Viernes 19 de Junio de 2026

Dedicada a todas las personas que amamos las siestas y dormir profundo a la más mínima provocación.

 

A veces pasa algo extraño.

 

Esperamos toda la semana un momento libre. Imaginamos la tarde tranquila, el paseo sin prisa, el libro pendiente, el partido de fútbol, la conversación que llevamos meses queriendo tener. Y cuando por fin llega ese momento, en lugar de disfrutarlo por completo, aparece una sensación incómoda.

 

Como si estuviéramos olvidando algo.

Como si debiéramos estar aprovechando mejor el tiempo.

Como si descansar necesitara una justificación.

 

No siempre lo decimos en voz alta, pero muchas personas conocemos esa sensación. Está presente cuando nos quedamos un rato más en la cama un domingo, cuando decidimos no responder un mensaje de trabajo fuera de horario o cuando elegimos caminar sin rumbo en lugar de tachar otra tarea de la lista.

Y quizá lo más curioso es que, aun sabiendo cuánto hablamos hoy de salud mental, bienestar y equilibrio entre trabajo y vida personal, seguimos sintiendo que el tiempo libre debe ganarse.

Como si vivir necesitara permiso.

Tal vez por eso cada vez más personas se preguntan por qué sienten culpa al descansar o por qué cuesta tanto disfrutar el ocio sin sentirse improductivas. No parece ser un problema individual. Más bien es una señal de nuestro tiempo.

El filósofo Byung-Chul Han ha escrito sobre una sociedad que nos empuja a exigirnos constantemente. Pero no hace falta leer filosofía para reconocerlo. Basta observar cualquier conversación cotidiana. Casi siempre terminamos preguntándonos cuánto hemos hecho, cuánto hemos avanzado, cuánto nos falta.

Rara vez nos preguntamos si hemos descansado suficiente.

O si hemos disfrutado la semana que acabamos de vivir.

Y, sin embargo, esa pregunta también importa.

Quizá porque hemos olvidado algo que generaciones anteriores tuvieron muy claro: el tiempo libre también es una conquista social.

Las jornadas laborales de ocho horas, los días de descanso y las vacaciones no aparecieron por casualidad. Fueron resultado de décadas de organización y lucha de trabajadores y trabajadoras que entendieron algo fundamental: una vida dedicada únicamente al trabajo termina empobreciéndose.

Aquellas luchas buscaban mejores salarios, sí. Pero también buscaban tiempo.

 

Tiempo para convivir.

Tiempo para aprender.

Tiempo para descansar.

Tiempo para ser personas además de trabajadores.

 

Por eso la discusión sobre la jornada laboral de 40 horas en México es mucho más importante de lo que suele parecernos. No se trata únicamente de productividad o competitividad. Se trata de preguntarnos cuánto espacio dejamos para la vida fuera del trabajo.

En varios países europeos todavía existen medidas que protegen el descanso colectivo. En Alemania, por ejemplo, muchos comercios permanecen cerrados los domingos. Detrás de esa decisión hay una idea sencilla: si todo permanece abierto todo el tiempo, alguien tendrá que trabajar todo el tiempo.

Y una sociedad donde nadie tiene tiempo para descansar termina perdiendo algo más que energía.

 

Pierde encuentros.

Pierde conversación.

Pierde comunidad.

 

Ahora bien, esta reflexión no desconoce una realidad evidente. Muchas personas trabajan jornadas agotadoras porque necesitan hacerlo. No por ambición, sino porque la renta, los alimentos, el transporte o el cuidado de la familia no esperan. Hay quienes sostienen hogares enteros, tienen más de un empleo o dedican horas invisibles a cuidar de otras personas.

Precisamente por eso el descanso importa.

Porque cuando la vida aprieta, el ocio deja de ser un lujo y se convierte en una necesidad. El derecho a perder el tiempo. (Leyendo esta columna, por ejemplo. Que, por cierto, te toma solo 5 minutos, y sería maravilloso que invitaras a alguien más a perder el tiempo así. Gracias).

No hablamos necesariamente de vacaciones largas o tardes enteras sin obligaciones. A veces hablamos de una caminata al atardecer, una conversación tranquila, un partido de fútbol, una hora de lectura o unos minutos bajo la sombra de un árbol. Espacios donde no estamos produciendo nada más que bienestar.

