Martes 02 de Junio de 2026

En el primer día del mes de marzo, manchas de hidrocarburo aparecieron en distintas regiones del sur de Veracruz y, a las siguientes horas y días, el crudo castigó y lastimó las playas de Tabasco y Tamaulipas, una gran extensión del Golfo de México.

El silencio oficial prevaleció durante días y semanas, en medio de una feroz indignación social y de organizaciones ambientalistas; meses después, al gobierno mexicano no le quedó de otra que aceptar su responsabilidad: la fuga provino de un oleoducto submarino del complejo Abkatún-Pol-Chuc dentro de la zona de Cantarell, en la Sonda de Campeche.

Tras el grave daño medioambiental ocurrido en el Golfo de México, una investigación periodística publicada en el diario El Universal encontró que los derrames de diversos productos en todo el país no eran simples accidentes, sino un problema y una crisis sistémica de la empresa Petróleos Mexicanos (Pemex).

En el último lustro (2020-2025), Pemex acumuló 3,951 derrames en su infraestructura y en toda su cadena de exploración, producción y logística. La cifra equivale —en los hechos— a casi dos emergencias cada día en territorio nacional.

No solo crudo, sino una gama de sustancias que van desde hidrocarburos, agua aceitosa, refinados, condensados, combustóleo, diésel y hasta gasolina magna.

La recurrencia de fugas y derrames, documentó el diario de circulación nacional, alcanzó a 29 de las 32 entidades del país, pero golpeó con mayor fuerza a la región del Golfo de México, la tríada integrada por Veracruz, Tabasco y Tamaulipas, donde se concentra la mayor infraestructura petrolera, así como buena parte de los ecosistemas.

Si bien entidades como Guanajuato, Hidalgo, Chihuahua, Campeche, Puebla, Oaxaca, Chiapas y Nuevo León aparecen con siniestros en los registros oficiales, el 76 por ciento de los eventos se concentró en el corredor del Golfo de México, donde ductos, refinerías, complejos industriales y plataformas conviven de manera directa con humedales, selvas, manglares y sistemas marinos.

Un dato alarmante lo dio el coordinador de Conexiones Climáticas, una organización dedicada a la comunicación de la crisis climática, Pablo Montaño, quien dijo que las regiones aledañas al Golfo de México se han convertido, en los hechos, en “zonas de sacrificio” para la industria petrolera.

“Es un sitio donde se normaliza la contaminación, se normaliza el envenenamiento de los cuerpos de agua y se vuelve parte de lo habitual”, denunció. Y añadió que se ha normalizado la respuesta y se han institucionalizado prácticas como las indemnizaciones que llegan después del daño, como un remedio tardío.

Curiosamente, en las últimas semanas las autoridades federales y estatales anunciaron la liberación de pagos de indemnización a pescadores y, en menor medida, a campesinos y prestadores de servicios afectados por el derrame de crudo.

Desde entonces, la feroz indignación social prácticamente desapareció en medio de escándalos políticos, sin que a la fecha se conozcan trabajos de remediación profundos, sobre todo en esas zonas oscuras y alejadas de la vista humana a donde llegó el crudo, como manglares, dunas costeras, humedales, marismas, lagunas costeras, estuarios, pastos marinos y arrecifes coralinos.

Al final, naufragó la indignación.