Martes 16 de Junio de 2026

Durante años, diversos dirigentes e intelectuales cercanos a Morena intentaron presentar al movimiento como una versión mexicana de la socialdemocracia europea.

 

La comparación era atractiva.

 

Después de todo, pocas corrientes políticas pueden presumir resultados tan exitosos como los obtenidos por Suecia, Dinamarca, Noruega o Alemania.

Sociedades con bajos niveles de pobreza, amplias redes de protección social, economías dinámicas y algunas de las instituciones más sólidas del planeta.

Sin embargo, conforme Morena ha consolidado su proyecto político, la comparación resulta cada vez más difícil de sostener.

La pregunta ya no es si el movimiento logró convertirse en una socialdemocracia moderna. La pregunta es si alguna vez estuvo realmente cerca de serlo.

El error más común consiste en asumir que la socialdemocracia se define por el tamaño del Estado.

 

No es así.

 

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¿Porque México no es como Dinamarca?

 

Suecia tiene un Estado fuerte. Dinamarca tiene un Estado fuerte. Noruega tiene un Estado fuerte. Alemania tiene un Estado fuerte. Pero ninguno de esos países construyó su prosperidad concentrando poder político. Su éxito surgió precisamente del equilibrio.

Fortalecieron al Estado, pero también a los tribunales. Ampliaron los programas sociales, pero preservaron economías competitivas. Crearon instituciones de bienestar, pero mantuvieron gobiernos locales fuertes. Construyeron burocracias eficientes, pero sometidas a mecanismos de supervisión y rendición de cuentas.

Entendieron algo fundamental: una sociedad libre necesita limitar tanto al poder económico como al poder político.

México parece haber seguido una ruta distinta.

La experiencia reciente muestra una tendencia constante hacia la concentración.

Organismos autónomos creados para supervisar al propio Estado fueron eliminados o absorbidos. La reforma judicial modificó de manera profunda el equilibrio institucional. La Guardia Nacional terminó integrada a una estructura militar.

Cada vez más decisiones relevantes dependen del poder central, mientras estados y municipios pierden peso relativo dentro del sistema político.

Ninguno de estos hechos, considerado de manera aislada, define por sí mismo el carácter de un régimen. Pero observados en conjunto muestran una dirección clara.

Mientras las democracias socialdemócratas exitosas fortalecieron simultáneamente al gobierno y a los contrapesos, México parece fortalecer principalmente al gobierno.

 

La diferencia no es menor.

 

La socialdemocracia europea nació desconfiando de las concentraciones excesivas de poder. Por eso construyó tribunales independientes, federalismos funcionales, organismos de supervisión y una sólida cultura de libertades civiles.

 

El objetivo era evitar que cualquier grupo, por legítimo que fuera su origen electoral, pudiera imponer su voluntad sin restricciones institucionales.

¿Por qué Morena desconfía de las instituciones?

 

En cambio, buena parte del discurso político que dio origen a Morena se construyó sobre una profunda desconfianza hacia esas instituciones intermedias.

La famosa frase de Andrés Manuel López Obrador, “al diablo con las instituciones”, pronunciada muchos años antes de llegar a la presidencia, refleja una visión del poder difícilmente compatible con la tradición socialdemócrata europea.

Para los nórdicos, las instituciones son la garantía de la democracia. Para el populismo, con frecuencia son obstáculos que interfieren entre el líder y el pueblo.

Ahí se encuentra una de las diferencias fundamentales.

La socialdemocracia busca equilibrio. El populismo busca legitimidad directa.

La primera distribuye el poder. El segundo tiende a concentrarlo. La primera fortalece instituciones. El segundo suele subordinarlas a un proyecto político superior.

La misma diferencia aparece en el terreno económico. Ninguno de los grandes Estados de bienestar europeos fue construido sobre economías estancadas. Suecia, Dinamarca, Noruega y Alemania primero desarrollaron sistemas altamente productivos, competitivos y abiertos a la inversión.

Después utilizaron esa riqueza para financiar amplios programas sociales. La prosperidad fue la condición previa del bienestar, no su consecuencia.

 

¿Cuál es el problema principal de México?

 

Existe además una paradoja profundamente mexicana.

Nuestro país es formalmente una república federal, pero históricamente ha funcionado como un sistema centralista.

Desde Santa Anna hasta el Porfiriato, pasando por el régimen hegemónico del siglo XX, el problema recurrente nunca fue la falta de poder estatal. El problema fue su concentración.

Por eso resulta extraño escuchar que la solución a los desafíos nacionales consiste en fortalecer aún más al centro político.

La experiencia de las democracias más exitosas del mundo demuestra exactamente lo contrario.

Las sociedades más libres y prósperas no surgieron porque alguien acumuló suficiente poder para resolver los problemas.

Surgieron porque construyeron instituciones capaces de impedir que cualquier persona, partido o gobierno acumulara demasiado poder.

Quizá la verdadera lección que ofrecen Suecia, Dinamarca, Noruega y Alemania no sea económica. Es institucional. Comprendieron que la libertad, la prosperidad y la justicia social sólo pueden coexistir cuando existen límites efectivos al poder.

 

Ese sigue siendo el desafío pendiente de México.

 

Porque el problema histórico de nuestro país nunca fue la ausencia de poder. Fue la ausencia de límites al poder.