Miércoles 30 de Diciembre de 2015
LUIS DE LA CALLE AWinston Churchill le gustaba decir que Estados Unidos hace invaria­blemente lo correcto después de haber agotado todas las otras posi­bilidades. Este dicho es quizá la única espe­ranza con respecto a las elecciones primarias presidenciales que se avecinan. Hay tres factores que explican el éxito de candidatos como Donald Trump, Bernie San­ders y otros. El primero es la alta barrera de entrada para personas con un costo de opor­tunidad de participar. El segundo es la polari­zación del sistema político y, el tercero, resul­tado de la crisis económico financiera de los últimos ocho años. Basta ver unos minutos de los noticiarios de ese país durante todo 2015 para darse cuenta que no hay otro tema que no sean sus propias elecciones. Sólo la crisis siria de refugiados o los ataques en París y San Bernardino dieron cierta pausa a la ininterrumpida cobertura sobre las elecciones de noviembre de 2016, aunque esas pausas eran también tratadas en relación a su impacto en el proceso electoral que aún no empieza. La opinión pública de Estados Unidos habrá dedicado la abrumadora mayoría del espacio durante dos años para discutir sobre sus elecciones. En casi todas las otras demo­cracias el proceso de cambio de estafeta del jefe de gobierno no dura sino semanas o algu­nos meses. El tamaño y la geografía explican en parte las largas precampaña y campaña, pero no solamente. En los hechos, el proceso de ha convertido en una alta barrera de entra­da que desestimula la participación de quizá los potenciales mejores candidatos. La intensidad del proceso favorece a indi­viduos con un bajo costo de oportunidad de su tiempo. La gran mayoría de los candida­tos están, de hecho, desempleados: multimi­llonarios cuyos negocios no dependen de su presencia, senadores que ignoran las discusio­nes camerales y faltan a la mayoría de los votos, exmiembros del gabinete con alto reconocimien­to de nombre y gobernadores de estados con pilo­to automático. Las precampaña y campaña son también, por supuesto, una gran industria que poco tiene que ver con la democracia: de ellas viven miles o dece­nas de miles de consultores, periodistas, comen­taristas, encuestadores, canales de televisión y radio, grupos de interés y muchos más que se opondrían a un sistema más corto y menos caro. Además de las barreras de entrada contrarias a la competencia y que reducen el universo de candidatos para los electores, las primarias se han vuelto un proceso tan o más importante que las elecciones constitucionales, particularmen­te para candidatos al congreso. Para la mayoría, la primaria es la elección clave para ser electo al congreso ya que con el tiempo se han rediseñado los distritos electorales para que sean republica­nos o demócratas, lo que se conoce como gerry­mandering. El efecto ha sido perverso ya que las primarias concitan una menor participación ciu­dadana que favorece a los extremos de derecha e izquierda. Así, la polarización que vive Washington y los noticiarios de televisión de paga es producto del rediseño de los distritos electorales con el obje­tivo de fortalecer las posibilidades de los congre­sistas en funciones. A este coctel perverso hay que añadir el impac­to político de la crisis económica más importan­te en décadas. A cada crisis que destruye riqueza corresponde el equivalente del Fobaproa y a cada Fobaproa un AMLO. A TARP, el programa de res­cate de Estados Unidos, corresponden Trump y Sanders, al rescate europeo, SYRIZA en Grecia y Podemos en España. Es en este contexto que Trump tiene éxito: un sistema político que produce candidatos de poca monta, rivales sin peso para enfrentarlo; un ambiente polarizado que no favorece la deli­beración; un campo fértil para apelar al miedo y no al sentido de justicia u optimismo de los esta­dounidenses. Las primeras semanas de 2016 serán decisivas para saber si al final prevalece el sentido común y de responsabilidad de la mayoría. La apuesta de Trump es que éstos ya no son lo que eran antes. El proceso hasta ahora ha dejado mal parada a la comentocracia que se ha equivocado repetida­mente. Hay una posibilidad adicional: si las pri­marias no resultan en un candidato que acumule el número necesario de delegados para las con­venciones a finales de abril, no es imposible que entren en escena otros hoy no considerados: Mitt Romney del lado de los republicanos y, aunque con una probabilidad mucha más baja por la sóli­da posición de Hillary Clinton hasta ahora, John Kerry o Joe Biden de los demócratas. Twitter:@eledece