Lunes 09 de Marzo de 2026

¿Qué es una mujer? Esta es una pregunta en la que he meditado varias veces cuando en mis clases de fisiología humana debo hacer énfasis a mis estudiantes en que la ciencia moderna occidental basa sus datos “normales” en un “paciente ideal”. Paciente que debe ser un hombre, de entre 25-35 años, con un índice de masa corporal “normal” para un peso de 70 kg y 170 cm de estatura, sin patologías y caucásico. Por supuesto, esa persona no existe en mi salón de clases, y de las “mujeres” mexicanas, evidentemente se sabe menos.

Y aun así, un libro de biología nos dirá que una mujer es: “el ser humano adulto del sexo femenino, que entre otros rasgos, produce óvulos y potencialmente puede gestar vida” (nótese que se hace énfasis en la gestación). Adicionalmente, podemos notar que hasta hace poco ya no se utilizan en las definiciones los cromosomas XX o XY, porque sabemos que existen intersexualidades, variaciones cromosómicas (XXY, XO, etc.) y diferencias en el desarrollo sexual; finalmente, estamos reconociendo que los cuerpos humanos son más complejos que el modelo simplificado que suele aparecer en el discurso público.

Sin embargo, aunque la biología genera un sistema de clasificación aparentemente objetivo para distinguir entre macho y hembra en la especie humana, solo se limita a describir cuerpos, pero no nos explica por qué las sociedades han convertido esos cuerpos en jerarquías. Porque una cosa es la diferencia biológica y otra muy distinta es la dominación.

Afortunadamente, la arqueología moderna empieza a desmontar uno de los mitos favoritos de nuestra cultura: el hombre cazador y la mujer pasiva. Cada vez aparecen más evidencias de que en las sociedades cazadoras-recolectoras las mujeres participaban en la caza mayor, en la recolección estratégica y en la toma de decisiones dentro del grupo. Aunque no se puede afirmar que eran paraísos igualitarios (porque la historia humana nunca lo ha sido), sí se sabe que esas sociedades no estaban organizadas alrededor de un sistema que colocara a los hombres por encima de las mujeres como ley natural, porque durante decenas de miles de años la supervivencia dependía de la cooperación.

Entonces, ¿qué ocurrió? De acuerdo con diversos autores, todo indica que el gran cambio aparece con la revolución agrícola, pues cuando los seres humanos empiezan a cultivar la tierra, aparece algo nuevo en la historia: la acumulación. Es cuando la tierra se convierte en propiedad (privada, por supuesto), los recursos se pueden almacenar y la riqueza se puede heredar, y aparece una nueva pregunta: ¿de quién son los hijos?

Todo parece indicar que en ese momento controlar el cuerpo de las mujeres deja de ser una cuestión cultural para convertirse en una cuestión económica y política. Es decir, la reproducción se vuelve un asunto de poder.

No es casualidad que, en ese mismo periodo histórico, surjan los primeros Estados, las primeras grandes jerarquías sociales… y también las religiones organizadas.

A pesar de que existe evidencia arqueológica de que las religiones antiguas del mundo, en todas las latitudes, estaban llenas de diosas vinculadas a la fertilidad, a la tierra y a la vida, en el momento en que las sociedades se vuelven más jerárquicas, también es cuando algo cambia en el cielo y el dios todopoderoso empieza a ser masculino.

No porque Dios tenga sexo, porque cualquier dios es una construcción humana, sino porque el poder masculino necesitaba legitimarse. Era más sencillo que sacerdotes y gobernantes fueran más “semejantes” a la divinidad para justificar que las jerarquías se presentaran como voluntad divina y no como una decisión humana de quien antes era tu igual. Y así, poco a poco, el patriarcado se volvió invisible, no porque no exista, sino porque se volvió “natural”.

Y aquí estamos, siglos después, cuando el feminismo empieza a cuestionar ese sistema, y aparece también una frase reaccionaria muy conocida: “Las feministas odian a los hombres.”

Es un argumento curioso. Porque si usted, querido lector o lectora, observa el mundo con honestidad, podría descubrir algo incómodo (lo que nos encanta en esta columna 😉): el patriarcado tampoco ha sido particularmente amable con los hombres.

A los hombres se les ha enseñado que su valor depende de su capacidad para resistir dolor, dominar a otros y no mostrar vulnerabilidad. A lo largo de la historia, millones de hombres han sido enviados a morir en guerras decididas por otros hombres con, por supuesto, más poder. Han trabajado en minas que destruyen sus pulmones, en fábricas que mutilan sus cuerpos, en trabajos diseñados para extraer riqueza a cualquier precio. No para ellos, para OTROS HOMBRES.

Cuando algunos hombres dicen: “nosotros hacemos los trabajos más duros”, creen que están desmontando el feminismo, pero lo que no han notado es que en realidad están describiendo el patriarcado.

Es por eso que el feminismo no propone que las mujeres entren en las minas para demostrar igualdad; todo lo contrario, las feministas cuestionamos algo mucho más radical: ¿Por qué aceptamos que alguien tenga que destruir su cuerpo en una mina? ¿Por qué aceptamos que generaciones enteras de hombres sean enviadas a morir en guerras? ¿Por qué el valor masculino sigue midiendo su capacidad de sacrificio?

El patriarcado no solo controla cuerpos femeninos, amigos, dense cuenta, también convierte los cuerpos masculinos en herramientas desechables de producción y guerra. Y en su cúspide nos presenta a Donald Trump y a sus amigos tratando de ocultar sus delitos sexuales con menores de edad enviando a otros hombres a morir en una guerra sin sentido.

Y sin embargo, cada año, cuando llega el 8 de marzo, aparece la misma pregunta:
¿Por qué siguen marchando si ya tienen hasta más “leyes” que les dan ventajas?

Considero que esta pregunta es el síntoma de que el patriarcado, como sistema, ha hecho muy bien su trabajo, porque tiene una capacidad extraordinaria para desaparecer del lenguaje mientras sigue presente en la realidad. No podemos obviar que cuando una desigualdad dura siglos, empieza a parecer normal; que cuando una violencia se vuelve cotidiana, deja de percibirse como violencia; y que cuando una estructura de poder se convierte en tradición, empieza a parecer cultura.

El 8 de marzo no existe porque nada haya cambiado. Existe porque sabemos que lo conquistado puede desaparecer si dejamos de nombrarlo; existe porque las mujeres siguen siendo asesinadas por sus parejas, porque el trabajo de cuidados sigue sosteniendo el mundo sin reconocimiento económico y porque millones de niñas siguen creciendo en sociedades que les dicen quiénes deben ser antes incluso de descubrir quiénes son.

Nombrar estas realidades no es odiar a los hombres. Es cuestionar un sistema que ha enseñado a las mujeres a obedecer y a los hombres a sacrificarse. Es nombrar a un sistema colonial, extractivo y profundamente violento que organiza el mundo como si la dominación fuera inevitable.

El feminismo no está encabezando una guerra contra los hombres, está generando un debate mucho más justo al preguntar: ¿y si pudiéramos organizar el mundo de otra manera?

Un mundo donde ningún cuerpo, ni femenino ni masculino, tenga que ser controlado, explotado o destruido para sostener el poder de otros. Un mundo donde el valor de una persona no se mida por su capacidad de obedecer… ni por su capacidad de morir.

Finalmente, dejemos otra pregunta incómoda: ¿Qué otras cosas hemos aceptado como naturales simplemente porque llevamos demasiado tiempo viéndolas? Nos leemos en la próxima entrega.