Miércoles 29 de Abril de 2026

Vivimos en una época donde todo ocurre al mismo tiempo: guerras, crisis humanitarias, ecocidios, injusticias que cruzan fronteras y llegan a nuestras pantallas en cuestión de segundos. Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información, y sin embargo, algo inquieta: mientras más vemos, menos parece que reaccionamos.

Buscamos entender qué pasa con los conflictos internacionales, leemos sobre derechos humanos, nos detenemos un momento frente a una imagen que duele… y seguimos. No por falta de sensibilidad, sino por saturación.

La escritora y filósofa Susan Sontag advierte sobre este fenómeno: cuando estamos expuestas y expuestos constantemente al sufrimiento, podemos desarrollar una forma de indiferencia. No porque no nos importe, sino porque no encontramos cómo procesarlo ni cómo actuar frente a ello.

Pero esa indiferencia tiene consecuencias.

Se ha dicho desde la filosofía —y la historia lo confirma— que el problema no es solo quién hace daño, sino quién decide no ver. Porque la indiferencia es la forma más silenciosa de complicidad. No siempre se siente como frialdad; a veces se parece más a la distancia, a la idea de que “no nos toca”.

Y, sin embargo, no tomar postura también es una forma de tomar partido.

En un mundo donde hablar de justicia social y cultura de paz es cada vez más urgente, la apatía se convierte en un riesgo profundo. Porque normaliza lo inaceptable. Porque convierte el dolor en paisaje. Porque, poco a poco, nos acostumbra.

Y ese dolor no solo atraviesa a las personas.

También está en los millones de animales que viven y mueren en condiciones de dolor y explotación, invisibilizados por sistemas que hemos aprendido a no cuestionar. Su sufrimiento rara vez ocupa titulares, pero está presente todos los días. Y frente a él, la indiferencia funciona de la misma manera: nos distancia, lo vuelve cotidiano, lo borra.

Pero ignorarlo no lo hace desaparecer.

Frente a todo esto, hay otra forma de estar en el mundo. No se trata de cargar con todo, pero tampoco de desconectarse. Se trata de sostener lo que sentimos sin que nos paralice. De mantener la sensibilidad, pero acompañarla con claridad. De no endurecer el corazón, sino aprender a cuidarlo sin cerrarlo.

No podemos hacerlo todo, es cierto. Pero sí podemos hacer algo. Y eso importa.

Podemos informarnos con responsabilidad, hablar de lo que pasa, no normalizar la violencia —ni la que ocurre entre personas ni la que ejercemos sobre otras especies—, acompañar causas, abrir conversaciones, cuestionar lo que parece inevitable. Son acciones pequeñas, pero tienen un efecto: nos devuelven la capacidad de responder.

Porque cuando dejamos de ser indiferentes, también dejamos de estar solas y solos.

Tomar postura no siempre es ruidoso. A veces es una decisión íntima: no mirar hacia otro lado. Y en esa decisión hay una forma de dignidad. Hay una forma de paz.

Hoy, además, existen nuevas formas de involucrarnos. El activismo digital permite amplificar voces, visibilizar injusticias, apoyar campañas y generar conciencia colectiva. No sustituye otras formas de acción, pero sí abre puertas. Y muchas veces, ahí empieza todo.

No hay una edad para involucrarse. No hay una única manera correcta. Hay causas suficientes y caminos diversos.

Al final, la pregunta no es solo qué está pasando en el mundo, sino qué lugar elegimos ocupar frente a eso.

La huella que dejamos no está solo en lo que logramos, sino en aquello que decidimos no ignorar.

Hay una enseñanza estoica que me gusta mucho: no te desgastes en lo que no puedes cambiar, pero no te excuses de hacer lo correcto.

Entre la indiferencia y la acción hay un gesto pequeño, pero profundamente transformador: volver a sentir… y permitir que eso nos mueva.

Porque la paz no es pasividad.

La paz es una postura.

Y empieza, siempre, cuando dejamos de ser indiferentes.