Viernes 24 de Abril de 2026

Estimado lector, los seres humanos a lo largo de su vida desarrollan una serie de características y respuestas ante ciertos estímulos; a esto se le llama “personalidad”.

Con base en la personalidad de una persona se puede más o menos intuir cómo será su forma de actuar en determinadas situaciones.

Hay personas que desarrollan múltiples personalidades, no me refiero a un tipo psicológico como en la película Fragmentado, me refiero a aquellos individuos que suelen cambiar constantemente su forma de ser.

En esta categoría entran los políticos: suelen ser muy cameleónicos, o en palabras más bonitas, pragmáticos. El pragmatismo les permite modificar sus acciones según el momento y lugar necesarios, y su virtud más grande consiste en detectar apropiadamente en dónde y con quién están, para actuar de la forma más conveniente.

No todos los políticos cuentan con esa habilidad, pero hay alguien que sí la tiene, y de sobra: me refiero nada más y nada menos que a la presidenta Claudia Sheinbaum, quien ha sabido desarrollar de forma más que correcta distintas “caras” en su investidura como titular del Poder Ejecutivo.

Permítame ser explicativo con esto: en México (y en otros países) tenemos un sistema presidencial. Esto significa que una persona representa la autoridad de ser jefe de Estado y jefe de gobierno. ¿Qué? O sea, que un presidente (o presidenta) será el encargado de dirigir el gobierno interior del país, pero también debe encargarse de la política exterior y de representarnos ante el mundo. ¡Aaahh ya…! Debe desempeñar un doble papel.

Claudia Sheinbaum ha demostrado que es un ejemplo de esto: sabe diferenciar perfectamente ambos escenarios y ha logrado establecer una diferencia significativa con su predecesor, al mismo tiempo que mantiene sus enseñanzas.

En el plano interno, la presidenta mantiene una línea bastante reconocible. Continúan las conferencias matutinas, el tono confrontativo con ciertos sectores, la centralidad de los programas sociales y una narrativa política al estilo de AMLO.

La conexión entre ellos es muy marcada. El decálogo diseñado por López Obrador es claro: habla lento, niega todo y, si hay una tragedia lamentable, siempre puedes culpar a los neoliberales.

Pero la doctora también ha decidido ponerle su sello personal a la administración que encabeza. No lo hace al interior del país, lo hace fuera de él, y es que, si algo debemos reconocer, es que le ha dado prioridad a su participación en el plano internacional.

Con la próxima llegada del Mundial de la FIFA a México no podía ser para menos, pero también la hemos visto participar en cumbres internacionales como el G20, el G7 y recientemente en la Cumbre en Defensa de la Democracia en Barcelona.

Su principal diferencia con su mentor es que, mientras él se atrincheró dentro del país para mantener su discurso nacionalista, la doctora sale a reunirse con los líderes del mundo y evoca mensajes en búsqueda de paz y cese al fuego, que resultan ser no menos que conmovedores.

Parecen ser dos personas distintas: por un lado, inspira con sus palabras y se coloca en la escena mundial con personalidad y carácter, y por el otro le pide a la gente que si la gasolina roja es costosa, pongan verde; por cierto, para ese tema ya se abrió una carpeta de investigación (guiño, guiño).

Esas son las dos caras de la moneda que representa la mandataria nacional: quiere y no quiere despegarse de la herencia de Andrés Manuel, pero ha sido inteligente para detectar cuándo y cómo lo tiene que hacer.

Se le ve y se le siente mucho más cómoda como jefa de Estado, representando a México en el exterior.

Y como pilón para quien leyó hasta aquí, y aprovechando la ocasión, los recientes movimientos en el gabinete y en Morena apuntan en una dirección clara: consolidar control político propio de cara al proceso electoral de 2027.

Poco a poco, la presidenta parece ajustar piezas, desplazar perfiles incómodos y fortalecer a quienes responden directamente a su liderazgo. Nada extraordinario en términos de ciencia política; bastante relevante en términos de poder.

Porque, aunque en el diseño institucional el partido y el gobierno son cosas distintas, en la práctica mexicana siguen profundamente entrelazados.

Ya sea por afinidad ideológica o por estrategia electoral, la presidenta parece intentar poner orden a nivel partidista. Esta nueva cara, como lideresa de Morena, es nueva; no se la habíamos visto anteriormente, y será interesante saber cómo resulta.

Recuerde, estimado lector, que en política no todo es lo que parece. La dualidad no necesariamente implica contradicción; muchas veces es estrategia.

La clave está en saber cuándo usar cada cara… y, más importante aún, en que las demás no se noten demasiado.

Si usted quiere desempeñarse apropiadamente en el negocio, elija cuál cara va a utilizar: no es hipocresía, es pragmatismo.