Todavía no eran las diez de la mañana y el campo La Gloria ya parecía pequeño para tanta fe. Había caballos por todas partes. Grandes, pequeños, de distintos colores. Algunos inquietos, otros tranquilos, como si también supieran que aquel no era un día cualquiera. Sobre ellos, hombres, mujeres, jóvenes y familias enteras habían recorrido horas, incluso días, para llegar a Ciudad Serdán. Venían de Puebla, de Veracruz y de otros municipios. Algunos habían dormido en el camino. Otros habían encontrado refugio en casas de familias que, sin conocerlos, decidieron abrirles las puertas. Eran más de 3 mil 500 caballos y sus jinetes. Pero contar caballos no alcanza para contar lo que ahí estaba ocurriendo. Porque aquella mañana no se trataba solamente de una cabalgata. Se trataba de promesas. De agradecimientos. De personas que habían regresado porque alguna vez pidieron una oportunidad más.
De familias que llevaban consigo la memoria de alguien que ya no pudo regresar. Y de un pueblo que, como cada año, esperaba a los peregrinos con comida, agua y un abrazo. Un camino que comienza mucho antes de llegarLa Feria de Chalchicomula de Sesma tiene una historia de más de cuatro siglos. La cabalgata en honor a Padre Jesús, de acuerdo con la tradición local, tiene alrededor de dos siglos. Lo que comenzó con unos cuantos pueblos que llegaban para venerar la imagen fue creciendo con los años hasta convertirse en una de las expresiones de fe más importantes de la región. Solo hubo un año en que la cabalgata formalmente no pudo realizarse: 2020, durante la pandemia de COVID-19. La iglesia permanecía cerrada. Pero la fe no. Algunos caballerangos llegaron por su cuenta para visitar la imagen, aunque no hubiera celebración. Este 2026, el camino volvió a llenarse de cascos. La misa y los miles que llegaron a agradecerLa misa estaba programada para las diez de la mañana. Comenzó alrededor de las 10:30. No por retraso, sino porque había que esperar. Esperar a los caballos. A los grupos. A quienes todavía estaban llegando. El espacio tenía que hacer sitio para todos. El arzobispo de Puebla ofició la celebración en el campo La Gloria. Frente a él, los peregrinos permanecían junto a sus animales. Algunos rezaban. Otros guardaban silencio. Había quienes miraban hacia la imagen de Padre Jesús con las manos juntas. Y había quienes simplemente contemplaban. Después de la misa, la imagen encabezó la cabalgata. Entonces comenzó el recorrido. Las calles del Centro Histórico se llenaron. En la avenida 16 de Septiembre, frente a la parroquia, la gente salió a mirar. Los aplausos aparecieron primero tímidamente y después se hicieron más fuertes. Aplaudían a Padre Jesús. Pero también a los caballerangos. Especialmente a quienes habían llegado desde lejos. Porque la gente sabía que detrás de cada caballo había horas de camino. Martín: 17 horas para decir graciasMartín Bonilla llegó desde Teltencingo, Veracruz. Su grupo estaba integrado por aproximadamente 200 personas y, para llegar a Ciudad Serdán, tuvieron que recorrer más de 17 horas. Era su primera vez. No vino por obligación. Vino a agradecer. “Pues la fe, la fe que le tenemos a nuestro Padre Jesús; darle gracias porque uno está bien, la familia, los hijos”, dijo. Martín pidió por su familia. Pero también pidió por algo que va más allá de su propia casa: pidió por la paz de su municipio. En el camino descubrió algo que, quizá, terminó siendo tan importante como llegar. La gente ayudaba. Les ofrecían comida. Un lugar donde dormir. Un espacio para descansar. Y alimento para los caballos. Martín llegó a Ciudad Serdán acompañado por cientos de personas, pero en el camino descubrió que una peregrinación nunca se hace completamente solo. Jorge: volver después de estar al borde de la muerteJorge Arturo García Morales tardó tres días en llegar desde San Miguel Tlacotiopa, Veracruz. Su grupo, de alrededor de 70 caballerangos, tiene aproximadamente 20 años realizando este recorrido. Para ellos, el camino es también una forma de encontrarse. Hay grupos adelante. Otros atrás. Y todos se ayudan. Pero para Jorge, regresar tiene un significado mucho más profundo. Hace algún tiempo tuvo una grave complicación de salud. Estuvo en coma. Los pronósticos no eran alentadores. Entonces hizo una promesa. Le pidió a Padre Jesús una oportunidad. Y prometió que, si salía adelante, volvería. Hoy estaba ahí. Montado sobre su caballo. Te puede