Lunes 04 de Mayo de 2026 |
México abandonó a sus niños. Los abandonó en la casa, en la escuela, en las pantallas, en las calles, en las iglesias, en las empresas, en los discursos públicos y en los presupuestos. Los abandonó porque no votan. Porque no marchan. Porque no financian campañas. Porque no ocupan columnas de poder. Porque su dolor no cotiza en bolsa ni gana elecciones. Y mientras los adultos discutimos ideologías, partidos, privilegios, cuotas, likes y narrativas, una generación entera camina sola por un infierno sin Virgilio: sin guía moral, sin autoridad confiable, sin líderes dignos de seguir. La ENCODAT 2025 confirma que el consumo de sustancias sigue siendo una realidad entre adolescentes; 33.9% de personas de 12 a 17 años había consumido alcohol alguna vez, y la encuesta nacional mide también drogas, tabaco, salud mental y patrones de dependencia. El embarazo adolescente tampoco es una anécdota: en 2024 se registraron 5,983 nacimientos de madres de 10 a 14 años. Niñas. No mujeres. Niñas pariendo en un país que primero las abandona y luego las juzga. La violencia sexual contra la infancia es una herida abierta. REDIM reportó que en 2023 fueron atendidas en hospitales 9,802 personas de 1 a 17 años por violencia sexual; 92.3% eran mujeres. En 2024, las niñas y adolescentes representaban 92.8% de las víctimas de violencia sexual de 1 a 17 años atendidas en hospitales. ¿Cuántas más no llegan nunca a denunciar? ¿Cuántas duermen bajo el mismo techo que su agresor? También están los abusos cometidos en ambientes de confianza: familia, escuelas, clubes, iglesias, grupos religiosos, entrenadores, “amigos de la casa”. El problema no es sólo el monstruo desconocido; muchas veces el infierno tiene llave, apellido, sotana, cargo, escritorio, uniforme o parentesco. Casos como La Luz del Mundo, reabierto recientemente en México, recuerdan que la fe sin rendición de cuentas puede convertirse en coartada del abuso. Y luego está el infierno digital. Niños solos frente a algoritmos diseñados por adultos brillantes y moralmente ciegos. Pornografía, sextorsión, apuestas, bullying, retos suicidas, dopamina barata, cuerpos convertidos en mercancía y la intimidad destruida antes de entender qué es el amor. Organizaciones como ECPAT México advierten que la explotación sexual comercial infantil es una forma grave de esclavitud moderna. El portal IWF-ICMEC permite denunciar material de abuso sexual infantil de forma anónima porque el problema ya no está escondido: circula, se descarga, se vende y se consume. A la par, el crimen organizado entendió lo que el Estado no quiso entender: que un adolescente sin propósito es territorio disponible. UNICEF ha llamado a proteger a niñas, niños y adolescentes del reclutamiento por grupos armados y del miedo persistente que genera la violencia criminal. Las redes sociales ya no sólo reclutan consumidores: reclutan halcones, sicarios, víctimas y desaparecidos. ¿Y dónde están los adultos? Muchos padres viven en Narnia. Les dieron celular, pero no conversación. Les dieron escuela, pero no presencia. Les dieron dinero, pero no sentido. Les dieron libertad, pero no límites. Les dieron todo, menos mirada. Los gobiernos, incluidos los de la llamada 4T, han usado a la niñez como discurso, no como prioridad presupuestal. La infancia aparece en spots, no en decisiones de fondo. Se habla de derechos, pero no de protección real. Se habla de futuro, pero se recorta el presente. Se habla de justicia social, pero millones de niños siguen creciendo entre violencia, abandono, mala educación, mala nutrición, miedo, adicciones, embarazos tempranos y falta de oportunidades. También la empresa debe mirarse al espejo. No basta producir riqueza si se producen padres ausentes, jornadas inhumanas, dobles ingresos obligados, hogares fragmentados y niños educados por pantallas. Una economía que hace ricos a unos y deja solos a los hijos de todos no es desarrollo: es una fábrica de vacío. El sistema educativo tampoco puede seguir graduando jóvenes sin carácter, sin propósito y sin criterio moral. La educación no puede reducirse a empleabilidad. Debe volver a formar conciencia. No basta saber programar si no se sabe distinguir el bien del mal. No basta dominar la inteligencia artificial si se ha perdido la inteligencia del alma. México necesita despertar. La familia debe volver a ser núcleo del tejido social, no museo de nostalgias. La escuela debe volver a ser comunidad formadora, no guardería administrativa. La empresa debe entender que su responsabilidad social empieza en los horarios, en los salarios, en la dignidad y en la posibilidad de que los padres estén presentes. Las iglesias y organizaciones de confianza deben rendir cuentas sin encubrir a nadie. El Estado debe poner a la niñez en la agenda y en el presupuesto. Y la sociedad debe dejar de normalizar que los adolescentes vivan sin rumbo, sin esperanza y sin referentes. Porque una generación que sigue influencers pero no encuentra líderes no está perdida: está huérfana. El problema no son los jóvenes. El problema somos los adultos que dejamos de ser brújula. El infierno de México no empieza en las cárceles. Empieza cuando un niño aprende que nadie lo escucha. Cuando una niña descubre que su cuerpo no está protegido. Cuando un adolescente entiende que vale más armado que educado. Cuando una joven embarazada abandona la escuela. Cuando un muchacho talentoso ve que la tranza gana más que el esfuerzo. Cuando un menor se refugia en la droga, en el sexo, en la apuesta, en la pantalla o en la violencia porque nadie le enseñó a habitar su propio corazón. Despierta México. No hay nación posible si la infancia vive en el infierno. Y no habrá Virgilio para nuestros jóvenes si los adultos renunciamos a guiarlos. No todos los infiernos tienen fuego. Algunos tienen WiFi. Otros tienen silencio. Otros tienen padres ausentes sentados en la misma mesa. Otros tienen pantallas encendidas y corazones apagados. Este es el infierno que no se ve en los noticieros, pero se respira en las casas, en las escuelas, en los parques, en los baños de los colegios, en los grupos de WhatsApp, en los algoritmos que educan más que los padres. Es el infierno de una generación que nació conectada, pero creció sola. Una generación con acceso a todo, menos a lo esencial: sentido, límites, amor con presencia, autoridad moral. Dante entró al infierno acompañado por Virgilio. Nuestros jóvenes entraron solos. Epílogo Esta no es una condena a los jóvenes. Es un juicio a los adultos. Porque el infierno que viven no lo construyeron ellos. Lo heredaron. Y si no hacemos nada, también heredarán el siguiente. |