22 de Marzo de 2026 |
El 21 de marzo no sólo marca el inicio de la primavera, también es el Día Mundial de la Poesía. Creo que no es casualidad, ya que la primavera nombra lo que brota y la poesía nombra lo que no siempre se ve. Y, sin embargo, hay algo que rara vez nos enseñan, y es que también existen formas de conocimiento que florecen fuera de la “ciencia”. Nos enseñaron que la ciencia es objetiva, es precisa, es medible, que es neutral. Nos enseñaron que el conocimiento verdadero es aquel que puede comprobarse, repetirse y cuantificarse; y que todo lo demás es subjetivo, menor, prescindible. Pero nadie nos explicó qué pasa con todo aquello que no cabe en una tabla, que no se deja medir en miligramos o que no responde a un protocolo experimental. Nadie nos explicó qué hacer con el dolor que no aparece en los estudios clínicos, o con el cuerpo que no encaja en el “paciente ideal”, ni con la experiencia que no puede traducirse en números. Yo enseño fisiología a estudiantes de medicina e, invariablemente, cada semestre hay un momento en el que algo se rompe. No es en el contenido de la asignatura, es en el lenguaje. Cuando hablamos del cuerpo como si fuera una máquina: órganos, sistemas, funciones; un lenguaje donde todo es ordenado y clasificable. Sin embargo, los cuerpos que nos rodean, los que llegan a una consulta o al hospital, y los cuerpos que habitan mis estudiantes, no son así. Los cuerpos sienten, los cuerpos recuerdan, los cuerpos cargan historia. Y eso no aparece en ningún libro de fisiología. Crecí escuchando una lengua que nombra el mundo de otra manera, pues mis abuelos, mi padre y sus hermanas y hermanos hablan náhuatl. Y en esa forma de nombrar, hay preguntas que la ciencia no siempre se hace: Niquitoa ni Nezahualcoyotl: Nezahualcóyotl lo preguntó: Quizá por eso, en muchas lenguas originarias, el cuerpo no está separado del territorio, ni de la emoción, ni de la comunidad; ahí no existe esa fragmentación tan cómoda para la ciencia occidental, ni esa ilusión de que podemos observar sin involucrarnos. La “ciencia moderna” nos ha permitido entender el cuerpo y eso nos ha otorgado herramientas muy poderosas, pero también hizo algo peligroso: nos enseñó a ignorar todo lo que no podía medir. Por ejemplo, ¿dónde queda la tristeza en un electroencefalograma? ¿Dónde aparece el miedo en una citometría? ¿Dónde se registran la memoria y la conciencia del cuerpo? ¿Dónde la melancolía en un electrocardiograma? La poesía, en cambio, nunca ha tenido ese problema; la poesía nombra lo que no se puede medir, lo que se escapa, lo que incomoda, lo que duele, lo que insiste. Me pregunto si es por eso que la ciencia y la poesía han sido separadas, porque una pretende controlar y la otra simplemente desborda. Pero ¿y si esa separación no fuera natural? ¿Y si fuera una decisión? Es decir, se nos ha impuesto una forma de conocimiento que se presenta como la única válida y todas las demás formas de entender el mundo quedan relegadas, silenciadas o folclorizadas. No creo que sea casualidad que los saberes de los pueblos originarios hayan sido históricamente despreciados por la ciencia occidental, no porque sean menos complejos, sino porque no responden a las mismas reglas de validación. Y, sin embargo, esos saberes entendían algo que hoy la ciencia empieza a redescubrir: el cuerpo no es solo biología, es historia, es territorio, es lenguaje; y si seguimos enseñando medicina sin enseñar a escuchar, formaremos profesionales que saben diagnosticar, pero que no saben comprender; profesionales de la salud que saben medir, pero no saben nombrar. Por tanto, el problema no es que la ciencia no escriba poesía; el problema es que olvidamos que el cuerpo sí la escribe. Y la escribe todos los días. Quizá re-pensar la ciencia occidental no implica abandonarla, implica ampliarla; hacerle preguntas que no siempre puede responder, además de permitirle dialogar con otros saberes y reconocer que hay conocimientos que no caben en un artículo científico, pero que sostienen la vida. Tal vez la pregunta no es si la ciencia puede escribir poesía, tal vez la pregunta es: ¿qué conocimiento estamos perdiendo cuando dejamos de escuchar todo aquello que no se puede medir? Y quizá ha llegado el momento de volver a escuchar, no solo con instrumentos, también con el cuerpo. Porque, como en muchas lenguas que sobreviven a pesar de todo, hay algo que sigue insistiendo: que la vida no es solo lo que se puede medir, sino también lo que se nombra, lo que se siente, lo que se recuerda. Tal vez ahí, en ese cruce entre conocimiento y palabra, la ciencia todavía tenga algo que aprender y crear otros mundos posibles. Si este texto te deja con más preguntas que respuestas, es un buen punto de partida, porque también el conocimiento necesita espacios donde circular, encontrarse y transformarse y, esta semana, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla celebra la edición número 39 de su Feria Nacional del Libro, con una cartelera que pone al centro las voces feministas, de los pueblos originarios y de la poesía. Tal vez ahí, entre libros, lenguajes y otras formas de nombrar el mundo, podamos seguir haciendo lo que la ciencia a veces olvida: escuchar.
Nos leemos en la siguiente entrega. |