Puebla tiene cineastas, actores, actrices, historias, espacios de formación y producciones capaces de circular dentro y fuera del país. Durante 2025, el Instituto Mexicano de Cinematografía identificó 864 cortometrajes y mediometrajes mexicanos en rodaje, postproducción o terminados. El estado concentró 4.2% de las obras por entidad de origen y fue escenario de 4.6% de las filmaciones. También puedes leer: Gabriel, el pequeño director poblano de 4 años que llevará su batuta hasta Alemania La formación también ha crecido. En el estado se contabilizaron 28 programas escolarizados de cine y producción audiovisual, cifra que colocó a Puebla en el tercer lugar nacional, además de 71 talleres, cursos, laboratorios, conferencias y seminarios. Las experiencias de Emma Viviana González, David Malpica, Mitsuko Villanueva e Iván Contreras recorren las distintas etapas de esa cadena. Desde la dirección, el documental, la producción y la exhibición, sus testimonios coinciden en un diagnóstico: el cine poblano no enfrenta una falta de creatividad, sino una ausencia de articulación. Las obras avanzan gracias a redes personales, recursos en especie, convocatorias y años de trabajo, pero todavía no existe una política que conecte de forma estable la creación con las pantallas y las audiencias. Mex-I-can: abrazar la incertidumbre para hacer cinePara la cineasta poblana Emma Viviana González, el documental Mex-I-can comenzó durante la pandemia, cuando encontró en Facebook un video de su primo Christopher, quien buscaba apoyo para participar en competencias de biatlón y construir, junto con su compañero Raúl, una representación mexicana en un deporte dominado por países con nieve. Christopher vivía en Austria, trabajaba en ventas y no provenía del deporte de alto rendimiento. Raúl había estudiado ingeniería aeroespacial. La aparente imposibilidad del proyecto fue precisamente lo que atrajo a González: dos mexicanos intentaban abrirse camino en competencias internacionales mientras ella buscaba realizar su primera película fuera del país.
La iniciativa deportiva comenzó en 2020. Un año después, el equipo de producción, al que se incorporó Mitsuko Villanueva, obtuvo un recurso para viajar a Austria y comenzar la filmación.
González recuerda que, al inicio, eran tratados como una rareza. Según su testimonio, durante algunas competencias les ponían “La Cucaracha” y otros participantes cuestionaban que México pudiera intervenir en ese deporte. Esa reacción transformó el documental en una historia de identidad y no solamente en una crónica deportiva.
La directora encontró en la experiencia de los atletas una metáfora de su propio oficio. Hacer una película desde Puebla, conseguir recursos y sostener una producción durante años también exigía avanzar sin garantías.
La resistencia, para González, implica creer en la historia, soportar los rechazos y “abrazar la incertidumbre”. Mex-I-can tendrá su estreno nacional el 25 de julio en el Festival Internacional de Cine de Guanajuato, antes de iniciar una ruta de festivales y buscar exhibiciones en salas independientes dentro y fuera de México. El documental observa lo que queda después de la noticiaEl cinefotógrafo y documentalista David Malpica encuentra una diferencia fundamental entre el registro inmediato y la construcción cinematográfica. Mientras el periodismo necesita informar lo que ocurre en el momento, el documental permanece, observa y busca comprender qué consecuencias dejó el acontecimiento.
La rapidez de TikTok, Instagram y las transmisiones en vivo permite seguir guerras, terremotos o búsquedas de personas casi en tiempo real. Sin embargo, para Malpica esa abundancia de imágenes no garantiza cercanía con las víctimas. La pantalla puede producir una sensación de presencia, pero también una distancia que vuelve virtual el dolor de los demás.
El trabajo del documentalista comienza cuando baja la urgencia. Consiste en quedarse, guardar silencio, encontrar personajes y reconocer los efectos humanos, sociales, políticos y emocionales que no siempre aparecen en la cobertura inmediata.
