Miércoles 06 de Junio de 2018

 "El mejor argumento contra la democracia es cinco minutos de conversación con el votan­te medio." Winston Churchill

Estimado lector, la semana pasada deci­dí hablar sobre problemas sociales en el marco del proceso electoral en curso, y particularmente sobre uno de los más graves de nuestra época: la violencia de género.

Lo hice, consciente de la realidad que viven millo­nes de mujeres en este país y porque considero que es una de las tareas con mayores retos para buen funcionamiento de nuestra democracia. Sin embargo, este tema no es el único que man­tiene en una situación de sigilo a la ciudadanía en México, respecto a lo que pueden esperar de los gobiernos para cubrir sus expectativas en térmi­nos de las acciones y decisiones que toman.

Hay otros más, relacionados con la imperiosa insegu­ridad que existe en el país, y que ya ha cobrado más de 200 mil muertos en los últimos dos sexe­nios, otros tantos miles de desaparecidos cada año, casi 10 millones de mexicanos en situación de pobreza extrema, una imperiosa corrupción e impunidad en todos los órdenes de gobierno y de todas las formas posibles.

Los días pasados he procurado estar atenta a lo que está pasando por la mente de diversos círculos sociales (familiares, colegas, compañe­ros de trabajo, amigos, conocidos, representan­tes o simpatizantes de partidos políticos, líderes de opinión, empresarios, fieles religiosos) para entender mejor la lógica del comportamiento del electorado de este año, llegando a las siguientes reflexiones en relación con la elección del próxi­mo Presidente de México: Las encuestas son para la mayoría de quie­nes entrevisté un reflejo del malestar social, que corresponde con el estado de ánimo general en el país; de ahí que no extrañe que el candidato pun­tero (Andrés Manuel López Obrador sea el mayor beneficiado de ese voto de castigo en contra del PRI y el PAN, respectivamente. Los entrevistados consideraron que, a pesar de no estar plenamente convencidos con el vir­tual candidato ganador de la elección presiden­cial, según las encuestas de la campaña, es el único que puede capitalizar ese voto de odio, rechazo, hartazgo y desafección hacia la política porque no ha sido comprobado en su contra un caso de corrupción, equiparable a los de varios gobernadores, por ejemplo.

Un aspecto muy importante de resaltar es que la gran mayoría de las personas que he contac­tado no ha tomado todavía su decisión de voto; y eso significa que el porcentaje de indecisos se ha mantenido a largo de la campaña porque los candidatos de los partidos políticos del segundo y tercer lugar de las encuestas no logran conven­cerlos ni ser efectivamente competitivos.

El clima de violencia actual preocupa de forma significativa a quienes cuestioné, coincidiendo en un asunto no menor, que es el resultado de la jor­nada electoral y la reacción social si no ganara el candidato que hoy encabeza la preferencia electo­ral. Por lo que varias de las opiniones que encon­tré consideraron que la elección sea una forma de desahogar la ira de la ciudadanía un escaparte, pero de forma institucional y pacífica, de mantenerse la intención de voto que hasta hoy se tiene. En cuanto a las propuestas, si bien es cierto que la mayoría coincide que el tema de la corrupción es uno de los principales asuntos que debe cobrar la mayor atención del Presidente entrante, es la seguridad el aspecto que más preocupa a la opi­nión pública.

En diversos puntos del país la per­cepción general del ciudadano es que la violencia se ha incrementado, no se sienten seguras las per­sonas y tampoco califican positivamente la labor de sus alcaldes, gobernadores, y menos todavía, del Presidente de la nación (en caso de tener claro qué le corresponde hacer a cada nivel de gobier­no). En cambio, notan una impunidad generali­zada, una ausencia de gobierno en el combate a la delincuencia, y un desamparo frente al crimen y la falta de un Estado de Derecho.

En esas condiciones, sería una ingenuidad pensar una estrategia de campaña basada en la falta de conocimientos de las y los ciudadanos, subestimando su estado emocional y capacidad de ejercer su poder para restituir el orden polí­tico; el ciudadano no es tonto y está calculan­do sus próximas decisiones. Lo veremos en las urnas, y especialmente en el sistema de parti­dos, que por los próximos años no volverá a ser como lo hemos conocido en las últimas décadas. Los grandes perdedores, incluso ganando, serán los propios partidos.

 *Profesor de Tiempo Completo del Tecnológico de Monterrey @floresm_mx info@reconstruyendociudadania.org