Viernes 22 de Mayo de 2026 |
Una victoria es una victoria, aunque en política siempre conviene preguntarse quién gana realmente con ella. Las benditas redes sociales hicieron lo suyo: viralizaron un tema, movilizaron a millones de personas y empujaron la cancelación —o al menos la suspensión— del proyecto “Perfect Day” de Royal Caribbean Group en Mahahual. La propia secretaria de Medio Ambiente, Alicia Bárcena Ibarra, terminó anunciando que el proyecto no seguiría adelante. Hasta ahí parecería una historia ejemplar: ciudadanía digital organizada, presión pública efectiva y una causa ambiental triunfando frente a una multinacional. El problema es que en política las historias perfectas casi nunca existen. La realidad puede ser bastante más incómoda. Durante las últimas semanas, el régimen atravesaba una tormenta mediática considerable: cuestionamientos internacionales, tensiones diplomáticas, acusaciones sobre vínculos de funcionarios con grupos criminales, fracturas internas, movilizaciones fallidas y un desgaste cada vez más visible en la narrativa oficial. Las fisuras comenzaban a notarse demasiado. Y cuando eso ocurre, el viejo manual político recomienda lo mismo de siempre: cambiar la conversación pública. A esa estrategia se le conoce popularmente como “la caja china”. El mecanismo no es nuevo; lo utilizaba el antiguo régimen y también lo perfeccionó la política contemporánea: cuando los negativos crecen aparece un tema capaz de monopolizar la atención pública, reordenar la discusión y ofrecer un respiro político. Mahahual resultó perfecto para ello. El proyecto contemplaba una construcción de más de 90 hectáreas en una zona ecológicamente delicada del Caribe mexicano, con posibles afectaciones a arrecifes y especies protegidas. Era, efectivamente, una causa ambiental legítima. Y precisamente por eso funcionó tan bien. Las causas ecológicas y de bienestar animal tienen algo muy valioso en términos de comunicación política: casi nadie se atreve a estar públicamente en contra de ellas. Miles de activistas nacionales e internacionales comenzaron a movilizarse. Las peticiones digitales acumularon millones de firmas en cuestión de días. Pero lo más interesante fue observar cómo decenas de influencers y creadores de contenido —muchos completamente ajenos a temas ambientales— comenzaron a publicar simultáneamente sobre Mahahual. De pronto, todos parecían especialistas en arrecifes. Las redes se inundaron de videos, infografías, llamados urgentes y campañas emocionales para “salvar Mahahual”. Y aunque eso puede ocurrir orgánicamente, también resulta válido preguntarse por qué ciertos temas logran semejante coordinación digital mientras otros permanecen invisibles durante años. Cuestionarlo no es caer en teorías conspirativas; es entender cómo funciona la comunicación política moderna. Porque aquí aparece la verdadera contradicción. Si el criterio del gobierno fuera estrictamente ambiental, entonces proyectos como el Tren Maya jamás habrían avanzado bajo las condiciones en las que lo hicieron. Lo mismo podría decirse de múltiples megaproyectos locales que han generado señalamientos por impacto ecológico. Ahí, el discurso ambientalista fue considerablemente más flexible. Entonces el problema no parece ser únicamente el ecocidio. El problema es cuándo conviene políticamente indignarse por él y cuándo no. Esa es la parte incómoda de toda esta historia. Porque mientras algunos proyectos son detenidos en nombre de la conciencia ambiental, otros continúan pese a críticas similares, respaldados por intereses económicos, cálculos políticos o redes de cercanía con el poder. En México, la vara institucional rara vez mide igual para todos. Y en esa nueva dinámica, los influencers se han convertido en herramientas extraordinariamente útiles. No sustituyen a los medios tradicionales, pero segmentan públicos con mucha mayor eficacia. Cada creador controla un pequeño ecosistema de credibilidad y atención. Multiplique eso por cientos y tendrá una maquinaria de comunicación mucho más barata, emocional y efectiva. No es casualidad que los partidos políticos los utilicen cada vez más. Ahí está el antecedente de las campañas del Partido Verde Ecologista de México con figuras de internet promoviendo propaganda disfrazada de opinión espontánea. La política digital ya entendió algo fundamental: hoy la legitimidad también se fabrica en TikTok. Por eso vale la pena observar el caso Mahahual con más cuidado. Sí, puede celebrarse como una pequeña victoria ambiental. Pero también puede analizarse como un ejemplo de cómo el poder administra las causas públicas, decide qué indignaciones amplificar y cuáles ignorar. Recuerde que en política no todo es lo que parece, y no siempre se escucha al pueblo organizado; a veces simplemente se escucha aquello que resulta útil escuchar. Y quizá esa sea la lección más importante de toda esta historia: no dejar de hacer preguntas, incluso cuando la narrativa parece demasiado perfecta para ser cuestionada. |