Malpica recurre a una enseñanza de su maestro, el cinefotógrafo Mario Luna, para explicar esa diferencia: el documental sirve para filmar lo que ocurre después de que una piedra cae al agua. No se concentra únicamente en el impacto, sino en las ondas que se extienden a su alrededor. Esa profundidad requiere tiempo. El cineasta considera que un documental bien construido puede necesitar tres o cuatro años, mientras que Mex-I-can se desarrolló durante cerca de cinco o seis años. En ese periodo, el equipo no solo registró la trayectoria deportiva de Christopher y Raúl, sino los cambios políticos, migratorios y sociales que modificaban la forma en que los mexicanos eran percibidos en Europa. También puedes leer: Puebla tendrá una nueva escuela de cine con Licenciatura en Cinematografía Para Malpica, Puebla ofrece un territorio “superfértil” para esta clase de narraciones. Sus contrastes entre pobreza y desarrollo, así como su diversidad geográfica, cultural y social, permiten contar historias muy distintas. El problema es transformar esa riqueza narrativa en una actividad sostenible. La respuesta, sostiene, pasa por formar públicos desde la infancia. Mientras el documental sea visto como una producción aburrida o ajena al entretenimiento, tendrá dificultades para generar ingresos, sostener salas y garantizar una vida digna a quienes lo realizan.
Además de su participación en Mex-I-can, Malpica trabaja en un documental sobre Majo Rodríguez, corredora poblana de NASCAR. La producción se encuentra en edición. También explora la cinefotografía acuática y el documental de naturaleza, con la intención de representar aquello que, pese a tener una presencia determinante, carece de voz en las narraciones humanas. Autogestión, salarios bajos y una industria que no termina de reconocerseLa productora Mitzuko Villanueva conoció en Puebla una comunidad teatral acostumbrada a resolver con sus propios medios. Actores y actrices llegaban a las producciones con vestuario, muebles, utilería y capacidad para adaptar los espacios sin esperar una estructura externa que solucionara cada necesidad. También puedes leer: Gremio de cine en Puebla exige Ley Estatal, Comisión de Filmaciones, certeza laboral y no apoyar a una sola película Esa cultura de colaboración permitió integrar intérpretes teatrales a comerciales, cortometrajes y largometrajes. La experiencia en espacios reducidos, como Microteatro, también ayudó a contener las actuaciones para trabajar frente a una cámara, donde “menos es más”. Villanueva reconoce una disposición similar entre los cineastas poblanos: talento, resistencia y proyectos competitivos. Sin embargo, considera que la comunidad cinematográfica todavía no alcanza el grado de consolidación y organización que observa en el teatro.
Según la estimación de Villanueva, los salarios audiovisuales en Puebla pueden ubicarse entre 25% y 30% por debajo de los que se pagan en la Ciudad de México. El dato debe tomarse como una referencia de su experiencia profesional, no como un tabulador oficial. La productora atribuye la diferencia tanto a la menor cantidad de producciones como a los costos más bajos para conseguir locaciones y servicios.
Filmar en Puebla puede ser más sencillo que hacerlo en la capital del país. Todavía es posible negociar directamente el uso de una casa o una calle y encontrar comunidades receptivas a la llegada de una producción. El apoyo estatal existe, pero no está diseñado exclusivamente para la industria cinematográfica. La convocatoria PECDA Puebla 2026 anunció 59 estímulos, con una bolsa superior a 3.5 millones de pesos, distribuida entre diversas disciplinas artísticas. Cine y medios audiovisuales aparecen dentro de las áreas participantes, pero compiten por recursos con otros sectores culturales. Para Villanueva, el problema de fondo es que las instituciones públicas y privadas todavía no terminan de reconocer al cine como una industria capaz de generar empleo, promoción territorial y derrama económica.
La productora pone como referencia a Guadalajara, donde el festival, los apoyos directos y los incentivos para atraer filmaciones han construido un circuito económico alrededor del cine. Puebla, sostiene, necesita una estrategia semejante: fortalecer sus encuentros cinematográficos, apoyar a la comunidad local y crear incentivos que permitan producir sin depender exclusivamente de las convocatorias. La Cinemateca Luis Buñuel: una pantalla en resistenciaLa cadena cinematográfica no termina cuando se completa una película. Sin espacios de exhibición, las obras pueden quedar reducidas a entregas escolares, enlaces privados o recorridos limitados por festivales. Desde hace más de cinco décadas, la Cinemateca Luis Buñuel cumple esa función dentro de la Casa de Cultura de Puebla. Su responsable de dirección, programación y gestión, Iván Contreras, define el recinto como un espacio de encuentro con el cine mexicano, documental, latinoamericano y con producciones que rara vez llegan a las carteleras comerciales.
