10 de Mayo de 2026

 

                                                                                     Para mi madre, porque sin su apoyo, no podría hacer ni la mitad de lo que hago.

 

Cada 10 de mayo se repite la misma escena: flores, festivales escolares, electrodomésticos envueltos en papel brillante y discursos sobre “el amor incondicional de una madre”. La maternidad como el destino natural de las mujeres y, peligrosamente, como la máxima expresión de la feminidad. Por eso es muy importante no olvidar que el Día de la Madre en México no nació como una simple fiesta familiar, sino como una reacción conservadora frente a los avances feministas y a la posibilidad de que las mujeres pudieran decidir sobre sus cuerpos, su sexualidad y su vida.

Corría 1916 cuando en Mérida, Yucatán, mujeres como Rita Cetina Gutiérrez, Hermila Galindo y otras feministas convocaron el Primer Congreso Feminista de Latinoamérica. Más de seiscientas mujeres discutieron derechos políticos, educación sexual, divorcio, autonomía económica y participación pública. Años después, Elvia Carrillo Puerto impulsaría la organización de mujeres mayas y la difusión de información sobre anticoncepción, inspirada también por el trabajo de Margaret Sanger; es decir, hace más de cien años, la primera ola feminista tenía muy claro que la maternidad sólo puede ser digna cuando es elegida.

Por supuesto, la reacción conservadora no tardó. En 1922, el periodista Rafael Alducin, director de Excélsior, impulsó la instauración del 10 de mayo como celebración nacional de las madres, con el respaldo de la Iglesia católica y de José Vasconcelos desde la Secretaría de Educación Pública (sí, Vasconcelos el gran educador, pero profundamente misógino). Es claro que fue una respuesta política frente a las demandas feministas y al temor de que las mujeres dejaran de aceptar como destino inevitable la maternidad, el matrimonio y el sacrificio doméstico.

Campaña de Excélsior promoviendo el Día de las Madres

Con premios a la “madrecita” que más hij@s tuviera, electrodomésticos, flores y perfumes, se consolidó un modelo de mujer funcional al patriarcado: abnegada, silenciosa, sufrida, capaz de soportarlo todo sin queja. La mujer cuyo valor social reside en cuidar a otros. La mujer que entrega su tiempo, su cuerpo y sus sueños sin esperar reciprocidad.

En pleno 2026, este modelo no es sostenible y, sin embargo, hay muchas voces que aún se preguntan, ¿Es necesario ser madre para ser mujer? La respuesta es un rotundo ¡NO!

La feminidad no puede definirse por la capacidad reproductiva ni por el mandato de cuidar. Simone de Beauvoir planteó hace décadas que la biología no determina el destino político de las mujeres. También, Angela Davis mostró cómo, durante la esclavitud, las mujeres negras eran obligadas a reproducir mano de obra esclavizada mientras se les negaba cualquier reconocimiento humano de su maternidad, se debe reconocer que el sistema colonial y racista convirtió sus cuerpos en territorios de explotación. Pero no lo veamos como algo del pasado, actualmente en muchos territorios del Sur global, maternar se convierte en un acto de resistencia colectiva.

En Gaza, por ejemplo, donde organismos internacionales han documentado condiciones genocidas contra la población palestina, sostener la vida cotidiana, alimentar, proteger, criar y seguir imaginando un futuro para las infancias se vuelve una forma radical de resistencia frente a un proyecto de exterminio. Lo mismo ocurre en muchas comunidades indígenas y afrodescendientes que maternan mientras defienden lenguas, memorias, espiritualidades y territorios amenazados por el despojo colonial.

Allí, criar no significa reproducir obediencia patriarcal, sino impedir que desaparezcan pueblos enteros, resistiendo décadas de discursos racistas del Norte global que vienen promoviendo la esterilización de mujeres pobres, indígenas, negras y racializadas bajo la idea de que “no deberían tener hijos si no pueden mantenerlos”, al tiempo que en Europa y Estados Unidos, resurgen discursos ultraconservadores que glorifican a las tradwives, mujeres dedicadas exclusivamente al hogar y abiertas a tener “todos los hijos que Dios mande”. Es decir, que la maternidad se celebra cuando reproduce determinados cuerpos, naciones y proyectos raciales, pero se condena cuando pertenece a las poblaciones históricamente consideradas desechables por el colonialismo y el capitalismo global.

