Miércoles 24 de Junio de 2026 |
Pasó el Día del Padre y, entre felicitaciones, fotografías familiares y reuniones, quizá muchas personas volvieron a preguntarse qué significa ser papá en estos tiempos. No es una pregunta menor. Porque, aunque las familias cambian y adoptan formas muy diversas, el deseo de cuidar, amar y acompañar sigue siendo profundamente humano. Muchos hombres crecieron con padres que querían inmensamente a su familia, pero que pocas veces lo expresaban. Hombres que trabajaban largas jornadas, resolvían problemas, proveían económicamente y cargaban silenciosamente con sus preocupaciones. Para generaciones enteras, esa fue la manera de ser un buen padre. Y hay que decirlo: muchos hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas emocionales, sociales y culturales que tuvieron. Sin embargo, algo está cambiando. Cada vez vemos más hombres llevando a sus hijas e hijos a la escuela, aprendiendo a peinar una trenza, asistiendo a reuniones escolares, preparando la comida, organizando cumpleaños, levantándose de madrugada cuando alguien tiene fiebre o buscando información sobre crianza respetuosa y nuevas masculinidades. Son escenas cotidianas que hace algunas décadas eran poco frecuentes y que hoy están transformando la vida familiar. No siempre es sencillo. A muchos hombres nadie les enseñó a hablar de sus emociones, a pedir ayuda o a cuidar. Durante mucho tiempo se les dijo que debían ser fuertes, resistir, proveer y seguir adelante sin mostrar vulnerabilidad. Por eso, abrirse a nuevas formas de vivir la masculinidad requiere valentía. A veces significa reconocer errores, pedir perdón a un hijo, aprender a escuchar antes de corregir o atreverse a decir “te amo” cuando nunca se escuchó esa frase en casa. En las últimas décadas, diversas filósofas y pensadoras han insistido en una idea sencilla pero profunda: cuidar no es una tarea exclusiva de las mujeres; es una capacidad humana indispensable para sostener la vida. Escuchar, alimentar, consolar, acompañar, poner límites, mostrar amor o simplemente compartir tiempo son formas cotidianas de cuidado. Cuando estas responsabilidades se comparten, no solo disminuye la sobrecarga histórica que han vivido muchas mujeres; también se abren para los hombres nuevas posibilidades de encuentro, intimidad y bienestar. El filósofo alemán Hartmut Rosa sostiene que las personas necesitamos relaciones de “resonancia”: vínculos capaces de tocarnos y transformarnos mutuamente. La paternidad ofrece precisamente esa oportunidad. Quien acompaña verdaderamente a una hija o a un hijo descubre pronto que no solo está educando: también está siendo transformado. Las nuevas masculinidades no buscan imponer un nuevo molde de hombre ni descalificar a generaciones anteriores. Son una invitación a ampliar las posibilidades de ser hombre. A descubrir que la autoridad puede convivir con la cercanía; que la firmeza no está peleada con la sensibilidad; que proteger también significa escuchar, cuidar y estar presentes. Desde la perspectiva de la cultura de paz, estas paternidades tienen efectos que van mucho más allá del hogar. Niñas, niños y adolescentes que crecen con figuras cuidadoras cercanas suelen desarrollar mejores habilidades emocionales, mayor autoestima y más herramientas para resolver conflictos sin violencia. También aprenden que el cuidado puede compartirse, que las diferencias pueden dialogarse y que el afecto es fortaleza, no una debilidad. En otras palabras: padres más presentes contribuyen a comunidades más empáticas, igualitarias y pacíficas. Pero este camino no corresponde únicamente a los hombres. Las mujeres y madres también podemos desempeñar un papel importante cuando permitimos compartir verdaderamente los cuidados, confiamos en las capacidades de nuestras parejas o exparejas para criar, evitamos descalificar constantemente sus formas de cuidado y favorecemos acuerdos corresponsables. Nadie aprende a ser madre o padre sin equivocarse. La crianza es, ante todo, un aprendizaje compartido. Incluso cuando una relación de pareja termina, la familia puede seguir existiendo de otras maneras. Muchas hijas e hijos crecen en hogares separados donde el amor, la presencia y la cooperación continúan siendo posibles. Ser padre no depende de compartir una casa, sino de sostener vínculos, tiempo y compromiso. Quizá una de las mayores ganancias de esta transformación sea la alegría. La alegría sencilla de leer un cuento antes de dormir, cocinar juntos, jugar en el parque, acompañar un partido, conversar durante un trayecto en automóvil o reír alrededor de una mesa. Son momentos aparentemente pequeños, pero suelen convertirse en los recuerdos que acompañan toda la vida. La ternura, además, beneficia también a los propios hombres: fortalece sus redes afectivas, mejora su bienestar emocional y hace más disfrutable la experiencia de formar familia. A los hombres que están intentando hacerlo distinto, incluso con dudas, cansancio o errores, vale la pena decirles algo: ese esfuerzo importa. Nunca es tarde para acercarse, escuchar más, expresar afecto o pedir ayuda. Existen grupos de acompañamiento para hombres, espacios terapéuticos y comunidades de aprendizaje donde compartir experiencias sin juicios. Cambiar algunas actitudes no significa renunciar a la propia identidad; puede ser, más bien, una oportunidad para vivir relaciones más profundas y sentirse mejor consigo mismos. Y quizá por eso, después de este Día del Padre, quiero compartir una certeza personal: hoy conozco a muchos hombres y muchos padres que están recorriendo este camino. Los veo involucrarse activamente en la crianza, hablar de sus emociones, aprender a cuidar, reconocer errores, construir acuerdos y estar presentes en la vida de sus hijas e hijos de maneras que hace algunas décadas eran poco comunes. Eso me entusiasma profundamente. Me hace sentir esperanza. A todos ellos quiero felicitarlos. Porque cambiar requiere valentía. Porque elegir la ternura en un mundo que tantas veces premia la dureza es un acto de enorme fortaleza. Y porque cuidar, acompañar y amar conscientemente sigue siendo una de las expresiones más hermosas y profundamente humanas que podemos ofrecer a quienes más queremos. |