Jueves 09 Abril 2026

En un mercado inmobiliario donde la mayoría de los desarrollos venden metros cuadrados, plusvalía y amenidades, Equiah Villa Sustentable plantea una forma de vida. No se presenta sólo como un conjunto habitacional, sino como un espacio pensado para vivir con menos ruido, menos agresión visual, menos contaminación y más comunidad. 

Su apuesta parte de una idea simple, pero poco común: que en un fraccionamiento lo más importante no sean las casas, sino el entorno compartido.

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La lógica del proyecto invierte el orden habitual de muchos desarrollos residenciales. Aquí, las viviendas quedan en un segundo plano, rodeando las áreas comunes y cubiertas visualmente por vegetación y muros verdes de varios metros de altura

La intención, explica el arquitecto urbanista Enner Escobar Aguirre, es que quien camine o habite el lugar no sienta la invasión de fachadas, bardas o construcciones, sino la presencia permanente del verde, de los espacios de convivencia y de las zonas ecológicas. Las casas, dice, “sustentan” el proyecto, pero no deberían dominarlo.

Un modelo que presume sustentabilidad integral

Escobar sostiene que Equia no se limita a una estética verde, sino que busca una sustentabilidad de fondo. Por eso insiste en que el proyecto cubre tres dimensiones: la ambiental, la social y la financiera

En el plano ambiental, uno de los pilares es el manejo del agua. El desarrollo cuenta con pozo propio y, según el entrevistado, con agua de muy buena calidad. 

La lógica es usarla sin almacenarla en tinacos o cisternas, para evitar contaminación por estancamiento; después, cada vivienda debe tratar sus aguas mediante biodigestores, y el agua tratada se infiltra al subsuelo a través de sistemas instalados bajo los jardines. 

En el caso de los departamentos, el proyecto incorporó una planta de tratamiento para reutilizar el agua en riego y otras funciones. 

El desarrollo evita el gas y apuesta por sistemas eléctricos apoyados en paneles solares

En materia energética, el desarrollo evita el gas y apuesta por sistemas eléctricos apoyados en paneles solares. En la casa club, por ejemplo, se instalaron paneles para calentar agua y para generar electricidad en áreas comunes. El discurso del arquitecto es que, una vez hecha la inversión inicial, el modelo se vuelve más limpio y también más barato en el tiempo.

La sustentabilidad, en Equia, también quiere ser visible en la vegetación. El proyecto privilegia árboles endémicos o compatibles con el suelo de la zona, como fresnos, sauces, ahuehuetes, capulines y frutales. Algunas especies previas, como los álamos, han sido retiradas gradualmente porque, según el arquitecto, afectan el equilibrio del lugar. El desarrollo se presenta así como un espacio donde la vegetación no sólo embellece, sino que regenera, da sombra, produce alimento y devuelve vida al terreno.

El proyecto privilegia árboles endémicos o compatibles con el suelo de la zona,

A la par está el tema de los residuos. Las familias separan la basura; los orgánicos se destinan a composta para fertilizar jardines, mientras que los reciclables se entregan por separado, aunque el municipio no tenga un sistema eficiente para procesarlos de ese modo. El argumento del proyecto es que incluso esta separación parcial ayuda a quienes recuperan materiales más adelante y refuerza hábitos comunitarios de responsabilidad ambiental.

Pero la parte quizá más singular del discurso de Equiah es la sustentabilidad social. Escobar no habla sólo de ahorro energético o reúso del agua: habla de convivencia, vecindad, pertenencia y mezcla generacional. El proyecto fue pensado para que convivan niñas y niños, jóvenes, adultos y personas mayores, evitando convertirse en un lugar exclusivamente para retiro o descanso pasivo. De ahí la presencia de alberca, chapoteadero, gimnasio, yoga, cafetería, áreas de encuentro y recorridos accesibles. No se trata sólo de que la gente llegue a vivir ahí, sino de que tenga motivos para encontrarse.

El criterio comunitario va tan lejos que el propio arquitecto admite que han dejado pasar ventas cuando perciben que una persona no conecta con el concepto. Si alguien sólo pregunta cuántas recámaras tiene una propiedad o cuánto cuesta, pero no muestra interés por la lógica del lugar, prefieren no cerrar la operación. La razón es simple: una venta puede resolverse en un día, pero una comunidad puede deteriorarse durante años.

La apuesta por vivir en verde y en silencio en medio del caos

Esa decisión de diseño está ligada al valor que más repite el discurso del desarrollo: la tranquilidad. Escobar cuenta incluso la anécdota de unos vecinos que llegaron desde Cholula y, en vez de dormir mejor en su primera noche, no pudieron conciliar el sueño porque el silencio les parecía extraño. 

