Viernes 05 de Junio de 2026 |
Estimado lector, México y Estados Unidos son dos países unidos por mucho más que una frontera. Comparten comercio, cultura, migración, problemas de seguridad y, curiosamente, también ciertas formas de hacer política. A primera vista parecería imposible encontrar similitudes entre Donald Trump y Claudia Sheinbaum. Después de todo, representan proyectos ideológicos distintos, hablan para electorados diferentes y suelen aparecer en lados opuestos de prácticamente cualquier debate. Sin embargo, cuando uno observa con atención sus discursos, descubre algo bastante incómodo: ambos han encontrado una enorme utilidad política en construir un adversario externo. Trump lleva años perfeccionando la fórmula. Los problemas de Estados Unidos rara vez parecen originarse dentro de sus fronteras. Los culpables suelen venir de afuera: migrantes, gobiernos extranjeros, acuerdos comerciales injustos o amenazas externas que ponen en riesgo la grandeza americana. La solución siempre es la misma: proteger a los estadounidenses de alguien más. Del lado mexicano ocurre algo parecido, aunque con otros protagonistas y otro vocabulario. Aquí la palabra favorita es “soberanía”. La soberanía sirve para responder cuestionamientos internacionales, para rechazar críticas externas, para justificar decisiones controvertidas y, en ocasiones, para convertir cualquier observación proveniente del extranjero en una supuesta agresión contra México. No se trata de que la soberanía no importe. Claro que importa. Lo interesante es observar cómo se utiliza políticamente. Porque, al igual que Trump necesita amenazas externas para reforzar el nacionalismo estadounidense, el oficialismo mexicano encuentra en la defensa de la soberanía una poderosa herramienta de movilización política. Las diferencias ideológicas desaparecen cuando aparece la necesidad de construir una narrativa eficaz. Trump culpa a los migrantes. El oficialismo señala a agencias extranjeras. Trump denuncia conspiraciones contra Estados Unidos. El oficialismo denuncia injerencias contra México. Los actores cambian; la lógica permanece. Y existe una segunda similitud todavía más interesante. Ambos liderazgos descansan buena parte de su legitimidad en una idea sencilla: ellos representan auténticamente al pueblo. Quienes los apoyan suelen ser presentados como los verdaderos patriotas; quienes los cuestionan son descritos como adversarios de la nación, enemigos del proyecto o representantes de intereses ajenos. Es una estrategia políticamente rentable porque transforma cualquier desacuerdo en un problema de lealtad. Ya no se debate quién tiene razón. Se debate quién pertenece al bando correcto. Por eso resulta curioso observar lo que ocurre cuando termina el espectáculo mediático. Mientras sus bases intercambian acusaciones, mientras las redes sociales convierten cada desacuerdo en una batalla épica y mientras los discursos públicos elevan la tensión, los propios líderes suelen mantener una relación mucho más pragmática de lo que aparentan. Las declaraciones incendiarias conviven perfectamente con los elogios diplomáticos. Los conflictos retóricos rara vez impiden las negociaciones reales. La política tiene mucho de teatro y bastante de administración de expectativas. Al final, Trump necesita a su electorado. Sheinbaum necesita al suyo. Cada uno cumple con la función de alimentar la narrativa que sus simpatizantes esperan escuchar. Y mientras esa narrativa siga funcionando, ambos seguirán recurriendo a la misma receta: patriotismo, amenazas externas, defensa de la nación y una constante apelación al pueblo como fuente última de legitimidad. Recuerde, estimado lector, que en política no todo es lo que parece y no siempre gana quien tiene mejores resultados. Muchas veces gana quien cuenta la historia más convincente. Y pocas historias son tan efectivas como convencer a una sociedad de que todos sus problemas vienen de afuera. |