26 de Abril de 2026

Hace unos días, me topé con una denuncia en redes sociales de la Dra. Miriam Al-Adib en la que señalaba que sus investigaciones, en las que sólo participan mujeres, parecían pasar más tiempo en revisión para ser publicadas, en comparación con investigaciones en las que sólo participan hombres o en las que los hombres son los autores de correspondencia (en el mundo académico, se considera que son los líderes de los proyectos).

No pude evitar preguntarme si esta percepción podía medirse, y sí, existen varios artículos que con datos demostraron que no sólo es una percepción, sino que, en particular para las ciencias de la vida y en biotecnología, las mujeres no sólo están menos representadas como integrantes o líderes de grupos de investigación, sino que es cierto que, cuando se compara el tiempo que los pares académicos emiten resolutivos sobre sus investigaciones, este es significativamente mayor cuando la líder es mujer en comparación a cuando publican los varones.

En una revisión exhaustiva de Álvarez-Ponce (2026) quien, tras analizar todos los artículos indexados en la base de datos PubMed (que incluye alrededor de 36,5 millones de artículos en más de 36,000 revistas científicas), demostró que el tiempo medio bajo revisión es entre un 7,4% y un 14,6% más largo para los artículos de autoría femenina que para los de autoría masculina, y que las diferencias siguen siendo significativas tras controlar diversos factores como la longitud del texto, su legibilidad/complejidad, el número de autores o la fecha de publicación (la revisión abarca las dos últimas décadas).

Si bien es cierto que en este estudio nuevamente se evidenció que los grupos de investigación en países en vías de desarrollo también pasan por revisiones más rigurosas que aquellos que publican desde universidades en países con mayor PIB, sin importar si son liderados por hombres o por mujeres, es cierto que para las investigadoras implica una doble discriminación. 

Pero ¿por qué observamos este fenómeno en el ambiente académico/científico que debería estar libre de sesgos? Como hemos señalado en columnas anteriores, la ciencia moderna ha operado teniendo como medida universal de lo humano a un varón caucásico. Como ha mostrado la crítica de la “ignorancia blanca”, el conocimiento hegemónico no solo produce saber, sino también zonas sistemáticas de no-saber que se presentan como objetividad. En ese marco, el cuerpo femenino fue históricamente reducido a variación, anomalía o simple extensión del masculino. No era objeto de estudio en sí mismo, sino un desvío respecto a la norma.

A ello se suma un hecho histórico clave: la incorporación tardía de las mujeres a la investigación científica. No solo se nos negó el acceso a la producción de conocimiento, sino también la posibilidad de definir qué preguntas eran relevantes. Angela Davis ya advertía que las estructuras de clase, raza y género no operan de forma aislada, sino entrelazadas, configurando quién puede hablar, investigar y ser escuchada. La ausencia de mujeres en la ciencia no es solo una cuestión de representación, sino de epistemología: sin su presencia, el conocimiento sobre sus propios cuerpos queda mediado por miradas externas.

El estudio de Álvarez-Ponce, confirma que la representación de las mujeres en las ciencias biológicas ha aumentado drásticamente, pasando del 2.3% en 1900 al 38.7% en 2024. Sin embargo, seguimos estando subrepresentadas en los puestos de mayor prestigio o supervisión, donde solo alcanzamos el 33.4%.

Por lo tanto, ¿qué significa que a las mujeres científicas les retrasen los dictámenes de sus investigaciones?  Se estima que, por cada 50 artículos publicados, una investigadora habrá pasado entre 350 y 750 días adicionales esperando decisiones editoriales o revisando manuscritos en comparación con un hombre. Por supuesto que este retraso de más de dos años en el conteo total se ve reflejado en tasas de publicación más bajas.

Los autores sugieren que existen prejuicios de editores y revisores, con estereotipos negativos que llevan a una evaluación más crítica de los trabajos firmados por mujeres.

Por otro lado, no se puede ocultar el hecho, de que una vez que se emiten los dictámenes, se debe responder a las sugerencias o revisiones, y en México, como en el resto del mundo, quienes realizan hasta el 80% de labores de cuidado (hijxs, ancianxs) y domésticas, siguen siendo las mujeres. Este es un factor que puede retrasar el tiempo que tenemos disponible para realizar las revisiones solicitadas y obtener el dictamen final.

