Lunes 22 de Junio de 2026

Hay dilemas que no se resuelven escogiendo una etiqueta. ¿Capitalismo puro? ¿Capitalismo consciente? ¿Economía solidaria? ¿Comercio justo? ¿Individuo o colectivo? Quizá el problema empieza cuando creemos que la economía debe elegir entre dos reduccionismos: el individuo aislado o la masa colectiva. Yo prefiero otra palabra: persona.

La persona no es un número en una hoja de Excel, pero tampoco es una consigna ideológica. La persona trabaja, emprende, consume, sueña, se equivoca, necesita libertad, necesita comunidad y necesita sentido. Por eso me cuesta aceptar tanto el capitalismo sin ética como el socialismo sin libertad. Uno puede convertir el dinero en dios; el otro puede convertir al Estado en dueño del destino humano. Ambos, cuando pierden el centro, terminan usando a la persona.

No creo que el dinero sea malo. El dinero es una herramienta. El problema comienza cuando la herramienta se vuelve amo. Tampoco creo que la empresa sea enemiga de la sociedad. Al contrario: no se puede acabar con la pobreza si no se genera riqueza. Pero tampoco podemos llamar progreso a un modelo que destruye la casa común, precariza el trabajo, rompe familias, contamina ríos y después presume responsabilidad social en un reporte impecable.

Ahí aparece otra pregunta incómoda: ¿sostenibilidad, sustentabilidad o responsabilidad social? A veces discutimos más las palabras que las consecuencias. Podemos llenar congresos hablando de los ODS, la Agenda 2030, el cambio climático, la economía circular y el comercio justo, pero si todo eso no baja al salario, al precio, al consumo, al liderazgo y a la cultura, se queda en discurso. Y el discurso, cuando no transforma la vida, se vuelve demagogia.

Me preocupa que muchas causas buenas sean secuestradas por ideologías. También me preocupa que, por rechazar ciertas ideologías, algunos nieguen problemas reales.

No me gusta el alarmismo ambiental ni el sensacionalismo de ciertos documentales; pero tampoco me convence cerrar los ojos ante la evidencia de que algo estamos haciendo mal. Tal vez no nos estamos destruyendo de golpe. Tal vez nos estamos destruyendo de poquito.

El gran dilema es la escala. La economía solidaria, las cooperativas, el comercio justo y los modelos locales funcionan, inspiran y humanizan. Pero ¿son suficientes? ¿Pueden escalar sin perder el alma? ¿Pueden competir en precio contra sistemas globales construidos sobre volumen, explotación y eficiencia sin rostro? Lo orgánico es caro. La energía renovable todavía no es accesible para todos. Los autos eléctricos son, en muchos casos, aspiración de clase alta. Los pañales biodegradables cuestan más. Entonces la gran pregunta no es sólo cómo ser sostenibles, sino cómo democratizar la sostenibilidad.

Porque si la sostenibilidad sólo la pueden pagar los ricos, no es justicia: es privilegio verde.

Aquí es donde aparece, para mí, el centro del problema: la crisis no es sólo económica ni ambiental. Es cultural. Es ética. Es de liderazgo. Podemos cambiar tecnologías, leyes, indicadores y reportes, pero si no cambiamos la mentalidad, seguiremos maquillando el mismo modelo. El capitalismo sin valores destruye. El colectivismo sin libertad oprime. El activismo sin estrategia se agota. Y la empresa sin conciencia se vuelve una maquinaria eficiente para producir riqueza y pobreza al mismo tiempo.

Tal vez el problema no es que la responsabilidad social esté equivocada. Tal vez el problema es que no la hemos sabido comunicar con fuerza, con inteligencia y con lenguaje empresarial. A veces quienes defendemos estos temas parecemos más interesados en tener razón que en convencer. Más preocupados por denunciar que por construir. Más cómodos sintiéndonos incomprendidos que liderando conversaciones difíciles.

La economía del futuro no puede ser de derecha o de izquierda. Tiene que ser de cerebros equilibrados y corazones bien formados. Necesitamos libertad, sí; pero libertad con responsabilidad. Necesitamos mercado, sí; pero mercado con ética. Necesitamos empresa, sí; pero empresa con propósito. Necesitamos comunidad, sí; pero comunidad que no aplaste a la persona. Necesitamos generar riqueza, sí; pero riqueza que no deje ruinas humanas y ambientales a su paso.

La persona al centro no puede ser una frase bonita. Debe ser criterio de decisión. ¿Este negocio crea valor real? ¿Este producto mejora la vida o sólo estimula el consumo vacío? ¿Esta empresa paga justamente? ¿Este líder cuida la dignidad de su gente? ¿Esta innovación resuelve problemas o sólo encarece la virtud? ¿Esta agenda sirve al bien común o a una narrativa política?

Quizá no necesitamos escoger entre capitalismo consciente, economía solidaria o responsabilidad social. Necesitamos tomar lo mejor de cada una y ponerlo al servicio de una antropología correcta: la persona como fin, no como medio.

El mundo no necesita más etiquetas. Necesita líderes capaces de traducir los valores en modelos viables. Líderes que entiendan que conservar no es congelar el pasado, sino custodiar lo valioso para que tenga futuro. Líderes que sepan que la riqueza sin ética se vuelve abuso, pero la ética sin viabilidad se vuelve discurso impotente.

El dilema, entonces, no es si debemos elegir entre libertad o justicia, entre empresa o comunidad, entre riqueza o sostenibilidad. El verdadero dilema es si tendremos el carácter, la inteligencia y el liderazgo para construir una economía donde la libertad no sea egoísmo, la justicia no sea resentimiento, la sostenibilidad no sea lujo y la persona no vuelva a ser sacrificada en nombre del progreso.

 

Porque al final, la economía no se salva con ideología. Se salva con cultura. Y la cultura se transforma con liderazgo.