absorbente. Como cualquier bar nocturno, Corazón de León implicaba lidiar con borrachos, conflictos, limpiar vómitos, peleas, horarios extendidos y una presión por mantener todo en orden. El ajetreo no le daba tiempo para estar en casa, a pesar de que su esposa Remedios lo esperaba cada noche. Manuel pasó de trabajar para no pasar hambre a sostener un ritmo que le exigía presencia permanente. El cansancio dejó de ser físico y se volvió mental. En una de esas noches ya con el bar en su mejor momento —recuerda— Manuel se sorprendió al reconocer entre los clientes al entonces gobernador Mario Marín Torres. No fue un encuentro buscado ni celebrado; fue sólo una señal de hasta dónde había llegado el negocio. El éxito estaba ahí, visible, pero ya no resultaba atractivo.
Con el tiempo, la administración se volvió un problema. Comencé a cansarme y me administre mal, admite. El desgaste acumulado y los errores financieros terminaron por cerrar el ciclo. Corazón de León fue traspasado. No hubo despedidas ni nostalgia pública. El bar quedó atrás como una etapa intensa, rentable y agotadora, que ya no quería repetir. Hoy el local que rentaba se encuentra vacío. Sólo quedan los recuerdos de una época donde el lugar estaba vivo hasta la madrugada, veía pasar a políticos, empresarios, periodistas, estudiantes y demás fauna de la sociedad poblana. TuriWheel, turismo sobre ruedas y un nuevo comienzoAntes de dejar la administración de Corazón de León, Manuel recuerda que, en sus ratos libres, soñaba con fabricar autos antiguos. No sabía cómo hacerlo ni dónde aprender. Mucho menos cómo transformar un Volkswagen en una réplica de un Cadillac de 1903. La idea existía, pero todavía no tenía forma.
El origen de ese sueño se remonta a un viaje a España, cuando era presidente de CANIRAC. Fue invitado a un evento gastronómico y, durante una de las actividades, su anfitrión lo subió a un auto antiguo para darle un recorrido guiado por la ciudad. La experiencia fue distinta a todo lo que había vivido en el negocio nocturno. Algo se quedó dando vueltas en su cabeza.
El experimento avanzó a prueba y error. En Zacatlán conoció a la familia Trejo, quienes lo ayudaron a construir el primer prototipo funcional, ya no con pedales, sino con un motor de motocicleta. No era elegante ni perfecto, pero se movía. Ahí empezó todo. Una vez que abandonó el giro restaurantero, decidió emprender en el turismo en 2019. Ya contaba con tres carritos antiguos que simulaban modelos clásicos y que, en un inicio, no fueron pensados como negocio, sino como una extensión de aquella idea que había nacido años atrás. No había un plan estructurado ni experiencia en el sector turístico; sólo la intención de intentar algo distinto.
Los primeros recorridos fueron experimentales. Los vehículos fallaban, se quedaban varados o sufrían averías constantes. Hubo días en los que las lluvias anegaron las calles y los carritos avanzaban con dificultad, como si fueran lanchas. En otras ocasiones, fueron detenidos por autoridades municipales por no contar aún con los permisos necesarios. Nada era sencillo ni fluido. Aun así, Manuel persistió. Ajustó motores, cambió piezas y volvió a salir a la calle. Cada problema era una lección. Con el tiempo, los recorridos comenzaron a tomar forma y los autos dejaron de ser un experimento para convertirse en una actividad constante en San Pedro Cholula, donde el proyecto empezó a consolidarse de manera gradual. Hoy las unidades no son las mismas con las que empezó en 2018, tampoco el personal que lo acompaña en cada recorrido. Los autos dejaron de ser motocicletas modificadas para transformarse en vochitos tuneados que él mismo ensambla en un taller mecánico en San Pedro Cholula.
No olvida sus orígenes y los viajes que realizó como nómada para llegar al punto donde se encuentra. Hoy, Manuel tiene 65 años y una rutina distinta. Ya no vive bajo la presión del negocio nocturno ni de las madrugadas interminables, el olor a tabaco o alcohol de 4 o 50 grados etílicos. Los recorridos turísticos forman parte de su día, pero no lo definen por completo. El ritmo es más lento. El cuerpo y la mente, dice, ya no le piden correr como antes. A veces mira hacia atrás sin nostalgia exagerada. Recuerda la calle, el hambre, los turnos encadenados y los errores administrativos que también le costaron caro. Nada de eso lo cuenta como hazaña. Son hechos. Parte de una vida que no siguió un plan, sino que se fue armando a golpes, trabajo y decisiones tomadas al límite. —A pesar de la chinga, han sido buenos recuerdos… —dice— uno nunca debe olvidar de dónde viene. |