“Venían de una rutina marcada por fiestas, ruido y movimiento; acá, la ausencia de sonido les resultó casi desconcertante”

La calma, sin embargo, no es presentada como lujo contemplativo, sino como parte de un concepto más amplio: la salud

“Nuestro concepto central es salud. Salud física, salud mental y salud ambiental”

Bajo esa idea, Equiah no sólo se piensa como un sitio para dormir o invertir, sino como un espacio donde la vida cotidiana esté organizada para reducir desgaste y favorecer bienestar.

Ese planteamiento también busca diferenciarse de ciertos desarrollos residenciales que hacen de la “naturaleza” un decorado. 

En Equiah, la vegetación no aparece como adorno periférico, sino como estructura. Los árboles, las áreas compartidas, los senderos, la casa club, la cafetería, los puentes y las vistas forman parte de una narrativa donde habitar significa convivir con un entorno vivo y no únicamente resguardarse dentro de una propiedad privada.

Las vistas forman parte de una narrativa donde habitar significa convivir con un entorno vivo

Cuando la autoridad no estaba preparada

Uno de los aspectos más reveladores del relato es el choque entre el proyecto y la burocracia. Escobar asegura que, cuando buscó permisos y autorizaciones, se encontró con autoridades que no sabían cómo procesar un desarrollo que no se presentaba como mitigación de daños, sino como una propuesta de regeneración ambiental. En su relato, las dependencias estaban habituadas a evaluar el impacto negativo de una obra y a exigir medidas para reducirlo, pero no tenían herramientas para responder a alguien que decía: voy a aportar oxígeno, recuperar flora, mejorar fauna y devolver agua limpia al entorno.

La situación, afirma, se repitió en varios niveles. Hubo fricciones con CFE, con el área de ecología y con el propio municipio. En Nativitas, añade, ni siquiera existía experiencia previa para figuras como el condominio en el sentido en que ellos lo estaban planteando. Por eso asegura que, más que encontrar un camino hecho, tuvieron que abrirlo sobre la marcha, explicando procedimientos, insistiendo en regularizar cada etapa y presentando documentos incluso donde antes nadie los pedía.

La historia del terreno: de hacienda agotada a villa sustentable

La historia del lugar se entrelaza con la antigua hacienda de Santa Águeda, ubicada a un costado de Val’Quirico. Según relata Escobar, se trató de una hacienda del siglo XIX concebida con una lógica industrial para la ganadería y la pasteurización de leche. Con el paso del tiempo, la Revolución, la pérdida de tierras y la fragmentación de la propiedad, aquella enorme extensión se fue reduciendo y parte de los terrenos restantes comenzaron a venderse.

Antigua hacienda de Santa Águeda

A su familia política le correspondieron algunas de esas tierras. A partir de ahí, explica, fueron comprando pedazos del terreno hasta reunir el espacio donde hoy opera el desarrollo. No era, dice, una tierra privilegiada. Al contrario: estaba degradada por décadas de siembra intensiva de maíz, sin rotación y con uso de pesticidas. En sus palabras, era un suelo agotado, erosionado y con poca utilidad para seguir cultivando.

La transformación no fue rápida ni barata. Antes de que existiera el fraccionamiento, hubo que rehacer el terreno. Se rellenó con tierra nueva, se trabajó el suelo y se emprendió una reforestación constante. Escobar asegura que durante años sembraron cerca de 500 árboles anuales, hasta superar los 3 mil 500 ejemplares y después perder la cuenta. Esa parte de la historia es esencial para su narrativa: Equiah no sería sólo un desarrollo puesto sobre la naturaleza, sino un proyecto que intentó reconstruir un espacio antes agotado.

Durante años sembraron cerca de 500 árboles anuales, hasta superar los 3 mil 500 ejemplares
Durante años sembraron cerca de 500 árboles anuales, hasta superar los 3 mil 500 ejemplares

Ese proceso también ayuda a entender la escala del proyecto. Equiah está pensado para entre 40 y 45 unidades habitacionales en unas 3.5 hectáreas, con una densidad muy baja. El desarrollo no nació como una apuesta masiva, sino como una intervención lenta, de largo aliento, donde el valor del tiempo es central. El propio arquitecto recuerda que en su familia le decían que estaba invirtiendo para ver resultados dentro de 15 años; hoy, sostiene, empieza a ver que el sitio mejora precisamente porque fue diseñado para madurar, no para agotarse rápido.

El crecimiento de la zona también alteró el rumbo original. Escobar reconoce que cuando compraron el terreno la intención era hacer algo más sencillo, pero la llegada de Val’Quirico elevó el valor del entorno y obligó a mover el proyecto hacia un segmento residencial más alto.