Lunes 23 de Febrero de 2026 |
En los últimos cinco años —sostiene el informe global “Contra el imperio de los más ricos. Defendiendo la democracia frente al poder de los multimillonarios”, publicado por Oxfam el 19 de enero— el empresario Carlos Slim Helú “ganó en un segundo lo que a una persona en promedio en México le toma una semana completa de trabajo”. Slim ya era millonario hace años; sin embargo, esa fortuna se incrementó de forma acelerada bajo los gobiernos de la 4T, quienes se apellidaron como el gobierno “de los pobres”. “La riqueza de Slim —señaló Oxfam— es el resultado de un sistema mexicano que actúa como cómplice de la desigualdad, una dinámica que se replica en toda América Latina”, dice una nota de Proceso. Para Oxfam, “en Latinoamérica, los sistemas fiscales se han convertido en cómplices de esta desigualdad. En una de las regiones del mundo con la mayor polarización entre la riqueza en manos del 1% más rico y el 50% más pobre, las estructuras tributarias son incapaces de frenar esta acumulación extrema”: el 50% más pobre de los latinoamericanos destina el 45% de sus ingresos al pago de impuestos (hecho que demuestra que la campaña mediática que sostiene que “los pobres no pagan impuestos” es falsa y una mentira), mientras que el 1% más rico aporta menos del 20% (es decir, paga un porcentaje significativamente menor al de los pobres). Más líneas de Oxfam: “Se ha consolidado una élite cuya prosperidad avanza al margen y a costa del resto de la sociedad. La concentración de la riqueza no ha dejado de acelerarse. Desde el año 2000, la riqueza conjunta de este reducido grupo de milmillonarios creció un 443%; solo en el último año, aumentó en un asombroso 39%”. Pero no es todo. También informa que, hasta noviembre de 2025, en México existían 22 multimillonarios con una riqueza estimada en 219,000 millones de dólares en conjunto. Los ultrarricos, dice el reporte, “presionan al gobierno, compran medios y adquieren medios jurídicos para gozar de impunidad”. Pero no es que solo los presionen, como lo sabemos, sino que forman parte de las decisiones más trascendentales de la política, porque de ahí se desprenden dividendos que reditúan en las ganancias de las empresas más poderosas. En el año 2018, por ejemplo, la presidencia de Andrés Manuel López Obrador creó el Consejo Asesor Empresarial, en el que se incluyó a los hombres más ricos del país, como Ricardo Salinas Pliego, Carlos Slim y Alfonso Romo, todos ellos con beneficios derivados de la entrega de las Tarjetas del Bienestar y de las obras faraónicas que hizo López Obrador.
Lo mismo sucedió con la presidenta Claudia Sheinbaum, cuando nombró a Altagracia Gómez Sierra, directora de la empresa Minsa, como coordinadora del Consejo Empresarial del gobierno de México. Gómez Sierra, desde el inicio del periodo de la presidencia actual, manifestó: “a los empresarios no nos toca ser oposición”. En efecto, cuando el gobierno te tiende la mano, no hay por qué ser oposición. Lo mismo hicieron Enrique Peña Nieto, Felipe Calderón, Vicente Fox y sus antecesores. La 4T solo perfeccionó la fórmula. Hace unos días leí dos notas de El Imparcial, uno de cuyos analistas calculó en cuántos años de trabajo un empleado mexicano con el salario mínimo lograría tener la fortuna de los hombres más ricos del mundo y de México. Son, desde luego, ejercicios teóricos, pero que nos dan una idea de cómo la pobreza de unos durará, en los sistemas de explotación, miles de años y cómo la riqueza de otros es, sencillamente, inalcanzable bajo un trabajo diario honrado, honesto y ejemplar. La fortuna del empresario más rico del mundo, Elon Musk (dueño de Tesla, X, SpaceX y otras compañías, y amigo del presidente de EE. UU., Donald Trump), ha sido estimada en 852 mil millones de dólares. El salario mínimo en México para este 2026 es de 315 pesos diarios, lo que implica 114,990 pesos al año o 6,764 dólares al año. Si dividimos la fortuna de Musk entre el salario anual mínimo, el resultado indica que el trabajador tardaría 125 millones de años en tener la misma cantidad que Musk. ¡Colérico! La fortuna de Carlos Slim ronda los 82,500 millones de dólares o 1.4 billones de pesos. Haciendo las mismas cuentas que en el ejemplo anterior, “un trabajador mexicano con salario mínimo necesitaría más de 12 millones de años de ingreso continuo, sin gastar un solo peso, para alcanzar un patrimonio equivalente”. Imagínese usted: 12 millones de años de trabajo. Es una verdadera locura, provocada por el ansia de ganancia del capital. ¡Vaya locura! Veamos otro ejemplo. Gloria García-Parra, directora regional de Oxfam en América Latina y el Caribe, afirmó que la riqueza de los milmillonarios crece en promedio más de 491,000 dólares al día y que un trabajador con un salario mínimo necesitaría 102 años de trabajo para alcanzar esa misma cifra. Es decir, no le alcanzaría una vida de trabajo diario. Quizá dos, sí, pero sin gastar un solo peso en su alimentación, la de su familia, el vestido, la salud, la educación y la recreación de sus hijos. El sistema capitalista, pues, logra que ese tipo de desigualdades no se frenen, sino que se incrementen entre dos clases: la clase oprimida, que es la de quienes solo tienen su fuerza de trabajo para ir a venderla todos los días, y la clase burguesa, que es la de quienes poseen medios de producción con los cuales se apropian de la plusvalía de la clase oprimida. Para 2016, Oxfam afirmaba que el 1% más rico del planeta ya tenía tanto dinero como el 99% restante de la población. Un año más tarde, afirmó que ¡8 personas tienen la misma cantidad de dinero que la mitad más pobre del mundo, es decir, unos 4 mil millones de personas! Es un completo desastre, porque, además, los pobres del mundo vamos empeorando en pobreza y aumentando en cantidad. El problema es el sistema capitalista de producción de mercancías, que bajo su modelo de contratación de mano de obra —para usarla en sus medios de producción— se apropia del valor de la fuerza de trabajo y del plusvalor que genera cada uno de los trabajadores durante la jornada laboral. Es un problema en México, en América Latina y en el mundo entero. Y para acabar con esta explotación de la fuerza de trabajo, a los hombres progresistas solo les queda una salida: organizarse, educarse políticamente y luchar para tomar el poder en todos los países y establecer una sociedad que elimine la propiedad privada de los medios de producción y la apropiación de la plusvalía de los trabajadores. Solo así acabaremos con el trabajo explotador y con la pobreza que no nos deja vivir como seres humanos. |