Viernes 17 de Abril de 2026

Estimado lector: en política, como en la vida, todos dicen tener amigos… hasta que llega la primera negociación.

Hay quienes prefieren a Jean-Jacques Rousseau y sostienen que el ser humano es bueno por naturaleza. Otros, más incómodos pero más útiles para entender la política, leen a Nicolás Maquiavelo y recuerdan que la lealtad suele durar lo mismo que los intereses que la sostienen.

No es cinismo, es realismo.

La política, al ser una actividad profundamente humana, está atravesada por emociones, sí, pero se decide por cálculo. Y en ese terreno, pocos dominan dos artes esenciales: la negociación y la construcción de alianzas.

Conviene entonces hacer una pregunta básica: ¿qué es una alianza política?

No es amistad.
No es coincidencia ideológica.
No es afinidad moral.

Es, en esencia, un acuerdo temporal entre actores que comparten un interés.

Nada más… y nada menos.

Se nos ha vendido la idea de que las alianzas nacen de valores compartidos, de proyectos comunes, de causas superiores. En la práctica, lo que las sostiene es algo mucho más terrenal: la posibilidad de ganar, de sobrevivir o de negociar mejor.

Suena crudo. Lo es.

Por eso las alianzas funcionan… hasta que dejan de hacerlo.

Y eso es exactamente lo que empieza a observarse en el mapa político actual.

La oposición, por ejemplo, sigue atrapada en su propia contradicción. Su intento de presentarse como bloque no ha logrado consolidarse como una alternativa real. La incompatibilidad entre sus proyectos y la falta de una narrativa común la vuelven poco creíble.

A esto se suma la decisión de Movimiento Ciudadano de mantenerse al margen. En teoría, una apuesta por la independencia; en la práctica, una fragmentación adicional del voto opositor. El resultado es conocido: dispersión, confusión y un electorado que no encuentra una opción clara.

Pero si alguien piensa que el oficialismo está exento de tensiones, conviene mirar con más atención.

La coalición gobernante —Morena, PT y Verde— presume unidad, pero en los hechos muestra fisuras cada vez más visibles.

Ahí están los anuncios de separaciones locales, las diferencias en candidaturas y, sobre todo, las tensiones silenciosas que acompañan cualquier negociación de poder.

El caso de San Luis Potosí es ilustrativo, donde el Verde ha marcado distancia. Lo mismo empieza a asomarse en la Ciudad de México. Y no es nuevo: en Durango el año pasado ya vimos un episodio donde el PT también tomó su distancia.

Nada extraordinario. Solo política funcionando como suele hacerlo.

La llamada “4T” ha sido, sin duda, una coalición electoral eficaz. Pero está lejos de ser una coalición de gobierno en sentido estricto. Sus aliados acompañan, sí, pero también negocian, presionan y, cuando es necesario, se desmarcan.

No gobiernan juntos; coexisten bajo un equilibrio de intereses.

Y eso tiene consecuencias.

Porque las alianzas no solo suman votos, también restan identidad.

Ahí está el caso del PAN. Su alianza con el PRI no solo ha sido poco rentable electoralmente, también ha diluido su perfil ideológico. En el intento por competir, terminaron validando aquello que durante años negaron: la narrativa del “PRIAN”.

A veces, perder una elección es menos costoso que perder la identidad.

La otra alternativa —competir en solitario— suena atractiva en el discurso, pero es brutal en la práctica. Sin estructura suficiente, sin posicionamiento claro y sin narrativa diferenciada, los resultados suelen ser marginales.

Los números de Movimiento Ciudadano a nivel federal lo muestran: solo ganaron 1 distrito de 300. Ya aprendieron que la presencia mediática no siempre se traduce en competitividad electoral.

Así que no, no es tan simple como “aliarse o no aliarse”.

El punto es otro: saber con quién, para qué y hasta cuándo.

Porque una buena alianza potencia.
Una mala alianza desgasta.
Y una alianza innecesaria puede hundir.

Recuerde, además, que las alianzas más importantes no siempre se anuncian. Muchas se construyen dentro de los propios partidos: grupos, corrientes, liderazgos que se respaldan… o se neutralizan.

Ahí se decide buena parte del juego.

Porque en política no todo es lo que parece. Las alianzas que vemos son solo una parte de la historia. Las verdaderamente determinantes suelen operar fuera del reflector.

Y en ese terreno, elegir mal no solo cuesta una elección.

Puede costar una carrera completa.