Viernes 18 de Diciembre de 2015
AMY GLOVER * Lo que aqueja a Estados Unidos no es una elección presidencial áspera, sino una crisis existen­cial. El país se encuentra suma­mente divido en torno a lo que representa la nación. Estados Unidos es un país demo­crático que se fundó en los principios de la igualdad, y la separación del Estado y la Igle­sia. Sin embargo, también es un país que se construyó a base de la esclavitud, y con una tradición judeocristiana fuerte que visualiza al país como un ejemplo moral a seguir para el mundo. Cuando Estados Unidos se inde­pendizó, predominaba el aislacionismo —el deseo de alejarse del resto del mundo. Sin embargo, en los últimos cien años Estados Unidos ha tenido que jugar un papel prota­gónico en la palestra global. Estas contra­dicciones están manifestándose de manera palpable hoy y no queda claro cuál será el resultado de esta lucha entre las múltiples personalidades del país. Una encuesta reciente de The New York Times mostró que las opiniones de los afi­liados a los principales partidos son com­pletamente encontradas. Los demócratas quieren restringir el acceso a las armas (76 por ciento), los republicanos en su mayoría no (59 por ciento); los demócratas apoyan medidas para combatir el cambio climáti­co (74 por ciento), mientras que los repu­blicanos cuestionan la existencia del mis­mo (60 por ciento); los demócratas apoyan en su mayoría la entrada de los inmigran­tes de Siria (63 por ciento), los republica­nos no (61 por ciento). En resumen, las estrategias respecto a cómo dirigir al país se dividen entre alternativas muy distintas. Curiosamente, entre el liderazgo de los dos partidos se está dando un consen­so respecto a un tema espinoso: Donald Trump. Sin duda, la predominancia en los medios de Trump en meses recientes ha sido deprimente para los seres pensan­tes de ambos partidos, que son la mayo­ría. A pesar de que hay desacuerdo sobre el camino a seguir para el país, las eleccio­nes generales no se ganan con propuestas extremistas y Trump se ha volado la barda. Trump no será el candidato republica­no y menos presidente de Estados Uni­dos, pero eso no quita su importancia ni el peligro que representa. Los que apoyan a Trump son sobre todo la clase media baja de escasa educación, individuos resentidos que buscan “recuperar” la grandeza nacio­nal de antaño, sin definir qué quiere decir eso. ¿Exactamente cuántas personas apo­yan a Trump? Según el Pew Research Insti­tute (2014), el 39 por ciento de la población dice ser independiente, mientras que el 32 por ciento simpatiza con los demócratas y el 23 por ciento con los republicanos. En las encuestas donde miden la popularidad de Trump, nada más consultan a republi­canos con la intención de votar, así que si Trump tiene el apoyo de alrededor de 30 por ciento de esta muestra, eso se tradu­ce en cerca de 8 por ciento de la población nacional. Esto no es suficiente para ganar la elección general, así que ¿por qué nos preocupa tanto? Porque lo que dice Trump juega con los instintos más bajos del ser humano justo en un momento en que el miedo va en aumento. Los ataques en París y California han generado una paranoia más aguda y un mie­do generalizado en la población de Estados Unidos. Mis hijos me han pedido dejar de utilizar el metro en Washington, DC y hemos hablado como familia acerca de lo que haría­mos en caso de un atentado cerca de la Casa Blanca, a dos cuadras de mi oficina. Es en este ambiente en el que tenemos que con­vencernos de que no podemos vender nues­tra alma al miedo. Es ahora cuando tenemos que celebrar nuestra pluralidad y defender nuestros valores democráticos. Canadá nos dio una lección en días recientes cuando a través de las acciones de su gobierno refrendó su compromiso con los valores de una sociedad abierta, como también lo establece la Declaración de Independencia de Estados Unidos. El nuevo primer ministro, Justin Trudeau, dio la bienvenida a un grupo de refugia­dos sirios. “Esta noche bajan del avión como refugiados, pero cuando salgan de esta terminal serán residentes permanen­tes de Canadá”. Mientras en Estados Uni­dos estamos en plena lucha contra nues­tros demonios, a los canadienses les que­da muy claro quiénes son y hacia dónde se dirigen. Y eso sí da envidia. * Directora de McLarty Associates