Lunes 28 de Diciembre de 2015
FRANCISCO MADRID F. La conclusión de un año calendario parece una buena oportunidad para realizar balan­ces; en este orden de ideas se exponen lo que en nuestra opinión son aspectos sobresa­lientes en el diseño y ejecución de las políticas públi­cas que coadyuvan a la promoción del desarrollo turís­tico sustentable de nuestro país. No es de extrañar que algunas de estas iniciativas no provengan estrictamente de los organismos públicos con responsabilidades directas en la materia (Secre­taría de Turismo, Consejo de Promoción Turística de México y Fonatur), en virtud de que una característi­ca inherente a la política turística es su transversali­dad. Y no es que no se puedan identificar contribucio­nes desprendidas desde estos entes; de hecho hay dos que parecen por demás significativas: el lanzamiento de la política de fomento a la gastronomía mexicana, que tiene toda la lógica pues sin ánimo chauvinista, este componente de la oferta turística posee cualida­des de excepción que permitirían la construcción de una importante ventaja competitiva y, por otra par­te, la esperada revisión de las reglas de operación del programa de Pueblos Mágicos. Cierto es que en el pri­mero de estos puntos es necesario aterrizar con mayor precisión las acciones y en el segundo sigue hacien­do falta la presencia de la sociedad civil en la toma de decisiones y se extraña el que no se hayan dado de bajo a aquellas localidades que no reúnen los méritos suficientes para mantener su presencia en este club. No obstante todo lo anterior, sin duda que las gran­des aportaciones del año, incluso con una clara visión de largo plazo –lo que no necesariamente es usual–, aparecen en el terreno de lo que podríamos denomi­nar política intersectorial del turismo y, se inscriben en el campo de la mejora de la conectividad aérea del país. Nos referimos a la revisión del convenio bilateral con Estados Unidos, a los avances en la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México y el inicio de operaciones binacionales en el aeropuerto de Tijuana. La primera de estas acciones llama la atención por el ánimo aperturista que supone, pues al permitir las designaciones ilimitadas de aerolíneas entre pares de ciudades –una por cada país–, sin límites de frecuen­cias y de equipo, se plantea un escenario de cielos abier­tos entre ambas naciones –lo que no incluye los vue­los de cabotaje, es decir, entre pares de ciudades del mismo país–. Independientemente de que hace fal­ta la ratificación por parte del Senado, la medida es, por demás, valiente y debe constituir un importante apoyo al turismo, alentado una industria más compe­titiva. En todo caso, no se debe olvidar que la falta de vuelos que aqueja a varios destinos turísticos del país –principalmente en la vertiente del Pacífico– es más un síntoma de falta de atractivo y por ende de competitividad, que un problema por sí mismo. El nuevo bilateral se verá limitado en el corto plazo por la saturación del aeropuerto “Benito Juárez”. Esta es una más de las razones por las que se debe recono­cer la importancia de mantener este como un proyecto estratégico más allá de los pronunciamientos de dema­gogia trasnochada que proponían una fallida alterna­tiva al ignorar, de inicio, que más de la tercera parte del tráfico actual de este aeropuerto está relacionado con conexiones, razón más que suficiente para hacer inoperante la existencia de dos aeropuertos en la ciu­dad capital del país. Sin embargo, no se debe olvidar que en el mejor de los casos el nuevo aeropuerto empezará operaciones en 2020, lo que hace urgente encontrar los mecanis­mos para afrontar los años venideros con la minimi­zación de molestias a los pasajeros que, por lo pron­to, seguirán padeciendo un aeropuerto malo y caro. Finalmente, aunque su lanzamiento no tuvo los reflectores que merecía, el inicio de las operaciones binacionales en el aeropuerto de Tijuana representa un hito formidable, no sólo por el esquema de facili­tación que ofrece a los viajeros y el enorme potencial de conectividad con Oriente, sino, sobre todo, por­que demuestra la factibilidad de una gestión fronteri­za más cercana a la integración en el terreno del trán­sito de personas, elemento fundamental para Méxi­co al recordar que los cuatros estados norteamerica­nos con frontera con México suponen un mercado de cerca de 450 millones de viajes al año. * Director de la Facultad de Turismo y Gas­tronomía de la Universidad Anáhuac México @fcomadrid