Bell hooks insistió en que el feminismo debe combatir el sexismo y no imponer modelos únicos de realización femenina. Desde ahí, la maternidad no puede ser obligación moral ni medida de valor de una mujer. Una mujer sin hijas o hijos no está incompleta. Tampoco está “vacía”, “sola” o “destinada al arrepentimiento”, como insiste la narrativa conservadora.

¿Cómo honrar entonces la maternidad sin caer en la glorificación del sacrificio? El problema no es maternar. El problema es el mandato patriarcal que exige hacerlo desde la renuncia absoluta; somos muchas las mujeres que sí deseamos ser madres, y encontramos en la crianza una experiencia profundamente transformadora, amorosa y política; yo misma decidí maternar porque deseo participar en la formación de dos mujeres libres y plenas. Lo que debemos cuestionar es la idea de que una “buena madre” debe sacrificarse hasta desaparecer. Audre Lorde escribió que transformar el silencio en lenguaje y acción es un acto de supervivencia, por eso, decir en voz alta que la maternidad cansa, duele, limita o genera ambivalencias no nos hace peores madres, nos hace humanas.

Debemos tener claro que la imagen de la madre perfecta funciona como un dispositivo disciplinario porque nos exige paciencia infinita, disponibilidad total y felicidad obligatoria; se nos impide estar agotadas, frustradas o arrepentidas y si es que estos sentimientos aparecen, se exige que lo calles y escondas bajo la alfombra.

Por eso creo que para el capitalismo y el patriarcado el Día de la Madre sigue siendo muy eficiente, mientras que uno romantiza el sacrificio el otro lo convierte en mercado. Licuadoras, lavadoras, aspiradoras para la “Reina del hogar”, que, paradójicamente, los usará para seguir sirviendo dentro de la casa.

Y es indignante si recordamos a Anna Jarvis, quien impulsó la conmemoración del Mother’s Day en honor a su madre, Ann Reeves Jarvis, una activista que había organizado grupos de mujeres para mejorar condiciones sanitarias y atender a soldados heridos durante la Guerra Civil estadounidense. No debemos olvidar el antecedente antimilitarista con Julia Ward Howe quien escribió en 1870 la llamada Mother’s Day Proclamation, una proclama pacifista en la que convocaba a las madres del mundo a unirse contra la guerra y contra el envío de sus hijos a morir, pues es de todxs sabido que “la guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí, por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan. Es decir: el origen de esta fecha no estaba centrado en flores ni electrodomésticos, sino en la defensa de la vida y en una dimensión política de los cuidados.

Entonces, quizá la pregunta no debería ser si celebramos o no el Día de la Madre, sino qué maternidad estamos celebrando. ¿Celebramos la explotación disfrazada de amor? ¿Celebramos la resignación? ¿Celebramos la idea de que una mujer vale más mientras más se sacrifica? O, por el contrario, ¿podemos imaginar otra forma de honrar a quienes maternan?

Una maternidad libre, deseada, compartida, con derechos, con descanso, con autonomía económica, con corresponsabilidad masculina, con redes comunitarias, con posibilidad de seguir existiendo como persona más allá del cuidado.

Honrar la maternidad no debería implicar glorificar el sufrimiento, debería significar garantizar condiciones sociales, materiales y simbólicas para que ninguna mujer tenga que elegir entre cuidar y sobrevivir, entre criar y desarrollarse, entre amar y desaparecer. Las mujeres no nacimos para ser madres, pero aquellas que decidimos serlo merecemos hacerlo en libertad, con dignidad y justicia.

 

Nos leemos en la próxima entrega, que tenemos varios temas pendientes.