Martes 14 de Abril de 2026 |
Las cenizas han mutado. Aquello destinado a convertirse en polvo ha tomado forma de holograma gracias a las nuevas tecnologías. Los ejemplos abundan; quizá el más mediático, y el que motiva estas líneas, es el reciente regreso a los escenarios de Soda Stereo. Los múltiples retornos de la banda fueron poco memorables desde que trascendió su líder y vocalista, quien representó la imagen del grupo. Diversos homenajes e invitados desfilaron sin cesar, fracasando en su intento por capturar el aura de Gustavo Cerati. Casos similares ocurren con otras agrupaciones de calibre mundial como Queen, aunque parece que el grupo británico acepta con mayor madurez la imposibilidad de sustituir al ícono Freddie Mercury. Incluso cantantes de la talla de Robbie Williams reconocen la dificultad de la tarea, aun cuando el público lo vislumbra digno de abrir una nueva etapa. Por consecuencia, los grupos de música que sustentan su identidad en un miembro en específico suelen tener como destino el olvido. Si bien es cierto que convocar a otras voces para invocar la nostalgia genera beneplácito y representa una manera honrada de evocar una energía desde otro huésped, el holograma cruza una nueva frontera ética del espectro. Gran parte de Latinoamérica fue sacudida por la voz y las composiciones de Gustavo Cerati. Su regreso a los escenarios de manera virtual refleja una forma de entretenimiento que abraza la nostalgia de forma cruel, pero también sintomática. ¿Será acaso que el mundo utiliza la tecnología para reconocer su estado de orfandad cultural ante la ausencia de íconos? Sin duda, sabemos que existe una industria de la nostalgia; sin embargo, resulta un tema fecundo para sociólogos y melómanos analizar el enfoque ético de esta práctica. ¿Estamos presenciando un espectáculo innovador o, más bien, una muestra inequívoca de la decadencia social? En esta ocasión, me parece mucho más inteligente lanzar una serie de interrogantes que necesitan tiempo de respuesta. No cabe duda de que la humanidad ha alcanzado un deseo tecnológico largamente anhelado, pero todo capricho tiene un precio. Los hologramas aparecen para acompañar artificialmente un camino cada vez menos ético, más solitario y con nulas motivaciones orgánicas. Como amante de la música, y siendo Cerati una de mis principales referencias, me niego a formular una conclusión sólida; solo dejo una profunda preocupación por el sendero que estamos transitando. |