La programación anual prioriza el cine mexicano y dedica una parte significativa al documental. La sala también recibe trabajos de estudiantes y realizadores poblanos que necesitan mirar sus películas en una pantalla grande, reconocer fallas y enfrentarse por primera vez a un público. La necesidad de estos espacios aumenta conforme crece la formación. Puebla cuenta con 28 programas escolarizados de cine y audiovisual, además de decenas de actividades no escolarizadas. La pregunta, para Contreras, es qué ocurrirá con las películas producidas por esa comunidad.
En los alrededores de la Cinemateca, según su estimación, funcionan aproximadamente 20 pantallas comerciales, pero entre todas pueden concentrar su cartelera en alrededor de ocho títulos. Frente a esa repetición, una sola sala pública puede ofrecer cine poblano, mexicano, peruano, colombiano, europeo o retrospectivas que amplían la experiencia de los espectadores.
Contreras también destaca que la sala no cumple una sola función. Para las personas adultas mayores es un lugar ligado a décadas de cinefilia y convivencia. Para algunos trabajadores se convierte en un refugio después de la jornada laboral, donde pueden esperar a que disminuya el tránsito mientras ven una película. Para las y los estudiantes representa un espacio de aprendizaje y para los realizadores, una de las pocas ventanas disponibles.
La infraestructura, sin embargo, necesita actualizarse. Las tecnologías cambian y algunos formatos recientes requieren equipos que la Cinemateca todavía no posee. El proyecto de largo plazo, todavía planteado como una aspiración, consiste en dejar de tener una sola sala y contar con tres. La agenda inmediata incluye la llegada de muestras y festivales como MICGénero, Cinetectón, Macabro y 24 Risas, además de estrenos de cine mexicano, poblano y latinoamericano. La programación habitual se mantiene de martes a sábado, con funciones a las 17:00 y 19:00 horas. Del streaming a la segunda pantalla: la batalla por la atenciónLas cuatro voces coinciden en que el cine ya no compite únicamente con otras películas. También disputa la atención con TikTok, Instagram, teléfonos celulares, transmisiones en vivo, series, plataformas y contenidos producidos o procesados mediante inteligencia artificial. Para Emma Viviana González, la tecnología puede modificar los equipos y reducir los costos, pero no resuelve la pregunta central del cine.
David Malpica observa que la inmediatez separa a los estudiantes de la naturaleza del acontecimiento. Frente a videos que duran segundos, el documental necesita meses o años para seguir a sus personajes y construir una mirada. El cine, insiste, es “una cosa de paciencia y de lentitud”.
Mitzuko Villanueva adopta una posición pragmática ante la inteligencia artificial y las nuevas formas de encontrar públicos. Considera que la negación puede hacer que los cineastas pierdan tiempo y terreno frente a creadores que ya utilizan estas herramientas para producir, procesar y distribuir contenidos.
La transformación también alcanza la promoción. Una película independiente ya no necesita dirigirse a un público masivo e indiferenciado: puede localizar comunidades específicas mediante redes sociales, intereses compartidos y nichos de consumo. Esa adaptación, sin embargo, requiere discutir derechos laborales, propiedad intelectual y los límites éticos del uso de imágenes, voces y trabajos creativos. Iván Contreras encuentra en la sala una respuesta a la crisis de atención. En casa, el espectador puede revisar su teléfono, barrer o interrumpir una película. En el cine existe un acuerdo colectivo: apagar la pantalla, reconocer a las otras personas y prestar atención a la obra.
El streaming no desaparecerá y la segunda pantalla seguirá formando parte del consumo cotidiano. La batalla no consiste en negar esos hábitos, sino en ofrecer una experiencia que motive al espectador a soltar el teléfono. La sala puede hacerlo mediante la oscuridad, el sonido, la conversación posterior y la posibilidad de compartir emociones con otras personas. El futuro del cine poblano no depende solamente de producir más obras. Requiere formar espectadores, abrir pantallas, mejorar los salarios, conectar instituciones y convertir la colaboración comunitaria en una estructura sostenible. Puebla ya tiene historias y personas dispuestas a contarlas. El siguiente paso es construir el sistema que permita verlas. Porque sin realizadores no hay películas, pero sin públicos no hay cine. |