Detalles que importan

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Como pocas veces en el año, América Latina es testigo de dos acontecimientos que devuelven la esperanza de mejores prácticas en la esfera política. El primero de ellos fue el histórico resultado en Chile por promulgar una nueva constitución. Lo anterior, representa un paso más para terminar con las herencias de la dictadura pinochetista. El segundo acontecimiento fue la derrota de Donald Trump con una elección sin precedentes en los Estados Unidos.

Las dictaduras en América Latina han sido una constante desde el fin de los movimientos independentistas. El triunfo de los sistemas caudillistas y la poca confianza en el orden constitucional hicieron que muchas de las sociedades en América Latina tuvieran una mayor estabilidad política y social a partir de la instauración de ejércitos nacionales. Para muchos los ejércitos de línea fueron la solución a problemas como el bandolerismo en los caminos o las eternas luchas de poder que se vivieron en las recién nacidas repúblicas.

Esta devoción por autoridad que tiene América Latina llevó a que en la década de los setenta hasta finales de los ochenta muchos países se enfrascaran en procesos dictatoriales impulsados principalmente por Estados Unidos. Chile no fue una excepción a la regla y Pinochet llega al poder tras un Golpe de Estado que saca del poder a Salvador Allende. La serie de reformas estructurales emanadas de la dictadura han llevado a Chile al descontento social dado que su constitución (altamente centralista) no se adapta a las necesidades de una sociedad chilena mucho más informada y más adaptada a una nueva realidad internacional.

Si bien, la decisión de una nueva constitución en Chile es relevante para un escenario internacional tan convulsionado, también es cierto que las razones por las cuales algunos sectores chilenos votaron por el “sí” distan mucho de un convencimiento pleno por una nueva constitución o por la necesidad de insertarse en un nuevo esquema político. Las consecuencias de lo anterior son peligrosas y pueden desembocar en válvulas de escape violentas.

Por otra parte, el virtual triunfo de Joe Biden en Estados Unidos devolvió la tranquilidad a muchos sectores sociales de América Latina, lo cierto es que Washington tiene ya predeterminadas muchas directrices que hacen casi imperceptible la diferencia entre demócratas y republicanos. La buena noticia, particularmente para nuestro país y por la cual deberíamos tomar con seriedad el tema de reconocer al gobierno electo, es la oportunidad que se nos presenta de volver a entablar relaciones desde la corrección política.

Urge para nuestro país reconocer la diferencia entre protocolo e interés político. Mientras que Trump se convierte en el primer presidente en perder una reelección después de 28 años, nuestro país ve con desconfianza un sistema electoral haciendo una pueril comparación con lo ocurrido en México en años pasados. Ciertamente la sólo idea de un fraude electoral no es siquiera bien recibida en el pueblo estadounidense que incluso acusan a Trump de no tener fundamento para dudar de los comicios. Reconocer a Biden como presidente electo hubiera dado la oportunidad a nuestro país de iniciar con el pie derecho con la nueva administración. Al mismo tiempo hubiera mejorado la imagen que se tiene de nuestro país desde aquella vergonzosa visita de Trump siendo candidato durante la administración de Enrique Peña Nieto.

Reconocer los pequeños detalles en las situaciones que hoy por hoy dan un respiro a la región de América Latina es un buen comienzo para analizar el desenlace de un año que para muchos países es mejor dejar en el olvido. 


Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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