Viernes 05 de Junio de 2026 |
Dante imaginó el infierno como un lugar de sufrimiento. Un espacio donde las personas quedaban atrapadas en las consecuencias de sus decisiones y de sus circunstancias. Pero si Dante caminara hoy por nuestro mundo probablemente descubriría algo más aterrador que los círculos infernales que describió hace más de setecientos años. Descubriría que el infierno no está debajo de la tierra. Está entre nosotros. Tiene rostro humano. Se llama pobreza. Y resulta aún más absurdo porque vivimos en el siglo XXI. Nunca antes la humanidad había acumulado tanta riqueza, tanto conocimiento y tanta tecnología. Tenemos inteligencia artificial, internet de las cosas, medicina capaz de editar genes, satélites que observan cada rincón del planeta y empresas cuyo valor supera el Producto Interno Bruto de países enteros. Sin embargo, millones de personas siguen acostándose con hambre. La contradicción es brutal. Podemos enviar vehículos a Marte, pero no hemos logrado garantizar alimento para todos los niños de la Tierra. Podemos hablar con alguien al otro lado del planeta en segundos, pero seguimos siendo incapaces de escuchar el sufrimiento de quienes viven a unas cuantas calles de nosotros. La pobreza no es únicamente la ausencia de dinero. Es la ausencia de oportunidades. Es la falta de acceso a educación, salud, vivienda digna, justicia y esperanza. Es la imposibilidad de imaginar un futuro diferente. La pobreza es un hoyo. Y quien cae en él descubre que salir no depende solamente de su esfuerzo individual. Porque desde arriba muchos observan y pocos ayudan. Lo he visto en México. Lo he visto en América Latina. Y lo he visto en otras partes del mundo. Es imposible permanecer indiferente. Los contrastes son tan grandes que parecen irreales. Frente a edificios modernos aparecen barrios enteros construidos con láminas y cartón. Frente a centros tecnológicos de clase mundial aparecen niños que sobreviven entre montañas de basura. Uno comprende entonces que el crecimiento económico por sí solo no resuelve la pobreza. También requiere justicia, educación, instituciones sólidas y una ética que coloque a la persona en el centro. México conoce bien esos contrastes. Somos una de las economías más importantes del planeta y al mismo tiempo millones de mexicanos viven en condiciones de vulnerabilidad. Tenemos industrias de clase mundial y comunidades sin acceso suficiente al agua potable. Tenemos empresarios extraordinarios y trabajadores que apenas sobreviven. Tenemos riqueza. Pero no siempre generamos prosperidad compartida. América Latina es quizá el continente de las paradojas. Posee recursos naturales inmensos, una población joven, creatividad y talento. Sin embargo, arrastra desigualdades históricas que parecen transmitirse de generación en generación. Y luego está África. El continente que algunos siguen llamando "el continente negro", aunque en realidad debería llamarse el continente de las posibilidades. África posee enormes reservas minerales, recursos energéticos, riqueza cultural y una población extraordinariamente joven. Sin embargo, durante décadas ha sido víctima de la corrupción, el colonialismo, los conflictos internos, la explotación económica y la ausencia de instituciones fuertes. No es un continente pobre. Es un continente empobrecido. Y esa diferencia es fundamental. Porque la pobreza rara vez es un accidente. Generalmente es el resultado de decisiones humanas. De sistemas. De estructuras. De liderazgos que fallaron. Durante décadas hemos intentado resolver este problema desde dos grandes visiones ideológicas. Por un lado, el neoliberalismo extremo. Por el otro, el socialismo marxista. Ambos prometieron redención. Ambos prometieron justicia. Ambos terminaron mostrando límites profundos. El neoliberalismo convirtió al mercado en una especie de religión. Exaltó la libertad individual, la competencia y la acumulación de riqueza. Generó innovación, crecimiento y prosperidad en muchos lugares. Pero cuando perdió de vista la ética, también produjo nuevas formas de esclavitud. Millones de personas quedaron reducidas a consumidores, números o mano de obra. La persona desapareció detrás del mercado. Por otro lado, el socialismo marxista prometió igualdad. Denunció los abusos del capital. Buscó proteger a los más vulnerables. Pero cuando olvidó la libertad terminó creando burocracias gigantescas que utilizaron a los pobres como bandera política mientras concentraban el poder en pocas manos. La persona desapareció detrás del Estado. Ambos modelos comparten un error fundamental. Los dos colocan una ética material en el centro de sus decisiones. Unos creen que la salvación llegará a través del mercado. Otros creen que llegará a través del Estado. Pero ninguno resuelve el problema esencial si olvida la dignidad humana. La persona no es un recurso económico. No es una estadística. No es un voto. No es una fuerza de trabajo. La persona es un fin en sí misma. Y cuando olvidamos eso comenzamos a construir infiernos. La verdadera pregunta entonces no es cómo generar más riqueza. La verdadera pregunta es para qué generamos riqueza. La empresa existe para servir a la sociedad. El gobierno existe para servir a la persona. La economía existe para crear valor humano. Y el desarrollo solamente tiene sentido cuando amplía las libertades reales de las personas. Por eso la esperanza no está únicamente en una nueva política económica. Tampoco en una nueva ideología. La esperanza está en un nuevo liderazgo. Un liderazgo con valores. Un liderazgo capaz de entender que la rentabilidad importa, pero que la dignidad importa más. Que la productividad importa, pero que la persona importa primero. Que el crecimiento económico es necesario, pero insuficiente. Necesitamos líderes que comprendan que una empresa exitosa rodeada de pobreza terminará viviendo en una sociedad frágil. Necesitamos gobiernos que entiendan que los programas sociales no sustituyen la creación de oportunidades. Necesitamos universidades que formen ciudadanos y no solamente profesionistas. Necesitamos familias capaces de transmitir responsabilidad, trabajo y solidaridad. Necesitamos recordar algo que parece haberse perdido en medio del ruido ideológico. La pobreza no se combate con discursos. Se combate construyendo personas. Porque para construir grandes organizaciones primero hay que construir grandes personas. Quizá entonces podamos comenzar a cerrar el hoyo. Quizá entonces la tecnología deje de ser solamente una herramienta de acumulación y se convierta en un instrumento de desarrollo humano. Quizá entonces la riqueza deje de medirse únicamente en dinero. Y comencemos a medirla también en dignidad, libertad, comunidad y esperanza. Porque el verdadero infierno no es la escasez de recursos. Es la indiferencia frente al sufrimiento humano. Y el verdadero camino de salida comienza cuando entendemos que nadie se salva solo.
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