Sin embargo, no todo está perdido. El mismo estudio muestra que, en el ámbito específico de la salud de las mujeres, no se observan retrasos significativos en la publicación, y que las investigadoras están produciendo aproximadamente el doble de artículos que los hombres en este campo. Este hallazgo es crucial, pues no solo evidencia un avance, sino también la potencia transformadora de cuando las mujeres investigan sobre sus propios cuerpos.

Este cambio no puede entenderse sin los esfuerzos institucionales y colectivos por corregir las omisiones históricas. Iniciativas recientes, como la emprendida el año pasado por los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés) subrayan la necesidad de cerrar las brechas en la investigación en salud femenina, incluyendo una mayor financiación y una integración sistemática de las diferencias de sexo y género en la ciencia biomédica.

Pero estos avances no deben leerse como una simple “corrección técnica”. Desde una perspectiva crítica, lo que está en juego es mucho más profundo, estamos hablando de la transformación del propio sistema de producción de conocimiento. Tal como advierte Chimamanda Ngozi Adichie, el peligro de una sola historia no es solo que sea incompleta, sino que impide ver otras realidades posibles.

Por lo tanto, ¿hacia dónde debemos ir?

Considero que no sólo desde la academia, desde las estructuras de gobierno, la industria biomédica, las editoriales y la sociedad, debemos abogar por una reducción de las desigualdades en la investigación científica; las intervenciones deben ser estructurales, no meros ajustes superficiales. Especialmente, se debe buscar la implementación de sistemas de revisión por pares a doble ciego, que reduzcan sesgos de género en la evaluación. Además, de mejorar las condiciones sociales y laborales que permitan a las mujeres dedicar tiempo a sus investigaciones en igualdad de condiciones que nuestros pares masculinos. Jornadas de trabajo más cortas, licencias de paternidad y políticas públicas que trasladen responsabilidades de cuidados a hombres y mujeres por igual.

La educación con perspectiva de género también es importante para combatir esos discursos anacrónicos que están resurgiendo con fuerza entre las juventudes, como aquellos que les venden a las mujeres la idea de la tradwife  (o esposas tradicionales) o los “influencers” de la manosfera que disfrazan sus discursos de misoginia con la idea de seguir siendo los proveedores del hogar. Estas ideas se cuelan como el moho y mantienen los prejuicios a todos los niveles sociales y académicos.

El desafío, entonces, no es únicamente cuantitativo (más mujeres publicando), sino epistemológico y político; se trata de construir una ciencia capaz de reconocer que el conocimiento situado no es una debilidad, sino una condición para producir saberes más justos, más completos y, sobre todo, más humanos.

En la próxima entrega, analizaremos las graves consecuencias de que las mujeres hayan sido excluidas sistemáticamente de la investigación biomédica desde sus cimientos ¡Nos leemos en la próxima!

 

Pd: les comparto las fuentes utilizadas para esta columna, por si son de su interés y desean investigar más sobre el tema.

 

  1. Alvarez-Ponce, D., Batz, G., & Ramirez Torres, L. (2026). Biomedical and life science articles by female researchers spend longer under review. PLoS Biology, 24(1), e3003574. https://doi.org/10.1371/journal.pbio.3003574
  2. Delanerolle, G., Sivakumar, A., Haddadi, M., Kurmi, O., Phiri, P., Al-Kharusi, L., Al-Riyami, N., Pathiraja, V., Eleje, G. U., & Elneil, S. (2025). Mind the Women’s Health Data Gap: A Critical Factor for Global Health Equity. Biomedical Journal of Scientific & Technical Research, 63(3), 55636-55643. https://doi.org/10.26717/BJSTR.2025.63.009902
  3. National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine. (2024). Overview of research gaps for selected conditions in women’s health research at the National Institutes of Health: Proceedings of a workshop—in brief. The National Academies Press. https://doi.org/10.17226/27932
  4. National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine. (2025). A new vision for women’s health research: Transformative change at the National Institutes of Health (S. P. Burke, A. Salganicoff, & A. Geller, Eds.). The National Academies Press. https://doi.org/10.17226/28586
  5. Regensteiner, J. G., McNeil, M., Faubion, S. S., Bairey-Merz, C. Noel., Gulati, M., Joffe, H., Redberg, R. F., Rosen, S. E., Reusch, J. E. B., & Klein, W. (2025). Barriers and solutions in women’s health research and clinical care: a call to action. The Lancet Regional Health - Americas, 44, 101037. https://doi.org/10.1016/j.lana.2025.101037