Viernes 13 de Marzo de 2026 |
En política, como en el fútbol, a veces se gana y a veces se pierde. Y esta semana, en apariencia, a la Claudia Sheinbaum y a Morena les tocó perder. Aunque, claro, ese sería el análisis más simple… y probablemente el menos interesante. El pasado miércoles 11 de marzo, la Cámara de Diputados de la LXVI Legislatura votó la reforma electoral enviada desde la Presidencia de la República. El resultado estaba prácticamente cantado. Tan claro era el desenlace que los grupos parlamentarios decidieron no extender el debate: en lugar de múltiples rondas de oradores, acordaron ceder minutos ilimitados a los seis coordinadores parlamentarios para fijar postura desde tribuna. Desde el 1 de septiembre de 2024, la coalición conformada por Morena, Partido del Trabajo y Partido Verde Ecologista de México controla una mayoría holgada en San Lázaro: 364 legisladores en total. En teoría, números suficientes para modificar la Constitución, pues una reforma constitucional requiere mayoría calificada, es decir, al menos 334 votos. Pero esta vez la historia fue distinta. Los aliados de Morena no acompañaron la iniciativa y la votación final quedó en 259 votos a favor, 239 en contra y una abstención. Resultado: la reforma fue desechada. Y aquí es donde conviene detenernos un momento. Durante casi dos años legislativos, la dinámica parlamentaria ha sido bastante predecible: reformas enviadas desde Palacio Nacional que, gracias a la mayoría calificada, terminan aprobándose tarde o temprano. El debate parlamentario existe, sí, pero muchas veces funciona más como una formalidad que como un verdadero espacio de persuasión. Cuando los números están tan claros, el resultado también lo está. Por eso esta votación resulta interesante, no tanto por el contenido de la reforma, sino por lo que revela en términos de narrativa política. Permítame explicarlo con una analogía. Contar una buena historia requiere al menos dos elementos básicos: un protagonista y un antagonista. El héroe y el villano. La tensión narrativa surge precisamente de ese conflicto. En política ocurre algo parecido. El oficialismo suele ocupar el papel del protagonista; la oposición, el del antagonista. Pero hay un problema cuando el antagonista es demasiado débil. La oposición política en México atraviesa un momento complicado: fragmentada, con escasa articulación y con pocas posibilidades reales de frenar las decisiones legislativas del bloque mayoritario. Todos lo saben, incluidos los propios actores políticos. Y cuando el villano no representa un desafío creíble, la historia pierde interés. Pensemos en Superman. Es un personaje prácticamente invencible: vuela, tiene superfuerza, rayos láser y es casi indestructible. El verdadero interés de sus historias no está en que se vuelva más fuerte —ya lo es—, sino en qué tan poderoso es el villano que lo enfrenta. En política ocurre algo similar: una mayoría absoluta corre el riesgo de volverse narrativamente aburrida. Ahí es donde entran los giros de trama. En storytelling existe un recurso clásico: la traición inesperada. El aliado que, de pronto, se convierte en antagonista. El momento en el que la historia parece cambiar de rumbo. Eso fue exactamente lo que vimos esta semana. Los partidos aliados decidieron no acompañar la reforma electoral. De inmediato aparecieron las acusaciones de “traición”, los reproches y, por supuesto, el inevitable linchamiento mediático. Pero conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿Fue realmente una ruptura… o parte de una narrativa previamente calculada? Porque resulta difícil creer que partidos que han acompañado prácticamente todas las reformas del bloque oficialista decidan, de pronto y sin mayor contexto, desmarcarse en un tema particularmente sensible. El costo político de esa “traición” durará, probablemente, lo que duran muchas polémicas en la conversación pública: unos cuantos días. De hecho, los propios actores políticos ya se han apresurado a aclarar que la coalición no está en riesgo y que seguirán caminando juntos rumbo a las elecciones de 2027. Entonces, ¿qué ocurrió realmente? Desde la lógica narrativa, lo sucedido cumple varias funciones al mismo tiempo. Por un lado, Morena puede reforzar un discurso muy atractivo para cierto sector del electorado: el de intentar reformar un sistema que, según su narrativa, protege privilegios de los partidos políticos. Por el otro, Partido Acción Nacional, Partido Revolucionario Institucional y Movimiento Ciudadano pueden decir que, al menos por una ocasión, lograron frenar una reforma del oficialismo. Todos obtienen algo. Morena pierde la votación, pero gana un nuevo capítulo narrativo. La oposición pierde interés público, pero gana una pequeña victoria simbólica. Y los aliados del oficialismo interpretan, por un momento, el papel del antagonista. En términos de storytelling político, es un giro de trama bastante funcional. Por eso conviene recordar algo que suele olvidarse en el debate público: la política no solo se trata de votos, reformas o mayorías legislativas. También se trata de historias. Historias que explican quién es el héroe, quién es el villano y quién tiene la razón. Y en esa batalla narrativa, tan importante como ganar las votaciones es controlar el relato. Porque, como ya hemos visto más de una vez, en política perder una votación no siempre significa perder la historia. Y las historias —bien contadas— también ganan elecciones. |