El Fondo Monetario Internacional, ave de mal agüero, por José Teódulo Guzmán

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Invitado


25 Oct 2020

El FMI se ha pronunciado recientemente respecto al desastre económico que presumiblemente dejará la pandemia que está azotando a todas las naciones. Pronostica que habrá una disminución severa en la productividad de todos los países, un incremento considerable en las cargas de la deuda externa para la mayoría de las naciones y vulnerabilidades financieras más agudas en muchas regiones del planeta. Las consecuencias previsibles de este desastre se traducirán en un incremento notable de la pobreza y de la desigualdad económica y social.

Indudablemente el FMI hace estos señalamientos con bastante conocimiento de causa. Sin embargo, no dice o no ha dicho todavía qué medidas tendrían que tomar los gobiernos nacionales para enfrentar del mejor modo posible todas estas calamidades.

El Papa Francisco, en su reciente encíclica Fratelli Tutti, advierte que la globalización y el progreso económico sin un proyecto común que una a todas las naciones traerá como consecuencia un progreso económico y tecnológico sin rumbo. Esta situación puede provocar nuevos conflictos locales y regionales que podrían devenir en guerras regionales, nuevos desplazamientos forzados de personas vulnerables, y mayor pobreza, muerte y desolación. Dígalo si no el reciente conflicto entre Armenia y Azerbaiyán.

Hay que pensar y gestar un mundo abierto, enfatiza la citada encíclica, cuando propone cómo podríamos recuperar el sentido profundo de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Y advierte que las personas que habitamos este planeta no somos socios de una empresa transnacional, sino hermanos y hermanas de una comunidad universal. Y por ello convoca a todos los hombres y mujeres del mundo a ir más allá de los propios límites geográficos, étnicos, culturales y sociales para hacer patente y eficaz el amor universal.

Por otra parte, llama positivamente la atención el modo como el Papa Francisco resalta los grandes principios de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, en particular, la función social de la propiedad y el destino común de los bienes de la tierra. Desde mucho tiempo atrás, los Padres de la Iglesia ya habían dicho que los recursos naturales del planeta no son para satisfacer la avaricia de unos cuantos, como sucede actualmente, sino para el sostenimiento de la vida digna de todos los habitantes del mundo. En consecuencia, el acaparamiento no solo de los recursos naturales sino también de la ciencia y tecnología para su uso y transformación, atenta contra la solidaridad y la distribución equitativa de la riqueza.

La pobreza y la desigualdad social no disminuirán con ningún tipo de asistencialismo económico. Es necesario que los gobernantes junto con la sociedad civil promuevan políticas de distribución de bienes educativos, tecnológicos y económicos que incidan realmente en la capacitación de las personas y en la apropiación de ciencia y tecnología de los grupos sociales para que logren su propio desarrollo. En este sentido, tanto los populismos como los liberalismos de toda marca son contrarios a esta perspectiva y propuesta del Papa Francisco.

Asimismo, nos advierte que la política no debe someterse a la economía, y ésta tampoco debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. Por ello es necesario rehabilitar la política para buscar y realizar el bien común.

Esperamos que nuestros gobernantes escuchen este llamamiento de un hombre que no busca ningún prestigio mundano sino únicamente invitarnos a transformar nuestras relaciones políticas y sociales en un diálogo de amistad social.

 

 

El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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