Lunes 04 de Mayo de 2026

En los últimos días, el Congreso del Estado de Puebla ha abierto la discusión sobre la posible regulación de los llamados operativos de “Mochila Segura”. El contexto no es menor: preocupaciones legítimas sobre la seguridad en entornos escolares, alimentadas por amenazas que generan inquietud en comunidades educativas. Frente a ello, la reacción institucional busca respuestas rápidas. Sin embargo, cuando se trata de niñas, niños y adolescentes, la rapidez no puede sustituir a la responsabilidad.

El debate no debe centrarse en si queremos escuelas seguras —eso es incuestionable—, sino en cómo construimos seguridad sin debilitar derechos. Ahí es donde la política pública se pone a prueba.

Diversos criterios de la Suprema Corte de Justicia de la Nación han advertido que las revisiones generalizadas, sin causa justificada, pueden vulnerar la privacidad, la dignidad y el interés superior de la niñez. Este no es un argumento ideológico, es un estándar constitucional: no todo lo que busca prevenir, previene; y no todo lo que se siente seguro, es legal ni efectivo.

Convertir en ley un mecanismo como “Mochila Segura” plantea, entonces, una pregunta de fondo: ¿estamos ante una política basada en evidencia o ante una respuesta reactiva frente al miedo? La diferencia no es menor. Las políticas públicas que nacen desde la urgencia suelen ofrecer resultados visibles en el corto plazo, pero débiles en su impacto real.

La experiencia comparada y la literatura en prevención de la violencia coinciden en algo fundamental: los entornos escolares seguros no se construyen revisando mochilas, sino fortaleciendo comunidades. Esto implica invertir en detección temprana de riesgos psicosociales, acompañamiento a estudiantes, participación activa de madres y padres, y protocolos claros de actuación ante situaciones específicas. Implica, también, construir confianza entre autoridades y comunidad escolar, no sustituirla por sospecha.

Esto no significa negar la necesidad de actuar. Significa actuar mejor.

Si el Congreso decide avanzar en una regulación, tiene una oportunidad valiosa: diseñar un marco que evite prácticas invasivas y que establezca con claridad criterios de legalidad, necesidad y proporcionalidad. Un marco que delimite cuándo, cómo y bajo qué condiciones puede intervenir la autoridad, y que coloque en el centro el interés superior de niñas, niños y adolescentes, no como una declaración, sino como una guía operativa.

Desde el ámbito municipal, donde la prevención cobra sentido cotidiano, la tarea es complementaria. No se trata de replicar medidas, sino de fortalecer capacidades: proximidad social, entornos seguros, intervención comunitaria y coordinación con escuelas. La seguridad que se construye desde el territorio no necesita invadir derechos para ser efectiva.

En momentos de preocupación social, es comprensible buscar certezas. Pero en política pública, las certezas no se construyen con atajos. Se construyen con evidencia, con legalidad y con una convicción clara: la seguridad y los derechos no son opuestos; cuando una política obliga a elegir entre ambos, probablemente está mal diseñada.

El reto no es menor. Pero tampoco es nuevo. Y justamente por eso, vale la pena enfrentarlo con la seriedad que merece.