Miércoles 03 de Junio de 2026

Una bolsa de basura puede parecer un objeto pequeño.

La cerramos, la dejamos fuera de casa o la subimos al camión recolector y continuamos con otras actividades y, en muchos sentidos, dejamos de pensar en ella. Desaparece de nuestra vista, pero no de la realidad. Porque la basura nunca se va realmente; simplemente cambia de lugar.

En México, la crisis de los residuos sólidos urbanos se ha convertido en uno de los grandes desafíos ambientales y sociales de nuestro tiempo. La basura está por todos lados. Los rellenos sanitarios y basureros operan al límite de su capacidad, mientras miles de toneladas de residuos siguen llegando cada día. Sin embargo, el problema no es únicamente técnico. Es también cultural, político y comunitario.

Durante décadas hemos construido una relación distante con aquello que desechamos. Consumimos más, generamos más residuos y seguimos separando poco. A pesar de los esfuerzos de muchas personas, organizaciones y gobiernos, la cultura de la separación de residuos y el reciclaje aún no forman parte de la vida cotidiana de amplios sectores de la población.

Pero la responsabilidad no puede recaer únicamente en la ciudadanía.

La falta de políticas públicas integrales, la vigilancia suficiente de los sitios de disposición final, las omisiones regulatorias y la limitada planeación de largo plazo han permitido que muchos problemas se acumulen, literalmente, bajo nuestros pies.

En nuestro país el problema no es tanto la ausencia de leyes de separación de residuos, sino la brecha entre la norma escrita y la capacidad institucional de cumplirla. La falta de sistemas integrales que permitan la separación de residuos desde el hogar y durante todo el proceso de recolección, tratamiento y disposición final hace que en muchos lugares todo sea considerado basura.

Mientras tanto, las comunidades cercanas a los basureros conviven con olores, contaminación, afectaciones al agua, al suelo, a la salud y los peligros de la fauna asociada a estos sitios. Son poblaciones que con frecuencia cargan con costos que benefician a regiones enteras. Su preocupación no surge del rechazo al desarrollo, sino del legítimo deseo de proteger su territorio, su bienestar y el futuro de sus familias.

Por eso, cuando los pueblos se organizan para defender el medio ambiente, conviene escucharlos con atención. En sus voces suele existir un llamado profundo a revisar la forma en que nos relacionamos con la tierra que habitamos. Porque la forma de vivir de muchas sociedades pone en peligro la sobrevivencia de todo el planeta.

También es necesario mirar el papel de las empresas dedicadas al manejo de residuos. La gestión responsable, la transparencia, el cumplimiento normativo y la inversión en tecnologías adecuadas no deberían ser una excepción, sino una condición básica para operar en actividades que impactan directamente a las personas y a los ecosistemas.

La cultura de paz nos invita a observar este conflicto desde una perspectiva distinta. No para buscar culpables, sino para construir corresponsabilidades.

La paz también es la capacidad de organizar la vida colectiva de manera justa, sostenible y respetuosa. Es diálogo entre comunidades, autoridades, empresas y ciudadanía. Es información clara, participación social y decisiones que consideren el bienestar de las generaciones futuras.

Quizá la basura nos está contando una historia más profunda sobre nosotras y nosotros mismos, sobre nuestros usos y costumbres. Nos habla de nuestros hábitos de consumo, de nuestras prioridades y de la forma en que entendemos nuestra relación con la naturaleza.

Después de todo, podemos mirar la tierra que habitamos no como una herencia que nos dieron quienes estuvieron antes, sino como un préstamo que recibimos de quienes vendrán después.

Y tal vez el primer paso para resolver el problema desde casa no sea preguntarnos dónde poner la basura, sino cómo sumarnos para que nuestro consumo cotidiano sea más consciente y en equilibrio con el ecosistema global que habitamos.

¿Podemos cambiar la historia de las decisiones colectivas que tomamos hoy como sociedad e imaginar un final distinto para aquello que hoy arrojamos lejos de nuestra vista? Yo creo que sí :)