 

No todo lo importante genera ganancias.

No todo lo valioso puede medirse.

No todo lo que transforma nuestra vida aparece en una hoja de cálculo.

 

Desde hace décadas, distintas corrientes filosóficas, psicológicas y sociales han advertido sobre el riesgo de confundir nuestro valor como personas con nuestra capacidad de producir. Cuando eso ocurre, cualquier pausa parece una pérdida de tiempo.

Pero la experiencia cotidiana nos muestra otra cosa.

 

Una tarde con amistades.

Una comida preparada en compañía.

Un libro leído con calma.

El silencio de un parque.

Una siesta después de una semana difícil.

Son momentos aparentemente simples, pero suelen ser los que recordamos años después.

 

También sabemos que el descanso favorece la creatividad, fortalece la capacidad de resolver problemas, mejora la regulación emocional y nos ayuda a relacionarnos mejor con otras personas. Sin embargo, seguimos celebrando el agotamiento como si fuera una virtud.

 

Como si estar exhaustas fuera una prueba de compromiso.

Como si la prisa fuera una forma de éxito.

 

Frente a esa lógica, algunas pensadoras feministas han defendido una idea tan sencilla como poderosa: cuidarnos no es un acto de egoísmo. Es una forma de sostener la vida. Audre Lorde lo expresó con claridad hace décadas y bell hooks insistió en que el amor, la amistad, los cuidados y la comunidad necesitan tiempo para existir.

 

Parece una obviedad.

Pero vivimos como si no lo fuera.

Porque constantemente recibimos el mensaje de que siempre hay algo más que hacer, algo más que producir, algo más que optimizar.

Y quizá sea cierto.

Pero también hay algo más que vivir.

Aquí es donde la conversación adquiere una dimensión social.

 

Desde la cultura de paz sabemos que la paz no consiste solamente en ausencia de violencia. También implica construir condiciones para una vida digna, saludable y habitable. Implica fortalecer los vínculos que sostienen a las comunidades y crear espacios donde las personas puedan encontrarse sin miedo, sin prisa y sin competir entre sí.

 

La paz necesita tiempo.

Necesita sobremesas largas.

Necesita amistades que se reúnen sin una agenda.

Necesita personas que leen por placer.

Necesita niñas y niños jugando sin que cada minuto tenga una finalidad productiva.

Necesita quien se sienta a ver el Mundial de fútbol sin sentir culpa por hacerlo.

Necesita quien cocina mientras conversa.

Necesita quien sale a caminar sin prisa.

Necesita quien entra a un bosque simplemente para escuchar el sonido del viento entre los árboles.

Son actividades sencillas. Tan sencillas que a veces pasan desapercibidas.

Pero quizá ahí reside su fuerza.

Porque representan espacios de convivencia que no dependen del consumo, del rendimiento ni de la violencia como forma de entretenimiento. Son pequeños territorios donde recuperamos algo que la prisa suele arrebatarnos: la capacidad de estar presentes.

 

Hace casi un siglo, Bertrand Russell defendía la importancia del ocio como una condición para una sociedad más humana. No hablaba de la indiferencia ni de la inactividad permanente. Hablaba de disponer de tiempo para pensar, aprender, crear, convivir y disfrutar de la vida.

 

Tal vez la idea sigue vigente.

Quizá una de las grandes discusiones de nuestro tiempo no sea cómo trabajar más.

Quizá sea cómo vivir mejor.

Cómo defender el derecho a la pausa.

Cómo recuperar el tiempo libre.

Cómo volver a encontrarnos con otras personas y con nosotras mismas fuera de la lógica de la productividad constante.

Porque descansar no es abandonar nuestras responsabilidades.

Es recordar que somos más que nuestras responsabilidades.

 

Y si el ocio fortalece la salud mental, mejora nuestras relaciones, alimenta la creatividad y ayuda a construir comunidades más pacíficas, entonces tal vez la verdadera pregunta no es por qué descansamos.

La verdadera pregunta es: ¿en qué momento empezamos a creer que disfrutar de la vida debería hacernos sentir culpa y quién nos hace sentir así?