Miércoles 27 de Mayo de 2026 |
Hay días en que pareciera que toda la vida se convirtió en una carrera. Quién gana más dinero. Quién tiene más reconocimiento. Quién responde más rápido. Quién “aprovecha mejor el tiempo”. Hasta descansar parece algo que debe merecerse. Y quizá lo más fuerte es que aprendemos eso desde muy pequeñas y pequeños. En la escuela muchas personas crecimos creyendo que siempre había que ser “el/la mejor”. El cuadro de honor, las calificaciones, competir por atención, por aprobación, por demostrar que sí podíamos, que podíamos más que lxs demás. A veces, sin darnos cuenta, empezamos a asociar nuestro valor con el rendimiento. Si sacábamos buenas notas, recibíamos reconocimiento. Si no, aparecía la comparación. Hay infancias que aprenden demasiado pronto a sentir que nunca son suficientes. Y eso se queda. De adultas y adultos seguimos comparándonos: en el trabajo, el cuerpo, la productividad, la vida en redes sociales, la pareja, el éxito. Como si la vida fuera una competencia interminable donde descansar da culpa y equivocarse da miedo. El filósofo Byung-Chul Han habla de esto en “La sociedad del cansancio”. Dice que vivimos en una época donde las personas se exigen tanto a sí mismas que terminan agotadas. Ya no hace falta que alguien nos presione todo el tiempo; aprendimos a presionarnos solas y solos. Pero no todas las culturas han entendido la vida así. Muchas comunidades antiguas y pueblos originarios han sobrevivido durante siglos gracias al cuidado mutuo y al trabajo colectivo. En distintas culturas indígenas de América Latina existe el tequio o la minga: formas de trabajo comunitario donde las personas construyen juntas caminos, casas, cosechas o espacios comunes sin pensar únicamente en el beneficio individual. En muchas de esas comunidades las infancias crecen viendo algo distinto: personas que comparten, que colaboran, que entienden que la vida funciona mejor cuando nadie carga sola o solo con todo. La antropología social lleva años mostrando algo importante: las sociedades humanas no evolucionaron únicamente por competir, sino por cooperar. Sobrevivimos porque aprendimos a cuidarnos. Tal vez por eso la cultura de paz insiste tanto en recuperar el valor de los vínculos, de la empatía y de la comunidad. Porque una sociedad donde todas las personas se sienten rivales termina volviéndose más sola, más ansiosa y más violenta. Lo vemos incluso en cosas pequeñas. Cuando alguien no comparte información por miedo a que otra persona “le gane”. Cuando sentimos celos del éxito ajeno en vez de alegría. Cuando pedir ayuda nos hace sentir débiles. Cuando descansar nos provoca culpa. Y también lo vemos al revés: en quien comparte comida, en quien recomienda el trabajo de alguien más, en las vecinas que se organizan para cuidar a las infancias, en amistades donde no hace falta competir para sentirse valiosas. El budismo habla mucho del sufrimiento que nace del apego y de la comparación constante. Y el estoicismo recuerda algo profundo: no necesitamos controlar cómo nos ven las demás personas para tener una vida valiosa. Quizá una vida más tranquila empieza cuando dejamos de medirnos todo el tiempo. No se trata de renunciar a los sueños ni de dejar de crecer. Se trata de entender que crecer no debería significar vivir agotadas y agotados intentando demostrar que merecemos existir. Hay algo muy bonito en aprender a acompañarnos. En celebrar sinceramente a otras personas. En descansar sin culpa. En pedir ayuda. En hacer comunidad. A veces pienso que sanar como sociedad podría empezar ahí: enseñando a las infancias que la vida no es una carrera contra las demás personas. Porque nadie tiene que perder para que alguien más pueda florecer. Al compartir todas y todos ganamos. |