Viernes 27 de Marzo de 2026 |
En política hay una obsesión permanente: encontrar al “candidato ideal”. El problema es que casi nadie se detiene a pensar cómo se construye uno. En los últimos días han comenzado a moverse las piezas rumbo a 2027. A nivel nacional y local, los partidos ensayan fórmulas, repiten recetas y, en muchos casos, evidencian algo más preocupante: no tienen claridad sobre qué están buscando. Ahí está el caso del Partido Acción Nacional, que ha anunciado que apostará por “candidatos ciudadanos”, es decir, perfiles sin una trayectoria partidista tradicional. La decisión no sorprende, pero sí revela una realidad incómoda: ni siquiera los partidos confían plenamente en sus propios cuadros. Y no es ilegal. La ley no exige que un candidato esté afiliado al partido que lo postula. Pero que algo sea legal no necesariamente lo hace estratégico. Por eso vemos a los partidos buscar candidatos en todos lados: celebridades, deportistas, figuras de internet. La lógica es sencilla (y equivocada): si alguien ya es conocido, entonces puede ser competitivo. Pero la política no funciona así. Un candidato no es un rostro. Es una construcción. Y esa construcción tiene un nombre: estrategia. El término puede sonar exagerado, incluso militar —y lo es—, pero no es casualidad. La política, en buena medida, hereda su lógica del pensamiento estratégico: definición de objetivos, análisis del terreno, identificación del adversario y, sobre todo, claridad en la ejecución. Sin estrategia, lo demás es simulación. Hoy algunos comienzan a darse cuenta de que inundar una ciudad de espectaculares, movilizar estructuras o invertir grandes cantidades de dinero ya no es suficiente. En un entorno saturado de información, la visibilidad no garantiza posicionamiento. Y aquí es donde la discusión se vuelve más interesante. Desde hace algunos años, disciplinas como la psicología política y la neuropolítica han puesto sobre la mesa una idea fundamental: Cuando un candidato pierde, no pierde únicamente en un distrito o en una casilla. Pierde porque no logró convertirse en una opción deseable en la cabeza de quien vota. Eso cambia por completo la lógica de construcción. El problema es que el elector de hoy no es un sujeto pasivo. Es un individuo hiperconectado, expuesto a miles de estímulos diarios, con creencias cada vez más firmes y con una tendencia natural a consumir información que confirma lo que ya piensa. No busca entender. Así funcionan, por cierto, los algoritmos. En ese contexto, posicionar a un candidato es mucho más complejo de lo que parece. No compite únicamente contra otros candidatos, compite contra ideas previamente instaladas, prejuicios, emociones y narrativas que llevan años construyéndose. Por eso hay un error recurrente en la comunicación política: creer que los datos pueden derrotar a las percepciones. Se suele decir que “el dato mata al relato”. Un relato sólido es capaz de resistir incluso a los datos más contundentes. Porque no se trata de información, se trata de significado. Cambiar la percepción de un candidato no se logra con cifras, se logra con otro relato. Uno que reorganice la manera en que el elector interpreta la realidad. Ahí está el verdadero trabajo estratégico. Construir un candidato exitoso implica mucho más que hacerlo visible. Implica entender al electorado, identificar sus marcos mentales y diseñar una narrativa capaz de insertarse en ellos. Se necesita estrategia, investigación, recursos y, sobre todo, voluntad política. Porque construir toma tiempo. Mucho más tiempo del que están dispuestos a invertir quienes buscan resultados inmediatos. Por eso prefieren atajos. Pero los atajos en política suelen salir caros. Recuerde que en política no todo es lo que parece. La aparición repentina de un nuevo “perfil competitivo” no siempre responde a una estrategia de victoria; a veces es simplemente una maniobra para ocupar espacio, distraer adversarios o medir terreno. Mientras tanto, el verdadero juego ocurre en otro lado. No en los espectaculares. Ocurre en la mente del elector. Y ahí, estimado lector, no gana el más conocido…gana el mejor construido. |