Viernes 03 de Abril de 2026

Banxico volvió a hacer algo que en México casi siempre termina saliendo caro: ser complaciente antes de tiempo.

Bajó la tasa de interés en 25 puntos base y la dejó en 6.75%, cuando la inflación sigue lejos de la meta y el bolsillo de la gente todavía resiente aumentos constantes en la comida, los servicios y los gastos diarios.

La inflación general anual fue de 4.63% en la primera quincena de marzo; la no subyacente ya rebasó 5%; y en alimentos y bebidas no alcohólicas el aumento fue todavía mayor.

Eso debería bastar para entender que no era momento de mandar señales de alivio.

El problema sigue ahí. El país todavía no recupera una moneda plenamente estable.

No hace falta exagerar para ver lo delicado de la decisión. No puede demostrarse que el Banco de México haya actuado para ayudar políticamente a Claudia Sheinbaum.

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Pero sí puede decirse algo más sobrio y más importante: el recorte beneficia fiscalmente a su gobierno. Una baja así reduce, aunque de manera parcial y no inmediata, la presión del costo financiero de la deuda.

Las cifras oficiales permiten estimar un alivio potencial cercano a 7.4 mil millones de pesos. Para cualquier administración que necesita sostener gasto, programas, obra y compromisos políticos, eso significa margen.

Y allí está el verdadero punto.

¿Qué es el populismo económico?

El gobierno gana espacio y el riesgo se dispersa entre todos los demás. Ésa es la lógica del populismo económico: aliviar arriba y trasladar abajo.

No ocurre de manera teatral. Nadie anuncia que se castigará a la población para darle comodidad presupuestaria al poder.

Ocurre de forma más silenciosa.

Si la autoridad monetaria se relaja antes de que la inflación esté realmente controlada, el costo termina apareciendo en el poder adquisitivo, en el ahorro que vale menos, en el ingreso fijo que ya no alcanza igual y en la pequeña empresa que recompone precios porque sus costos no dejan de subir.

El Estado obtiene un respiro; la sociedad queda más expuesta.

¿A quién afecta la inflación?

Milton Friedman tenía razón en lo esencial: la inflación no aparece sola ni cae del cielo.

Detrás hay decisiones públicas, incentivos políticos y autoridades que prefieren la comodidad del corto plazo al costo del ajuste serio.

Eso no significa que bajar 25 puntos base haga subir mañana el precio del pollo o de la tortilla.

Significa algo más relevante: cuando el banco central actúa como si la inflación ya estuviera suficientemente dominada, empieza a erosionar la confianza en su propia firmeza.

Y cuando esa confianza se debilita, la inflación deja de ser un episodio y empieza a volverse una costumbre difícil de desarraigar.

En Puebla eso no se siente como teoría. Se siente en la quincena, en la despensa, en la renta, en el transporte, en el gasto escolar y en el pequeño comercio.

La inflación castiga primero a quien vive en pesos y no tiene cómo defenderse. La sufre la familia que compra menos con el mismo ingreso, el comerciante que repone más caro y el ahorrador que descubre que su prudencia vale cada vez menos. No golpea primero al gobierno. Golpea primero a la población.

Por eso Hayek sigue siendo pertinente. La convivencia libre depende de reglas que no cambien según la conveniencia del poder.

Una moneda estable es una de esas reglas. El banco central no está para volverse flexible cuando el Ejecutivo necesita oxígeno. Está para poner un límite. Para recordarle al poder que no todo puede resolverse con gasto, deuda o concesiones monetarias que hoy parecen manejables y mañana salen mucho más caras.

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Cuando Banxico empieza a parecer cómodo para el gobierno, empieza también a alejarse de su función.

México ya conoce ese camino.

Quienes todavía recuerdan las crisis de los setenta y los ochenta saben cómo empiezan estas historias: el gobierno necesita margen, la política monetaria se vuelve más acomodaticia y el costo acaba cayendo sobre la sociedad.

Antes de la autonomía de Banxico, las tasas reales negativas y el uso político de la política financiera sirvieron para aliviar momentáneamente al poder, pero terminaron en inflación, devaluación y destrucción del ahorro.

No estamos hoy en aquel precipicio. Precisamente por eso conviene reconocer la advertencia a tiempo.

Banxico no debe buscar la comodidad financiera del gobierno, sino la seriedad de la moneda. Ceder a la complacencia política no garantiza crecimiento, pero sí aumenta el riesgo de una inflación más persistente. Y la inflación, al final, siempre encuentra víctimas.