Miércoles 10 de Junio de 2026 |
Para Dante Cada cuatro años ocurre algo curioso. Durante unas semanas, el mundo parece hablar un idioma común. Personas que normalmente no se conocen intercambian opiniones, hacen pronósticos, recuerdan partidos memorables y comparten la emoción de ver rodar un balón. El Mundial de futbol es, sin duda, uno de los eventos más vistos del planeta. Pero quizá la pregunta más interesante no sea quién ganará el torneo, sino qué es lo que realmente celebramos cuando nos reunimos a ver el fútbol. Porque el fútbol, en su esencia más profunda, nunca ha pertenecido por completo a los grandes estadios, a las marcas multinacionales ni a las transmisiones espectaculares. El fútbol nació y sigue viviendo en otro lugar: en las calles, en los barrios, en las comunidades, en los patios de las escuelas y en los campos llaneros donde muchas veces apenas hay porterías improvisadas, el terreno es irregular y las líneas de la cancha existen más en la imaginación que en la pintura. Ahí, donde no hay reflectores pero sí mucho corazón, el fútbol conserva algo que el dinero no puede comprar: la alegría de jugar. El escritor uruguayo Eduardo Galeano, enamorado confeso de este deporte, escribió en su libro Fútbol a sol y sombra que ese deporte es “la más importante de las cosas menos importantes”. La frase parece una contradicción, pero encierra una verdad entrañable. El fútbol no resolverá por sí solo los grandes desafíos de nuestras sociedades, pero sí puede enseñarnos mucho sobre la forma en que convivimos. Y ahí es donde se encuentra con la cultura de paz. Cuando hablamos de cultura de paz no hablamos de un mundo sin diferencias ni conflictos. Hablamos de la capacidad de relacionarnos desde el respeto, la cooperación, la empatía, la solidaridad y el reconocimiento de la dignidad de las demás personas. Hablamos de construir comunidad sin recurrir a la violencia, de aprender a escuchar, de aceptar las diferencias y de encontrar formas de convivir incluso cuando no pensamos igual. Curiosamente, muchas de esas lecciones aparecen cada fin de semana en una cancha. Un partido de fútbol es, en esencia, un ejercicio de convivencia. Hay reglas que todas las personas aceptan. Hay árbitros cuya autoridad se reconoce. Hay trabajo en equipo. Hay coordinación, confianza y responsabilidad compartida. Hay un rival que merece respeto porque sin él el juego simplemente no existiría. En una época marcada por la polarización y la confrontación permanente, el fútbol nos recuerda algo valioso: se puede competir sin destruir al otro. Se puede defender una camiseta sin odiar la camiseta de enfrente. Se puede ganar con humildad. Y también se puede perder con dignidad. Quizá por eso el fútbol ha sido utilizado en distintos lugares como una herramienta para fortalecer comunidades y generar encuentros. Pocas personas saben, por ejemplo, que las comunidades del EZLN han organizado durante años encuentros y torneos de fútbol donde participan mujeres y hombres de pueblos originarios y visitantes de distintas partes del mundo. En esos espacios, el balón funciona como puente. Más que un campeonato, son ejercicios de convivencia donde el juego permite encontrarse, dialogar y reconocerse mutuamente. Algo similar ocurre con el FC St. Pauli, en Alemania. Más allá de los resultados deportivos, este club se ha convertido en una referencia internacional de inclusión, diversidad y compromiso comunitario. Su afición ha demostrado que la pasión futbolera puede convivir con valores como la solidaridad, el respeto y la defensa de la dignidad humana. Pero quizá una de las transformaciones más interesantes de nuestro tiempo esté ocurriendo en las ligas femeniles profesionales. Durante años, millones de niñas crecieron viendo un juego que, en las grandes canchas, parecía reservado para otros. Hoy las cosas están cambiando. Las futbolistas no solo han conquistado espacios en los estadios; también están ayudando a construir otra manera de entender el fútbol profesional. Sin idealizaciones, muchas ligas femeniles han mostrado ambientes donde la cercanía con las aficiones, el respeto entre rivales, el trabajo colectivo y la convivencia familiar ocupan un lugar central. Han contribuido a cuestionar la idea de que la pasión deportiva necesariamente debe expresarse mediante la agresividad, los insultos o las conductas machistas que durante décadas fueron normalizadas en algunos entornos futbolísticos. Las jugadoras nos recuerdan que la intensidad no está peleada con el respeto. Que se puede competir al máximo nivel sin perder de vista la humanidad de quien está enfrente. Que el talento, el liderazgo, la disciplina y la entrega no tienen género y pueden expresarse con un poco de ternura. Por eso resulta emocionante pensar en los próximos Mundiales femeniles. Más allá de los resultados, representan la posibilidad de seguir aprendiendo otras formas de vivir el fútbol profesional. Formas más incluyentes, más cercanas a las comunidades y más alineadas con los valores de una cultura de paz que tanta falta nos hace. Sin embargo, los ejemplos más hermosos no siempre aparecen en la televisión. A veces están en esos campos llaneros donde una comunidad organiza un torneo para recaudar fondos para una familia, rehabilitar un espacio público o simplemente convivir. Están en las ligas barriales donde juegan personas de distintas edades. Están en quien lleva el agua, en quien presta el terreno, en quien vende antojitos para sostener al equipo o en quien anima desde la banda aunque no conozca las reglas. Están en las madres y padres que acompañan cada partido. En las infancias que persiguen un balón hasta que cae la noche. En las amistades que se forman alrededor de una cancha de tierra. Porque el fútbol nunca ha sido solamente un deporte. También es una forma de construir pertenencia. De fortalecer vínculos. De crear recuerdos compartidos. Por eso, mientras el mundo vuelve a mirar hacia el Mundial, tal vez valga la pena recuperar una manera más sencilla y humana de vivir esta fiesta deportiva. Menos centrada en el consumo y más enfocada en la convivencia. Menos obsesionada con las polémicas y más abierta al disfrute. Ver un partido con amistades, con la familia o con las vecinas y vecinos. Organizar una cascarita en el parque. Compartir una comida. Celebrar una buena jugada aunque la haya hecho el equipo rival. Admirar el esfuerzo, la disciplina y el trabajo colectivo que hay detrás de cada encuentro. Porque al final, cuando se apague el último reflector y se entregue la copa, lo más valioso no serán únicamente los resultados. Serán las conversaciones. Los chistes, las risas. La emoción colectiva de un gol. La alegría de reunirse. La experiencia de sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos. El fútbol tiene esa capacidad extraordinaria de reunir personas muy distintas alrededor de una pasión común. Y en un mundo que tantas veces parece empeñado en dividirse, ese encuentro tiene un valor enorme. Ese otro fútbol nos recuerda que podemos competir sin violencia, apasionarnos sin intolerancia, defender nuestros colores sin despreciar los de otras personas y celebrar nuestras diferencias sin dejar de reconocernos como parte de la misma comunidad humana. Porque cuando rueda el balón de esa forma, también el mundo puede rodar con la empatía, la cooperación, la solidaridad, el respeto y la esperanza. Y eso, en estos tiempos, ya es una victoria que vale la pena celebrar. |