Viernes 20 de Marzo de 2026 |
En sus marcas, listos… fuera. A poco más de un año del arranque formal del proceso electoral de 2027, los partidos y sus personajes comienzan a acomodarse en la línea de salida. Lo que está en juego no es menor: mantener —o disputar— el control político rumbo a 2030. Las elecciones intermedias suelen funcionar como un termómetro del gobierno en turno. Son el momento ideal para ajustar estrategias, corregir errores y medir el ánimo social antes de “la grande”. En 2021 ocurrió algo interesante. Los efectos de la pandemia por COVID-19 desgastaron la aprobación del gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador y abrieron una pequeña ventana de oportunidad para la oposición. Recuperaron terreno en la Cámara de Diputados y en algunas ciudades clave. El caso más emblemático fue la Ciudad de México, que quedó políticamente dividida. Pero esa ventana no se convirtió en puerta. Hoy el escenario es distinto y, en muchos sentidos, más complejo. Las elecciones intermedias suelen registrar menor participación —alrededor de un 10% menos que las presidenciales— y eso introduce un factor determinante: el abstencionismo. En 2027, además, estarán en juego 17 gubernaturas, lo que vuelve la contienda aún más estratégica. En teoría, tanto oficialismo como oposición deberían estar preparándose con lo mejor que tienen. En la práctica, eso está lejos de ser cierto. Porque si algo caracteriza hoy al sistema político mexicano es la ausencia de una oposición que realmente se comporte como alternativa. Hace tiempo leí a Jesús Silva-Herzog Márquez, quien explica con claridad incómoda cómo muchas de las victorias del lopezobradorismo no se entienden sin analizar a sus adversarios. No solo perdieron: contribuyeron a perder. Subestimaron al adversario, ignoraron el malestar social y fueron incapaces de conectar con un electorado que llevaba años buscando algo distinto. La victoria de 2018 no fue un accidente; fue el resultado de múltiples factores… entre ellos, una oposición profundamente desconectada. Y, en lugar de aprender, repitieron errores. Durante años se les acusó de ser lo mismo: “el PRIAN”. ¿Y cuál fue su respuesta? Confirmarlo en los hechos mediante una coalición electoral. Validaron la narrativa de su adversario, se mostraron incoherentes y, peor aún, previsibles. Hoy estamos viendo una versión actualizada del mismo problema. El votante promedio no analiza la política como un tratado académico. Decide de manera mucho más simple: compara, distingue, elige. Su lógica es, en gran medida, dicotómica. Es esto o aquello. Es continuidad o cambio. Pero cuando no hay diferencia clara, no hay decisión real. Y ese es precisamente el problema: la oposición no logra diferenciarse. Los actores cambian de partido con una facilidad que roza lo absurdo. Ayer estaban en el PRI, hoy en Morena, mañana quién sabe. Las siglas se multiplican, los colores cambian, pero las caras —y muchas veces las prácticas— permanecen. En ese contexto, hablar de “alternativa” resulta, por decir lo menos, optimista. Muchos se preguntan cómo figuras como Donald Trump o Javier Milei lograron capitalizar el descontento social, incluso con los riesgos que implicaban sus perfiles. Más allá de juicios de valor, hay un elemento claro: supieron diferenciarse. Construyeron una narrativa de ruptura frente a lo existente. En México, en cambio, la oposición parece empeñada en no incomodar a nadie… y en no representar a nadie. No se asume ideológicamente, no define con claridad qué propone y, en consecuencia, no logra generar identidad con el electorado. Se dice de centro, pero —como alguna vez me dijo un profesor— en ideología el centro suele parecerse mucho a una dona: tiene forma, pero está vacío. Y ahí está el verdadero problema. Si usted, estimado lector, no se siente representado por ninguna opción política, no está solo. De hecho, probablemente forma parte de la mayoría. Esa mayoría que no está completamente satisfecha, pero que tampoco encuentra una alternativa convincente. En ese escenario, el resultado es casi inevitable: más vale malo por conocido que bueno por conocer… sobre todo cuando lo “bueno” ni Por eso conviene decirlo con claridad: el oficialismo gana elecciones, sí. Pero muchas veces no gana solo. Gana también porque del otro lado no hay quien compita en serio. Recuerde que en política no todo es lo que parece. A veces las derrotas no se explican por la fuerza del adversario, sino por la debilidad propia. Y en muchos casos, la competencia no es por ganar, sino por sobrevivir, negociar o simplemente seguir existiendo. La pregunta es hasta cuándo la oposición seguirá jugando ese papel.
Porque en política, como en la vida, los cómplices también son responsables. |