Viernes 29 de Mayo de 2026 |
El cielo que nos queda de Nicolás Ferraro se publicó en 2019 en la editorial Revólver. En 2025 esa novela hiperviolenta se publicó en México de la mano de Nitro Press y la Dirección General de Publicaciones de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. En otras páginas de El Popular pueden encontrar la reseña del ganador del Premio Dashiell Hammett por su novela Ámbar, publicada en nuestro país por las mismas editoriales señaladas arriba. En esta entrevista platicamos sobre El cielo que nos queda y sobre el western, el noir y lo policiaco. Óscar Alarcón. Con la aparición de El cielo que nos queda en México te puedes dar mejor cuenta de lo que ocurre en el continente en el género noir y policiaco: a partir de ello, ¿consideras que hay temas hegemónicos en América Latina? Nicolás Ferraro. Creo en el género negro como la literatura de la desesperación y entiendo que toda esa desesperación es más palpable en regiones como la nuestra, como que la herida siempre está más expuesta o que nunca se termina de cerrar del todo. Que se vive con otra urgencia. Acá no abundan las novelas de tipos que quieren dar el último golpe, de bandas superprofesionales, de gente que se quiere agarrar esa montaña de plata e irse a vivir a Italia. Acá tenés el criminal por desesperación más que por deseo. La violencia termina siendo el lugar donde detona todo eso, donde todo eso se vuelve visible, la discrepancia entre las clases sociales, la corrupción, la justicia y la ley o la ausencia de las mismas. Ese termina siendo un rasgo distintivo. Y de la mano de eso, está la situación cotidiana de vivir en el filo, y que eso te desangre, de una u otra forma, de manera rutinaria. Creo que estas son las aristas sobre las que gira el género en América Latina: violencia e inseguridad. Inseguridad no solo de delito, sino sobre cuál va a ser nuestro futuro, qué cambio nos va a golpear de lleno el día de mañana. Después el escritor elegirá un miedo y una inseguridad, y construirá un relato sobre eso. ÓA. ¿Consideras que El cielo que nos queda es tu novela más violenta? NF. No, si bien considero que la violencia, como decía al principio, tiene diferentes niveles y aspectos desde los cuales manifestarse, no solo desde lo físico. También lo mental y lo verbal son aspectos que, capaz por ser más subterráneos o poco pirotécnicos, pierden fuerza frente a una persona disparándole a otra, destrozándole la cabeza cortesía de una bala calibre .45. Sí creo que es la novela más desesperanzadora de todas las que he escrito, pero, obviamente, esa verdad al final va a ser de cada lector. Hay gente que me dice que Ámbar les pareció mi novela más violenta, por ejemplo, por todo el abandono familiar que atravesaba la protagonista y en algún punto te das cuenta de que cada novela tiene un lector detrás. Hay violencia en aquello que es dejado de lado por el sistema, hay violencia en el desempleo cotidiano, en la incertidumbre, hay violencia también en volverse viejo, en ser cada vez más obsoleto. Pienso en el personaje de Reiser, un viejo ya, en que el cuerpo y sus ganas ya hace rato que vienen desasociados, en que su cuerpo sea cada vez menos suyo. En que cada vez seamos menos nosotros y más lo que los otros quieren; que seamos descartables por edad o por necesidades del capitalismo o de la política de turno. Todo eso es una violencia primitiva, imposible de no tener en cuenta en la ecuación. Y en lo que se refiere a lo que acostumbramos a llamar violencia, la física, siempre mantengo la misma ética. Sea la violencia que sea, debe ser honesta. Uno corre riesgo de edulcorar la violencia, algo de lo que pasa en el western o en el noir de los ’40 o ’50; un balazo a las tripas, el hombre se agarra la panza, se retuerce, rueda por la escalera y el héroe sonríe. Eso sí no me interesa. Tampoco caer en la pornografía de la violencia, pura amputación gratis. Me interesa mostrar las consecuencias de la violencia. Lo que realmente sucede si le disparan a alguien, lo que es convivir habiéndole disparado o matado a alguien, cómo duele pegarle a alguien, lo difícil que es desmayar a alguien a trompadas. Todas esas consecuencias espero que estén ahí. Sé que es fácil quedarse con el primer pantallazo, y sé que también es difícil para algunos lectores atravesar eso, pero espero que al final haya recompensa para ambos, poder entendernos de otra manera, aceptando que gran parte de lo que somos envuelve diferentes matices de la violencia. ÓA. Esta es una pregunta que siempre he querido hacerte: ¿cómo seleccionas los temas para tus novelas? Me refiero a cuál es el punto decisivo que te lleva a decir “voy a escribir sobre esto” y que al finalizar digas “No me equivoqué, acerté en lo que quería escribir”. NF. Tiene que aparecer una escena que me seduzca, que me dé ganas de investigar qué sucede antes, qué sucede después. En lo posible, que sean tres o cuatro, mejor. Cuatro escenas que me permitan tener una guía sobre la cual orbitar. En el caso de El cielo que nos queda recuerdo que estaba en lo de mi abuela, temprano, en ese momento no madrugaba, las 