Viernes 15 de Mayo de 2026

Se dice que los alebrijes se realizan con los sueños de su alebrijero y, como cada sueño es único, los alebrijes también lo son.

Siguiendo ese postulado, Enrique Adonis (Ciudad de México, 1984) nos presenta El sótano de los alebrijes, una historia que comienza con un accidente: Carlos, un chico de entre 15 y 17 años, atropella con su bicicleta al señor Serranil —un hombre de avanzada edad—, vecino del barrio.

Afortunadamente, el señor Serranil se levanta solo con algunos raspones, pero para enmendar la distracción de Carlos, los papás de este invitan al señor Serranil a su casa a compartir una cena.

Los padres de Carlos, apenados, intentan convencer al señor Serranil de que acepte a su hijo como ayudante para realizar sus trabajos, en lo que se recupera completamente del accidente.

El señor Serranil, pensativo, trata de evadir la petición. Sin embargo, la insistencia de los papás de Carlos es tal, que el anciano termina por aceptar la ayuda.

En cuanto Carlos llega a la casa del señor Serranil se dará cuenta de que no es un anciano común y corriente, sino que se trata de un alebrijero.

El señor Serranil tampoco es un alebrijero cualquiera, pues comenzará a enseñarle a Carlos cuál es el periódico que debe usar para que los alebrijes sean manufacturados a la perfección.

El anciano le comenta a Carlos que tiene una condición para que realice a la perfección su trabajo: inspeccionar muy bien las fojas de los periódicos hasta encontrar la palabra “Vive” y, en caso de hallarla, deberá desechar el periódico o, en todo caso, recortar esa palabra para que se pueda usar en el diseño de alguno de sus alebrijes.

Carlos no comprende por qué el señor Serranil le pone tan ridícula condición; sin embargo, la acepta y pronto se vuelve un gran lector de periódicos que evita la palabra señalada.

Todo acto que se repite y se convierte en un hábito en algún momento será falible. Así le ocurre a Carlos, quien un día falla en recortar la palabra “Vive” de una de las hojas del periódico y entonces ocurre la magia: nos daremos cuenta de que las palabras —y con ellas todo lo que nombramos— cobran vida.

El señor Serranil confió en Carlos y entonces se pone manos a la obra a construir su alebrije más reciente. Lo que no sabe es que uno de los periódicos que pegó con engrudo en el cuerpo del alebrije contiene la palabra prohibida.

En un abrir y cerrar de ojos, el alebrije cobra vida y sale disparado ante el asombro del ayudante del alebrijero, quien le grita que debe ir por él.

Es inútil, el alebrije se ha escapado.

El señor Serranil invita a Carlos a bajar a su sótano. Previamente, el anciano se mete a su cocina a preparar hot cakes —¿quién se pondría a preparar hot cakes en medio de una emergencia?— y se los da a su alumno para que baje la escalera. En el sótano se encontrará con otros alebrijes que también han cobrado vida y cuyo plato favorito son los hot cakes.

A partir de este momento se darán a la tarea de atrapar al alebrije en fuga.

Enrique Adonis construyó un cuento infantil lleno de color y emoción, que transcurre en el Bosque de Chapultepec y que nos enseña el valor de respetar lo que nos hace distintos a otros.

En una sociedad que ya casi no respeta las diferencias, El sótano de los alebrijes se publica para recordarnos que mientras más diferentes somos, más auténticos nos volvemos. Y que mientras más trabajemos en equipo, más fuertes y solidarios seremos.

Una lección que no busca adoctrinar a nadie, sino que invita a escucharnos entre ancianos y jóvenes, entre aquello que parece monstruoso y resulta un verdadero milagro. La apuesta a valorar la diferencia es una de las mayores contribuciones de este libro.

La invitación es a crear alebrijes con periódico para no perder nuestras tradiciones y a generar lazos de amistad que perduren para toda la vida.

 

 

 

 

 

 

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El sótano de los alebrijes de Enrique Adonis. Vodevil Ediciones, 2025; 62 páginas.