Viernes 08 de Mayo de 2026

¿Le suena familiar la frase?
Pan y circo.

La hemos repetido tantas veces que pareciera una simple ocurrencia popular, pero en realidad tiene más de mil ochocientos años de antigüedad. El poeta romano Juvenal utilizó la expresión panem et circenses para criticar a los emperadores que repartían trigo y organizaban espectáculos masivos con un objetivo bastante claro: mantener tranquila a la población mientras el poder seguía funcionando sin demasiados cuestionamientos.

Han pasado siglos… y el método sigue sorprendentemente vigente.

Solo que ahora el trigo cambió de forma y los gladiadores usan micrófono.

En nuestros tiempos, el pan aparece disfrazado de programas sociales, subsidios o apoyos gubernamentales; el circo, por su parte, llega convertido en conciertos gratuitos, festivales culturales, espectáculos masivos y experiencias colectivas perfectamente diseñadas para generar emoción, pertenencia y conversación pública.

Y antes de que alguien se altere en redes sociales: no, el problema no es la cultura, ni la música, ni los artistas.

El problema es el uso político de todo ello.

Porque los gobiernos entendieron algo fundamental: un ciudadano emocionalmente entretenido es mucho más fácil de administrar que un ciudadano políticamente incómodo.

La ecuación funciona en prácticamente todos los niveles de gobierno y en casi todas las ideologías. No distingue colores partidistas porque no responde a convicciones morales, sino a eficacia política.

Si algo distrae, moviliza simpatías y reduce el costo de la crítica pública, entonces se utiliza.

Piénselo un momento.

Desde la llegada de MORENA al poder, el Zócalo de la Ciudad de México se ha consolidado como un enorme escenario político-cultural. Han pasado por ahí artistas internacionales, agrupaciones populares y conciertos multitudinarios presentados bajo una narrativa muy atractiva: “democratizar la cultura”.

Y, en principio, la idea suena maravillosa.

¿Quién podría estar en contra de acercar espectáculos a personas que normalmente no podrían pagarlos?

Nadie. Ese es justamente el punto.

Las estrategias de comunicación más efectivas no son las que generan rechazo inmediato, sino las que logran legitimarse emocionalmente.

Ahí está la clave.

Porque estos eventos no solo entretienen; también construyen cercanía simbólica entre el gobierno y ciertos sectores sociales. Generan identidad, conversación digital, apropiación emocional y, sobre todo, una sensación colectiva de bienestar momentáneo.

Mientras tanto, la coyuntura política sigue avanzando.

Los estrategas lo saben perfectamente: el timing lo es todo. Cuando la agenda pública se encuentra saturada de violencia, escándalos, señalamientos o crisis institucionales, un fenómeno cultural masivo puede funcionar como un excelente reductor de tensión.

No elimina el problema.

Pero sí modifica temporalmente la conversación.

Y en política, controlar la conversación vale oro.

El fenómeno de BTS es particularmente interesante. Su capacidad de movilización global es impresionante y su fandom —las famosas “ARMY”— posee niveles de organización digital que muchos partidos políticos quisieran para sí mismos.

Por supuesto que eso no pasa desapercibido para ningún gobierno.

La recepción institucional, los mensajes oficiales y la cercanía simbólica construida alrededor del grupo no son casualidad; responden a una lógica muy clara de apropiación narrativa.

Porque cuando el poder logra asociarse con un fenómeno cultural querido por millones, obtiene algo muy valioso: legitimidad emocional prestada.

Y eso es muchísimo más poderoso que un boletín de prensa.

Insisto: el problema no son los artistas ni sus seguidores. Nadie debería sentirse culpable por disfrutar música, entretenimiento o espacios culturales.

La discusión real es otra.

Se trata de comprender cómo el Estado puede convertir fenómenos culturales masivos en herramientas de legitimación política mientras persisten problemas estructurales profundamente graves: violencia, desapariciones, precarización laboral, desplazamiento urbano y una creciente crisis de representación.

Porque sí, incluso el entretenimiento puede tener una función política.

La cultura nunca es completamente neutral.

El espectáculo tampoco.

Y eso no significa que exista una conspiración secreta detrás de cada concierto o evento público. Significa algo más sencillo —y quizá más inquietante—: que el poder aprendió hace mucho tiempo que gobernar también implica administrar emociones.

Recuerde, estimado lector, que en política no todo es lo que parece. A veces un concierto gratuito es solo un concierto.

Y a veces también funciona como una herramienta extraordinariamente eficaz para desplazar la atención pública, suavizar tensiones sociales y fabricar cercanía con el poder.

Porque mientras haya pan y circo, la multitud permanece mirando al escenario.

La verdadera pregunta es qué ocurre cuando termina el espectáculo… y vuelven a encenderse las luces.