8 de la mañana eran la madrugada para mí, estoy hablando de hace más de diez años, y estaba la tele prendida, infaltable en la casa de una abuela, y en el noticiero, es siempre eso o un canal de cocina; bueno, hoy en día también las plataformas. Y vi una noticia acerca de una avioneta y una caída de cocaína. Creo que titulaba “lluvia blanca” o algo así. La tele estaba sin sonido, otra cosa típica de casa de abuela, que cuando alguien llama, ponen la tele en silencio, entonces no entendí bien de qué iba la situación, pero en mi cabeza era: wow, hubo un tiroteo en una narcoavioneta. Después, a los minutos, me enteré de que en realidad hablaban de una modalidad para dejar un cargamento de cocaína sobre un campo. Aburridísimo, ja. Pero yo ya me había hecho la película: tiroteo, cinco mil pies de altura, escopetas, merca cayendo. Y dije: bueno, acá hay una historia. Pero durante mucho tiempo fue eso. Pero me faltaba algo más, así que el proyecto durmió en el cajón con el título de Cosecha Blanca. Hasta que encontré lo que necesitaba para contar, algo que me motivara, y fue encontrar como protagonista a un personaje mayor, que saliera de lo que acostumbraba, y al mismo tiempo que tuviera su contraparte en ese sicario desquiciado, el Zupay, lo más parecido a la encarnación del mal y el caos que alguna vez escribí. Los temas van apareciendo por estas decisiones o por el contexto: el tráfico de madera, de cocaína, las redes de trata, la tercera edad, el desempleo asfixiante. Todo eso viene dado de la tierra donde ambientás y es materia prima narrativa. Y uno puede creer en esa idea, pero es un constante confiar. Escribir es un acto de confianza o de locura. El pensar “tengo que escribir 60 mil palabras para contar lo que quiero contar” puede ser aplastante. El saber que incluso eso que escribís pueda no ser bueno. Yo soy de ir trabajando mucho sobre la marcha, corrigiendo mientras escribo, de manera que una vez que pongo punto final, esa versión es bastante parecida a la que, si tengo suerte, se publica. Pero en el caso de esta novela, el primer borrador tenía 40 mil palabras. Yo sabía que había una historia ahí, pero le faltaba vida. Así que me senté, le metí dos o tres cartuchos de dinamita al archivo y dinamité cerca de la mitad de lo que tenía y, aun así, habré escrito otras 35 mil palabras nuevas, con más desarrollo de personaje, con otros finales para cada uno. Le di una humanidad o drama que antes no estaba. Y ahí sí, después de todo eso, llega la idea de “no me equivoqué”. Hay que confiar, incluso en lo que uno solo ve. ÓA. Regresando a El cielo que nos queda, me parece que hay mucha influencia del western en la novela: háblanos un poco de cuáles son tus westerns favoritos. NF. Sin duda, Sam Peckinpah es amo y señor. The Wild Bunch, una película que muchas veces suele ser vista bajo la luz de “muy violenta”, es profundamente desgarradora y emocionante más allá de su coreografía de balazos. Hay todos estos otros códigos, estos personajes que se aferran a un tiempo que los va dejando obsoletos, qué más violento hay que eso, qué más violento que los tiempos te expulsen, que el propio cuerpo cada vez vaya siendo menos tuyo y más de la vejez, de la guadaña. Ver a esos tipos que aun con toda la desventaja del mundo todavía se siguen aferrando a un código moral que los hermana, que los une. Algo por lo que vivir y algo por lo que morir. Obviamente, los más clásicos: Sergio Leone y John Ford. Después, ya más cerca en el tiempo, toda esta corriente del neo-western: Hell or High Water o Wind River, dos películas escritas por Taylor Sheridan, y de las mejores de los últimos tiempos para mi gusto. ÓA. ¿Observas al noir como evolución del western o los consideras géneros distintos? NF. Muchas veces se ha hablado de la evolución del western, o la transformación, al género negro. Ambos están forjados sobre cierta idea de mitos. Y al mismo tiempo se caracterizaron por tener personajes solitarios tratando de imponer una ley en un lugar sin ley. Es interesante ver cómo el western, salvo el crepuscular, siempre ha sido visto como un género de valores positivos, la conquista del territorio, la libertad, mucho más luminosos que los noir de los años ’40 o ’60, donde es fácil ver las diferencias, casi como luces y sombras. Sin embargo, en la actualidad aparece toda esta corriente del neo-western y también del rural noir, que potencian la desolación, esta idea del espacio como otro peligro más, esta tierra de “estás en la tuya” y te tenés que salvar como podés, donde el Estado no está para ayudarte ni para darte una mano. Y ahí creo que bien se conjugaron el espíritu de ambas. Quizás hay más relación entre el western y el policial que entre el western y el género negro. Ya que en el western el protagonista está luchando contra un ambiente hostil sobre el cual tiene que imponerse. En el género negro, el conflicto del hombre muchas veces es contra sí mismo, contra la perdición que cada uno lleva dentro y tiene que tratar de controlar.
El cielo que nos queda, de Nicolás Ferraro. Nitro Press y Dirección General de Publicaciones BUAP, 2025. |