Martes 21 de Abril de 2026

Por años, Morena consolidó su capital político a partir de una crítica frontal a la política del espectáculo. Andrés Manuel López Obrador incluyó en su discurso la “fantochería” como parte de una identidad, la denuncia constante contra la frivolidad, contra el marketing vacío y contra la estética del poder que privilegiaba la apariencia sobre la sustancia.

Su discurso sonaba fuerte y claro: no más candidatos hechos para la cámara, no más política reducida a sonrisa, peinado y encuadre. No más tiempos de Peña Nieto, Gaviotas y candidatos construidos por Televisa. Pero, a más de 8 años de su llegada al poder, hoy la 4T se desdibuja y, en algunos casos, se aleja de ese discurso.

El reciente caso viralizado de la delegada de Bienestar en Puebla, Natalia Suárez, es uno de los síntomas. “La güera de Morena”, la que asegura que en Morena “no había güeros” y se llama a sí misma disruptiva. ¿En qué momento la identidad política pasó de ser una postura frente a las desigualdades estructurales a convertirse en una etiqueta que juega, sin pudor, con los mismos códigos que antes se criticaban?

Su autodenominación no es solo provocación: pareciera más una estrategia de posicionamiento en un sistema donde la diferenciación ya no pasa por ideas, sino por rasgos fácilmente reconocibles. “Mira, soy blanquita, soy disruptiva”.

La escena se completó con su fiesta estilo Gran Gatsby: lujo, exclusividad y estética aspiracional. No hay delito, por supuesto. Nadie está sugiriendo eso. Pero en política, y más en Morena, el problema rara vez es jurídico; es simbólico. Y el símbolo aquí es potente: una funcionaria de un movimiento que se reivindica popular celebrando bajo códigos de élite, con una narrativa visual que remite más al exceso que a la austeridad. No es la fiesta, es el mensaje. No es el evento, es la coherencia. O, mejor dicho, la falta de ella.

Otro de los síntomas es el también delegado del Bienestar en Puebla, Rodrigo Abdala, convertido por sus fans en “el deleguapo”. En eventos institucionales que deberían centrarse en la entrega de programas sociales y la lucha contra la desigualdad, sus movilizados terminan en porras que exaltan su atractivo físico. “Guapo”, “bombón”, consignas que parecen más propias de un club de fans que de un pueblo sabio y bueno.

Más allá de la anécdota, está la lógica detrás: la política como pasarela, la gestión pública como escenario y el funcionario como figura aspiracional. ¿No era precisamente eso lo que se criticaba en la era de Enrique Peña Nieto? ¿No era ese el ejemplo paradigmático de una política vaciada de contenido y rellenada con imagen? La diferencia, al parecer, no está en la práctica, sino en quién la ejecuta.

Si de banalidad en la política poblana se quiere hablar, sin duda no se puede omitir a la diputada local Nayeli Salvatori, figura que encarna la convergencia entre política y cultura influencer. Un personaje cuyo alter ego, “La Señora de las Lomas”, parece ocultar el verdadero clasismo que está detrás de sus sketches. La visibilidad como fin en sí mismo. “Que hablen mal de mí, pero que hablen”.

La política como contenido. La representación pública diluida en la lógica del algoritmo. Otra que se llama a sí misma disruptiva, que se escuda en su estilo personal, una forma de hacer política donde el impacto se mide en interacciones más que en resultados. Casos como estos hay muchos en Puebla y decenas en todo el país.

Para la 4T, la tentación de la espectacularización está latente. Incluso perfiles como Omar García Harfuch, cuya narrativa pública se ha construido en torno a la seguridad y la eficacia operativa, comienzan a ser envueltos en discursos paralelos que los presentan como “el guapo” o “Batman”. No es necesariamente una estrategia impulsada desde el propio actor, pero sí es una narrativa tolerada, amplificada y, en última instancia, funcional.

En la política contemporánea, lo que no se desmiente se capitaliza.

Lo que está en juego no es si los políticos deben o no cuidar su imagen. Esa discusión es, a estas alturas, ingenua. Toda política es comunicación, y toda comunicación implica construcción de imagen. El problema surge cuando la imagen deja de ser vehículo y se convierte en destino. Cuando el contenido se subordina a la forma. Cuando el debate público se empobrece porque lo que importa no es lo que se dice, sino cómo se ve quien lo dice.

Morena, como cualquier fuerza política en el poder, enfrenta la tensión entre identidad y eficacia electoral. Gobernar implica competir, y competir implica adaptarse a las reglas del juego mediático. Pero hay una diferencia entre adaptarse y mimetizarse. Entre usar herramientas de comunicación y ser absorbido por ellas.

Cuando un movimiento que surgió para cuestionar los códigos del poder termina reproduciéndolos, el problema ya no es estratégico: es ideológico.

La banalización de la política no ocurre cuando aparece un candidato atractivo. Ojalá fuera tan simple. Ocurre cuando la conversación pública se desplaza hacia lo irrelevante. Cuando el foco deja de estar en las decisiones que afectan la vida de las personas y se coloca en atributos superficiales que, en el mejor de los casos, son anecdóticos y, en el peor, distractores funcionales.

Una ciudadanía que consume política como entretenimiento difícilmente la exigirá como derecho. Una audiencia que aplaude porras de “guapo” no necesariamente cuestiona políticas públicas. Y un sistema que se acostumbra a ese intercambio —likes por visibilidad, estética por votos— termina vaciando de contenido el espacio público.

Al final, la pregunta gira en torno a algo más profundo que la “rentabilidad” de sus candidatxs: la capacidad de sostener contenido político real. Porque mientras una lógica impulsa campañas, la otra debería construir país.

Hasta la próxima