Viernes 29 de Mayo de 2026

“La política es guerra. Lo político aparece cuando se parte el mundo en dos (…) No importa en realidad el motivo del conflicto. Lo que cuenta es el vigor de la rivalidad, la imposible conciliación”.

Así explicó Jesús Silva-Herzog Márquez el pensamiento del jurista alemán Carl Schmitt, quizá uno de los autores que mejor entendió la política como confrontación permanente.

Y viendo lo ocurrido esta semana en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, resulta difícil decir que estaba equivocado.

Vivimos en la era de la polarización. Una época donde cada vez cuesta más responder quiénes somos, qué queremos o hacia dónde vamos, pero donde resulta extremadamente fácil identificar aquello que rechazamos.

Eso que detestamos termina funcionando como identidad política.

La lógica del “nosotros contra ellos” dejó hace tiempo las redes sociales y se instaló por completo en las instituciones. El Congreso mexicano es quizá el mejor ejemplo de ello: un lugar que, en teoría, debería servir para debatir ideas, construir acuerdos y representar ciudadanos, pero que con demasiada frecuencia parece un reality show con fuero constitucional.

Esta semana, el Pleno de San Lázaro dejó de parecerse a un parlamento y se convirtió en un ring de boxeo. Y no, lamentablemente, no es metáfora.

Dos diputados, uno del oficialismo y otro de la oposición, terminaron “cantándose un tiro” en plena sesión maratónica de más de 30 horas. La escena rápidamente se viralizó porque resumía perfectamente el estado actual de nuestra política: mucho espectáculo, poca deliberación y demasiada testosterona legislativa.

La pelea no pasó a mayores, pero en realidad nunca debió ocurrir.

Ni el cansancio, ni la duración de la sesión, ni la tensión parlamentaria justifican el espectáculo que millones de mexicanos observaron. Porque sí, el ciudadano tiene derecho a indignarse: son sus impuestos los que pagan esos sueldos.

Y todo ¿para qué? Diría Intocable.

Para presenciar cómo quienes dicen representar al pueblo pierden el control emocional en cadena nacional.

Lo preocupante es que esto ya ni siquiera sorprende.

La Cámara de Diputados del Congreso de la Unión acumula desde hace años episodios que oscilan entre lo vergonzoso y lo absurdamente cómico: desde aquel diputado que intentó entrar a caballo al recinto legislativo hasta el legislador que decidió lanzar una cubeta de chapopote a otro en plena sesión.

Sí, todo eso ocurrió en el mismo lugar donde se construyen las leyes de este país.

Uno podría pensar que estos incidentes son excepcionales, simples momentos de tensión política. El problema es que dejaron de ser anomalías para convertirse en costumbre.

Porque la degradación parlamentaria no comienza cuando alguien intenta golpear a otro diputado. Comienza mucho antes: cuando se normaliza romper acuerdos, sabotear debates, convertir la tribuna en escenario electoral y sustituir argumentos por insultos diseñados para TikTok.

Y en eso, honestamente, no hay demasiados inocentes.

Oficialismo y oposición parecen haber entendido que el conflicto permanente genera más rentabilidad política que la construcción de consensos. La política dejó de premiar la moderación; ahora recompensa la confrontación viral.

Mientras más escándalo, más reflectores.

Por eso el Congreso ya no funciona únicamente como un espacio legislativo, sino también como una plataforma de contenido político. Cada intervención busca clips, tendencias, aplausos digitales y momentos compartibles. El debate parlamentario terminó subordinado al algoritmo.

La jungla política ya no opera por ideas, sino por impulsos.

Y quizá eso sea lo más preocupante de todo.

Porque cuando quienes redactan las leyes actúan desde la víscera y no desde la razón, el problema deja de ser solamente el espectáculo. Se convierte en un síntoma del deterioro institucional.

Recuerde, estimado lector, que en política no todo es lo que parece. Aunque, viendo algunas sesiones legislativas, uno empieza a sospechar que a veces sí: un grupo de personas atrapadas en la confrontación permanente, actuando más por impulso que con inteligencia.

Tal vez Schmitt tenía razón respecto a una cosa: la imposible conciliación.