interesar: Huauchinango, naturaleza implacable Cumpliendo aquella promesa. “Yo le pedí a Padre Jesús que me diera otra oportunidad y aquí estoy, con las manos por delante a Padre Jesús”. Lo dijo con una sencillez que hizo que la frase pesara todavía más. Porque para él, llegar no era simplemente llegar. Era demostrar que había sobrevivido. Juan llevó a su hermano de regresoHay ausencias que también cabalgan. Juan Balderas Jiménez llegó acompañado de su padre, Eliseo Juan Balderas Vega. Venían de Mariano Escobedo, Veracruz, aunque actualmente viven en La Perla. Su recorrido duró aproximadamente 15 horas y viajaban con un grupo de alrededor de 200 personas. Eliseo conoce esta tradición desde que tenía ocho años. Su abuelo lo llevó por primera vez en 1988. Desde entonces, calcula que ha realizado el recorrido cerca de 30 veces. Pero este año algo faltaba. Juan llevaba una fotografía colgada. En ella aparecía un hombre sobre un caballo. Era su hermano. Durante años había realizado esta misma peregrinación. Este año no pudo hacerlo. Murió después de sufrir un accidente durante otra cabalgata. “Mi hermano, que él venía año con año, pero se accidentó, partió al cielo. Íbamos a otra cabalgata a San Miguel cuando se accidentó y falleció”. Por eso Juan llevó su fotografía. Para que siguiera estando. Para que, de alguna manera, volviera a recorrer aquellas calles. Para que su familia pudiera decirle: aquí estamos otra vez. La tradición familiar continuó. Solo que este año uno de ellos viajaba en la memoria. Y mientras unos llegaban, otros los esperabanLa historia de esta cabalgata también está en quienes no montan un caballo. Desde las seis de la mañana, Guadalupe Sánchez y su familia comenzaron a preparar café, pan y tamales. No estaban vendiendo. Los estaban regalando. Era la primera vez que lo hacían. Guadalupe había visto llegar a los caballerangos y comprendió que muchos hacían un enorme esfuerzo económico para estar ahí. Algunos llevaban varios días de camino. Algunos llegaban sin dinero suficiente para comprar alimentos. Entonces su familia decidió compartir. “Es en agradecimiento a Padre Jesús por todas las bondades que le ha brindado a nuestra familia”, explicó. Durante horas, los peregrinos se acercaron. Comían. Tomaban café. Descansaban un momento. Y contaban sus historias. De dónde venían. Cuántos días llevaban. Cuánto les había costado llegar. Y mientras los jinetes comían, sus caballos tampoco eran olvidados. En distintos puntos del recorrido, habitantes colocaron alfalfa y recipientes con agua. Porque en esta peregrinación también se entiende que cuidar al caballo es cuidar al peregrino. Un pueblo que recibe con las puertas abiertasQuizá una de las imágenes más poderosas de esta jornada no estaba en la cantidad de caballos. Estaba en las manos. Las manos que ofrecían un plato de comida. Las manos que servían café. Las manos que acercaban agua. Las manos que acariciaban a un caballo cansado. Las manos de quienes aplaudían al paso de los peregrinos. Y las manos de quienes rezaban frente a Padre Jesús. En Ciudad Serdán, la fe no solamente se pronuncia. También se comparte. Se cocina. Se sirve. Se ofrece. Se acompaña. Y se convierte en solidaridad. Por eso esta cabalgata es también una oportunidad para mirar al municipio como un destino de turismo religioso y cultural, donde la historia, las tradiciones y la hospitalidad de su gente forman parte de una celebración que cada año atrae a más visitantes. Cuando la fe vuelve a casaAl final de la tarde, los caballos comenzaron a alejarse. Las calles fueron recuperando poco a poco su ritmo. Pero algo permaneció. La promesa de Martín. El milagro que Jorge atribuye a Padre Jesús. La fotografía del hermano de Juan. El café que Guadalupe sirvió desde temprano. Los tamales. El pan. El agua. La alfalfa. Los aplausos. Los abrazos. Y miles de personas que durante unas horas caminaron juntas en una misma dirección. Quizá eso explica por qué, después de tantos años, miles siguen regresando. Porque algunos vienen a pedir. Otros vienen a agradecer. Algunos vienen a cumplir una promesa. Y otros vienen a recordar a quienes ya no pueden hacerlo. Pero todos encuentran un mismo lugar. Ciudad Serdán. Un pueblo donde, durante la feria, la fe vuelve a tomar las calles. Y donde, por un día, miles de caballos parecen llevar sobre sus lomos algo más que un jinete: llevan historias, recuerdos, promesas y esperanza. |