Miércoles 13 de Mayo de 2026 |
Hay ciudades que se desarrollan. Y hay ciudades que simplemente crecen. Puebla —como muchas regiones de México— parece haberse acostumbrado a una contradicción obscena: convivimos diariamente con empresarios ricos y empresas pobres; con zonas de lujo separadas apenas por un río, una barranca o una avenida de colonias hundidas en la marginación; con corporativos que hablan de innovación mientras miles de personas sobreviven en la informalidad, la precariedad laboral y el abandono educativo. Somos el cuarto o quinto estado en economía, industria y producción. Pero también ocupamos lugares vergonzosos en pobreza, desigualdad y desnutrición infantil. Esa es la fotografía real del modelo de desarrollo que construimos. Y aunque muchos prefieran maquillarlo con campañas institucionales, premios de responsabilidad social o discursos de éxito empresarial, la realidad siempre termina regresándonos al suelo. Como advertía Zygmunt Bauman, el olor, los baches, la inseguridad y el miedo nos recuerdan que ninguna burbuja económica puede aislarse eternamente del deterioro social que la rodea. La pregunta incómoda es esta: ¿Cómo llegamos aquí? Durante décadas confundimos competitividad con mano de obra barata. Confundimos utilidad con explotación. Confundimos crecimiento con desarrollo. Nos hicieron creer que reducir salarios era estrategia. Que contaminar era un costo necesario. Que externalizar el daño ambiental y social era parte natural del negocio. Que el trabajador debía “agradecer” tener empleo aunque éste destruyera su salud mental, su familia o su dignidad. Muchas empresas siguen atrapadas en una lógica del siglo pasado: competir bajando costos humanos. Pero eso no es estrategia. Es miopía moral. Mientras tanto, las cámaras empresariales dejaron de representar a sus gremios para convertirse, en muchos casos, en plataformas de ego, fotografía y posicionamiento político. Ya no sirven a las empresas; algunos individuos se sirven de ellas. Las universidades tampoco escapan de esta crisis. Muchas han dejado de formar líderes para convertirse simplemente en negocios educativos obsesionados con matrícula, rankings y títulos vacíos de conciencia social. Forman ejecutivos técnicamente brillantes pero éticamente ambiguos. Jóvenes capaces de maximizar EBITDA, pero incapaces de comprender el dolor humano detrás de una decisión corporativa. Y entonces aparece el populismo. Muchos empresarios lo observan con desprecio, sin entender que quizá ellos mismos ayudaron a construirlo. Porque cuando el capitalismo pierde legitimidad moral, cuando la riqueza se concentra obscenamente, cuando las élites se aíslan de la realidad social, tarde o temprano la sociedad busca redención en discursos simplistas, polarizantes y emocionalmente poderosos. El problema no fue solamente el populismo. El problema fue también un capitalismo estrecho, extractivo y éticamente ambiguo. Aquí es donde las ideas de Michael Porter resultan profundamente incómodas para América Latina. Porter plantea algo revolucionario: las empresas no pueden seguir entendiendo el valor únicamente como utilidad financiera de corto plazo. Las necesidades sociales definen los mercados. La salud de una comunidad afecta directamente la productividad. La educación impacta la competitividad. La pobreza y la violencia terminan convirtiéndose en costos empresariales. No puede existir desarrollo económico sostenible sin desarrollo social sostenible. Por eso Porter propone evolucionar hacia el concepto de “valor compartido”: redefinir productos y mercados para resolver problemas sociales; redefinir la productividad dentro de la cadena de valor; y construir ecosistemas colaborativos a través de clusters donde empresas, universidades, gobierno y sociedad civil cooperen para generar prosperidad colectiva. Eso exige abandonar la lógica del trade off moral. Durante años nos dijeron que había que elegir entre ganar dinero o hacer el bien. Es falso. El verdadero liderazgo consiste en entender que la ética no es enemiga de la rentabilidad; es condición para su permanencia. En Instituto LIVH hemos insistido durante años en algo fundamental: la crisis profunda que vivimos no es solamente económica ni política. Es una crisis de liderazgo y de valores humanos. El problema no es únicamente técnico. Es antropológico. Porque una empresa no es solamente una máquina para producir dinero. Es una comunidad humana que produce impactos culturales, familiares, ambientales y emocionales. Cada decisión empresarial forma o deforma personas. Cuando un líder humilla, explota o manipula, no sólo afecta resultados: destruye tejido social. Cuando una empresa contamina un río o precariza salarios, no está “optimizando costos”; está hipotecando el futuro colectivo. Cuando un gobierno tolera corrupción y mediocridad, normaliza el deterioro moral de toda una generación. Y mientras eso ocurre, seguimos creyendo que la filantropía basta. Pero la caridad aislada no resolverá lo que la estructura económica sigue destruyendo todos los días. La responsabilidad social no puede convertirse en un peaje emocional para seguir contaminando, explotando o simulando compromiso social. México necesita ir más allá de la limosna institucionalizada. Necesitamos reconstruir el vínculo entre empresa y dignidad humana. Necesitamos hablar sin culpa de generar riqueza, pero también sin vergüenza de distribuir oportunidades, conocimiento y bienestar. Necesitamos globalizar la ética y expandir valor. Y eso implica redefinir incluso al llamado “tercer sector”. Las ONG y fundaciones mexicanas viven condenadas muchas veces a sobrevivir mendigando recursos, incapaces de competir por talento, innovación y sostenibilidad económica. Hemos romantizado la precariedad social como si servir significara resignarse a la escasez. No. El bien también debe aprender a ser eficiente, competitivo y sostenible. Porque el futuro no pertenecerá a quienes acumulen más riqueza individual, sino a quienes sean capaces de construir prosperidad compartida. La verdadera competitividad de una nación no se mide solamente por su PIB, sus exportaciones o sus tratados comerciales. Se mide por la calidad humana de sus líderes, por la confianza entre instituciones, por la capacidad de colaborar, por la cohesión social y por la dignidad de su gente. Si seguimos construyendo empresas exitosas dentro de sociedades rotas, terminaremos entendiendo demasiado tarde una verdad brutal: Ningún muro, ningún fraccionamiento y ninguna cuenta bancaria pueden proteger eternamente a una élite rodeada de desesperación. Porque tarde o temprano, el olor, los baches, la violencia y el resentimiento social terminan atravesando cualquier frontera. Y entonces comprendemos que el verdadero desarrollo nunca fue individual. Siempre fue compartido. |