Lunes 28 de Diciembre de 2015
GUILLERMO FADANELLI* Es conveniente dar por hecho que cada habi­tante de una ciudad la vive, sufre o disfruta de una manera distinta y que su experien­cia le pertenece, es única y en tantos casos intransferible. El principio de la diferencia es esencial en los seres humanos y la suma de esas diferencias se convierte en diálogo y convivencia pacífica o, por el contrario, en enfrentamiento y humillación del otro. Y sin embar­go las normas, códigos civiles o reglamentos especí­ficos que intentan dejar constancia de un diálogo que persigue la supervivencia amable pueden llegar a ser un obstáculo para la misma si no son consecuencia de una realidad vivida en la experiencia común. Esa rea­lidad no es simple, sino compleja y no puede reducirse a conceptos u abstracciones que la suplanten: la reali­dad se crea cuando los seres y cosas diferentes forman comunidad o, en contra parte, cuando se enfrentan e intentan destruirse. Así como en un bosque de abe­tos nadie encontrará dos árboles exactamente igua­les tampoco, en una ciudad, encontrará a dos perso­nas que concuerden totalmente en sus apreciaciones acerca de la realidad en que viven. Ciudad de México es muestra de lo que intento afirmar: cuando se pierde la confianza en los vecinos –todos los habitantes de la ciudad son vecinos sea en mayor o menor distancia– y en las autoridades o buro­cracia encargada de cumplir con las consecuencias del diálogo común, entonces no hay ciudad ni realidad construida, sino guerra soterrada y caos en la convi­vencia. El funcionario público o policía que no cum­ple sus funciones debe ser considerado un criminal en el sentido de que sus acciones hieren cívicamente a alguien o propician su desgracia. He insistido en que el funcionario público de una ciudad corrompida en sus fundamentos –ausencia de equidad económica, de claridad y eficacia legal y de respeto por el otro– debe de ejercer la filantropía y poseer una inclinación a ayudar a los demás: debe ser leal a la familia ampliada. Un policía que obtiene por su trabajo un salario miserable no va a cumplir bien sus funciones porque resulta fácilmente objeto de la corrupción y de la intimidación criminal. Tiene, ade­más, que contar con una vocación auxiliar que com­plemente los escasos pesos que le dan a cambio de sufrir los embates de una ciudad caótica. El nuevo reglamento de tránsito del DF, por ejem­plo, es un buen intento de hacer norma lo que las dis­tintas voces civiles y su experiencia cotidiana recla­man. El reglamento es naturalmente perfectible pues­to que toda ciudad es una entidad en movimiento con­tinuo. Se me vienen a la mente dos omisiones impor­tantes: la primera es que apenas si se destinan unas cuantas líneas imprecisas a la defensa de los particu­lares frente a los actos y abusos de autoridad. Así comienzan las autodefensas y los desencuentros que terminan en humillación de uno a manos del otro. Otra omisión tiene que ver con la resistencia a conce­bir como contaminación y perturbación de la convi­vencia el ruido que producen los vehículos. El regla­mento de tránsito no dedica más que un par de líneas a este tenebroso asunto. (Las camionetas y sus bocinas añadidas continuarán torturando a los ciudadanos). La semana pasada Arnoldo Kraus y también Sara Sefchovich escribieron en al respecto de asuntos de la ciudad. Sus observaciones son agudas, denuncian hechos graves y además buscan señalar las raíces en la ausencia de diálogo cívico. ¿Quién los escucha? Es necesario formar consejos delegacionales integra­dos por personas expertas en distintas áreas –arqui­tectura, urbanismo, arte, salud, etcétera– capaces de sugerir alternativas a la hora de tomar decisio­nes que afectarán a todos. Por ejemplo: ¿Quién le ha entregado la ciudad a un par de escultores para que la conviertan en su taller cuando existen tan­tos buenos artistas radicados en la ciudad? Yo he transitado esta ciudad casi toda mi vida. Camino largas distancias a cualquier hora. Me han asalta­do y amenazado poniéndome un arma en la cabe­za. Algunas veces he tenido que pelear y otras más me he adelantado a las agresiones: me he vuelto un perro urbano que presiente el amago inminen­te. Conozco bien el territorio urbano. Los dilemas de convivencia y justicia en la ciudad se relacionan con el estado del país y sus institucio­nes, pero nada cambiará si no se consigue lo siguien­te: amplia inversión en un buen transporte público; policías y funcionarios leales a la ciudadanía; limita­ción en el uso del automóvil; conciencia de que la ciu­dad no está formada por las colonias más céntricas, sino que se concentra en un punto dentro de cualquier delegación; una tendencia de izquierda progresista anudada en principios generales de bienestar y jus­ticia en vez de facciones alrededor de caudillos; edu­cación civil en contra de individuos lastimados por el acoso del entretenimiento dañino y la publicidad ofensiva; extender la certeza de que el otro es siempre más importante que uno; regulación de la construc­ción de edificios sumada al aumento de espacios de recreación, y sobre todo: desarrollo social basado en una equidad económica. ¿Una utopía? Por supuesto, pero –como escribió L Kolakowski– si uno quiere que deje de serlo primero hay que plantearla. * Escritor