En pandemia, Posadas Navideñas

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Qué bonitas las posadas, donde después de rogar: Ora pro nobis y kyrie eleison, pasábamos a romper la piñata. Por cierto, ¿Usted, a cuántas, asistirá este 2020?

 

Es probable que, debido al famoso Covid-19, muchos no disfrutarán de ninguna (Usted tampoco). Sin embargo, eso no evitará que tengamos en la memoria la cancioncilla:

 

…No quiero oro ni quiero plata,

yo lo que quiero es romper la piñata…

 

 

En México, las posadas son una tradición, vinculada al teatro evangelizador de Fray Pedro de Gante. Posteriormente, gracias a las denominadas misas de aguinaldo, en las que se realizaba una representación de la Virgen María y de San José en su peregrinar de Nazaret a Belén, que finalizaba con la misa de Navidad —en la que se rememoraba el nacimiento del Niño Dios.

 

Durante el siglo XVIII, en muchos casos, estas escenificaciones dejaron de efectuarse en las iglesias y pasaron a formar parte de las festividades navideñas, tanto en los barrios como en las viviendas de todo el país.

 

Fue en el siglo XX que el evento se acotó a 9 posadas, aludiendo a los 9 meses de embarazo de la Inmaculada Virgen María. Las que, hasta la fecha, inician el 16 de diciembre y concluyen el 24 del mismo mes.

 

Las procesiones formadas por familiares, amigos y vecinos eran encabezadas por las figuras de la Virgen y de San José, elaboradas en cerámicas o cualquier otro material, y en la última, se añadía la que encarnaba al Salvador.

 

Con algunas variantes, las posadas se continúan efectuando, y forman parte del patrimonio intangible de México.

 

Posiblemente, el cambio más notorio y trascedente, en las últimas décadas, sea la supresión de las oraciones que incluían el uso de frases en latín, como: Ora pro nobis (ruega por nosotros); o en griego: Kyrie eleison (Señor, ten piedad).

 

¿Por qué son importantes las posadas?

Porque implican el llamado a la reflexión sobre las trampas que la vida le pone al hombre. Es decir, se trata de la tentación; o sea, portarse mal.

 

La primera tentación es expuesta por el poeta San Juan de la Cruz, en la número 13, de sus Letrillas:

 

 

 

Del Verbo divino

la Virgen preñada

viene de camino:

¡si le dais posada!

 

 

Es evidente, el milagro de la Natividad, no se dará sin la voluntad caritativa del individuo; pues éste deberá externar de manera indiscutible que desea dar cobijo y hogar en su casa, que es su propia alma, a la Virgen María para que ahí nazca el Niño Dios.

 

Puede Usted, querido lector, creer o no creer; pero la intención es tan noble que la alegría cunde entre la gente.

 

Hay un sentido natural en todo esto, ¿estaría Usted dispuesto a negarle protección a un bebé recién nacido?

 

El inolvidable Carlos Pellicer, en su poema número 4, de “Cosillas para el Nacimiento”, escribe:

 

 

 

Esta noche el campo

lleno de estrellas

vengo a encenderme.

 

¡Qué más riqueza quiero

que ver el cielo¡

 

Mira, amigo, la noche que silenciosamente

va despertando

cosa

por

cosa.

 

Y todas hablan en sueños

lejos del tiempo.

 

¡Ay, las cosas del alma

que son tan mías

y parécenme ajenas¡....

 

Dame, Señor que naces,

tus alegrías.

Danos la paz

que da el acatamiento

de Tu voluntad.

 

¡Qué más riquezas quiero

que ver el cielo¡

 

¡Abatir la soberbia y la envidia

y tanta vanidad ¡...

Hay una sola alegría

y esta en Tu verdad.

Una verdad tan poderosa

que está llena de humildad.

 

Señor, en esta noche

de estrellas en el campo,

oye estos sones

que yo te canto.

 

Yo muero cada año;

Tú siempre naces.

Mi guerra es contra Ti:

hagamos paces.

 

¡Ay qué noche! Parece

que ya es de día.

Y es que nos está mirando

la Virgen María.

 

 

El poeta tabasqueño expresa que, hay otras tentaciones que vencer: la soberbia, la envidia y la vanidad; así como la desobediencia a Dios, que no es otra cosa que “portarse mal”.

 

Igualmente, sostiene que, con la llegada del Niño Dios, él mismo tiene la ocasión de redimirse y renacer cada año. El premio final es el cielo.

 

Ahora bien, no existe posada sin piñata. La más tradicional se elabora con una olla de barro, se llena con golosinas, frutas y juguetes, y se adornada con papeles multicolores, semejando una estrella de siete picos, que simbolizan los siete pecados capitales.

 

Los niños, con los ojos vendados, golpean con un palo a la seductora figura que pende de una cuerda, balanceándose de modo que sea casi imposible atinarle.

Todos los pequeños y grandes pasan a pegarle hasta lograr su destrucción; lo que supone, aniquilar al mal.

Su contenido cae al suelo y los asistentes se lanzan sobre de ellos para recolectarlos; pues el bien suele ser una maravillosa recompensa.

 

Juan Ramón Jiménez, poeta español, autor de “Platero y yo”, en su poema “Jesús, el dulce, viene…”, declara:

 

 

 

Jesús, el dulce, viene…

Las noches huelen a romero…

¡Oh, qué pureza tiene

la luna en el sendero!

 

 

Palacios, catedrales,

tienden la luz de sus cristales

insomnes en la sombra dura y fría…

Mas la celeste melodía

suena fuera…

Celeste primavera

que la nieve, al pasar, blanda, deshace,

y deja atrás eterna calma…

 

 

¡Señor del cielo, nace

esta vez en mi alma!

 

 

Es evidente, al triunfar la bondad, la Tierra se ilumina, la nieve se ablanda y reinan, en el corazón humano, la paz y la calma.

 

Los dos últimos versos, hacen clara referencia a la oportunidad que tiene cada hombre de resurgir con la Natividad.

 

Es por eso que, en nuestras cabezas resuena:

 

 

…No quiero oro ni quiero plata,

yo lo que quiero es romper la piñata…

 

 

Dicho de otro modo, las banalidades no nos distraen; por lo menos, no en Navidad; ya que, en estas fechas, se busca alcanzar la paz, aunque sea por un solo día. Tal vez por eso, su conmemoración se ha extendido por todo el mundo, aún en los lugares no cristianos.

 

Sigamos rompiendo piñatas y celebrando las posadas.

 

 

 

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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