Sábado 14 de Noviembre de 2015 |
| RODRIGO ROSALES ESCALONA Por décadas, el costo social de la conflictividad en México, no es otra cosa que la descripción de la violencia que sigue marcando las relaciones políticas en nuestro país. Independientemente de una supuesta restauración política y de una supuesta democracia, hay una serie de aspectos que se están percibiendo en cuanto al padecimiento social. Una violencia política que, según indican las cifras, se dirige principalmente de arriba hacia abajo, siguiendo un esquema tradicional y reproduciendo una forma de dominación que la retórica modernizadora no puede ocultar. En México, la lucha social y política continúa resolviéndose en buena parte por la vía de la represión, por medio un lento y continuo exterminio de activistas y luchadores, en su mayoría campesinos, que debilita la resistencia pacífica y fomenta el recurso a la resistencia armada social; aunque, con la guerra calderonista declarada a los carteles del narcotráfico, que a causado miles de muertos y desparecidos, ha dado origen a otros grupos civiles armados para su defensa y protección, ante la ineptitud del gobierno federal. Aunado a ello, las luchas magisteriales por mantener vigente una educación necesaria para el país, y no como lo dicen los tecnócratas. Los movimientos campesinos e indígenas por proteger sus tierras contra capital extranjero y nacional, por fincar en sus tierras, minas, posos petroleros, platas hidroeléctricas, etcétera. Agregando, otros agravios más contra la clase trabajadora. El proceso de privatización de servicios médicos en el IMSS e ISSSTE, así como también eliminar los beneficios sobre pensiones y jubilaciones “dignas”, mediante imponer a lo más corrupto en las Afores, quienes saquean los ahorros de toda la clase trabajadora, dejándolas en el desamparo. Mientras que los grandes inversionistas en estos negocios, invierten nuestro capital de ahorro, para lograr una plusvalía insultante, dejando micro migajas al pueblo. Una realidad innegable que no desaparece por el simple hecho de decreto ni de una supuesta democracia que no termina de encajar, cuando la cultura política autoritaria federal o en los gobiernos estatales como Veracruz, Guerrero, Oaxaca, Chihuahua, Puebla, Chiapas, por decir unos cuantos; los cacicazgos locales, la impunidad, la militarización y la paramilitarización de amplias regiones del país siguen trazando la geografía y la historia de los conflictos sociales. Vivimos, entonces, la paradoja de un sistema en un contexto de violencia política y económica, donde a la verdadera oposición social y el disenso se responde con la fuerza, donde la razón del Estado y los intereses privados y fácticos se entremezclan y ahogan un Estado de Derecho que no acaba de nacer. La convivencia social, en estas condiciones paupérrimas, no se puede medir por la institucionalización del llamado “sistema político” o por la eficacia de políticas de “gobernabilidad” dirigidas a neutralizar los conflictos sociales. Los conflictos son la esencia de una sociedad compleja, libre y democrática, donde no se nieguen las diferencias y se reconozcan las injusticias, ni se repriman los movimientos dirigidos a la defensa y la conquista de derechos sancionados por legisladores nacionales e internacionales. Los conflictos sociales, representan la tensión de una colectividad hacia un orden más justo, siendo que las estructuras políticas y económicas, por sí solas, no se mueven en esta dirección. Un ejemplo de la impunidad y corrupción, es que los diputados podrán utilizar, sin explicar para qué, cerca de 20 mil millones de pesos del ejercicio presupuestal del 2016. Es decir, no se sabrá a dónde estará destinado el dinero. Mientras se desvían millones de pesos del presupuesto federal o estatal, en obras sin sentido alguno, sin costo real social, excluyendo al pueblo de una vida digna, así como también, tenemos que unos 218 mil niños, niñas y adolescentes poblanos, el 13.64 por ciento del total de entre 5 y 17 años, dedica su tiempo a trabajar, lo que coloca al estado en el tercer lugar a nivel nacional con esta problemática. Y de acuerdo a la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM), a través del estudio “La Infancia Cuenta 2015”, 8 de cada 10 menores no recibe una remuneración o sus ingresos son por debajo del salario mínimo. Por lo tanto, hay que rechazar a quienes acusan o criminalizan a los conflictos y movimientos sociales –rasgos típicos del discurso conservador– pera, en cambio, defender las razones de la conflictividad en México y oponerse firmemente a la solución violenta con la cual se intenta “normalizar” al país. Ahí están los 43 normalistas, Ajalpan, Chalchihuapan, Pasta de Conchos, Aguas Blancas, El Charco, y un largo etcétera. rodrigo.ivan@yahoo.com.mx Analista político y de prospectiva social. |